La OTAN y España

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/otan/la-otan-espana    Miguel Manzanera Salavert                                                           19 JUN 2022 07:30

La OTAN y España

Reflexión sobre la OTAN y el 40 aniversario de la pertenencia de España a la misma, así como de la Cumbre en Madrid los próximos 29 y 30 de junio.

L'Espagne commémore les 40 ans de son adhésion à l'OTAN | Atalayar - Las claves del mundo en tus manos

El Estado español conmemora el 40 aniversario de su pertenencia a la OTAN (Organización del Tratado de Atlántico Norte), invitando a sus socios a celebrar una Cumbre en Madrid el 29 y 30 de junio. España entró a formar parte de esa alianza militar durante el gobierno de Calvo Sotelo, perteneciente a la UCD, el partido creado por Adolfo Suárez para gestionar la Transición política desde la dictadura de Franco a la monarquía liberal. La decisión de integrarse en la estructura militar atlántica abría paso a la posterior integración económica en la Unión Europea, consiguiendo la normalización de la sociedad española dentro de su entorno geopolítico natural.

El Referéndum de 1986

A pesar del europeísmo dominante entre la ciudadanía española –tras el aislamiento que significó la dictadura de Franco-, la decisión de entrar en la OTAN despertó una fuerte oposición; según mostraban los sondeos de opinión, la mayoría no estaba conforme con ese compromiso belicista que obligaba a pelear en guerras ajenas. Se ha de subrayar que el Estado español no participó en las dos guerras mundiales que asolaron Europa en la primera mitad del siglo XX y que los sentimientos pacifistas eran mayoritarios entre los pueblos peninsulares. Esa circunstancia fue aprovechada por el PSOE, comandado por Felipe González, en su campaña para desbancar al gobierno centrista.

Se ha de subrayar que el Estado español no participó en las dos guerras mundiales que asolaron Europa en la primera mitad del siglo XX y que los sentimientos pacifistas eran mayoritarios entre los pueblos peninsulares

Durante la investidura de Calvo Sotelo a la presidencia del gobierno, tras ganar las elecciones en 1981, se produjo un amago de golpe de Estado el 23 de febrero de ese año, comandado por los generales Jaime Miláns del Bosch y Alfonso Armada –este era amigo personal del Juan Carlos I y fue secretario general de la Casa del Rey, el cuerpo de ejército directamente encargado de la protección del Jefe del Estado español-. El impacto emocional en la población española de esa maniobra política, que recordaba el golpe de 1936 en contra de la II República, fue enorme y tuvo como consecuencia reproducir y ampliar las actitudes de docilidad y aceptación entre la población ante el Estado, creadas en la ciudadanía por la represión fascista a lo largo de las décadas centrales del siglo XX.

A pesar de ello el malestar por la integración en la Alianza militar era evidente en la opinión pública. La disconformidad de buena parte de la población con esa actuación del gobierno centrista fue una de las causas que hicieron posible la abrumadora victoria electoral del PSOE en las elecciones de 1982. Ese partido orquestó una campaña en contra con el lema ‘OTAN, de entrada NO’, que parecía recoger la protesta ciudadana contra la OTAN. Una vez ganadas las elecciones, en cambio, el gobierno socialista se desdijo de su programa y mantuvo la pertenencia española al bloque atlantista. Se puede observar la ambigüedad de esa consigna electoral, que no significaba un rechazo a la organización militar, sino el reflejo de una reacción emocional que habría de ser ponderada por la reflexión crítica. Esa ambigüedad calculada le sirvió al partido ganador para perfilar un programa electoral que le llevó a obtener una mayoría absoluta de los apoyos populares. Puro oportunismo –eso sí, bien planificado-.

Una vez ganadas las elecciones, en cambio, el gobierno socialista se desdijo de su programa y mantuvo la pertenencia española al bloque atlantista

Sin embargo, el programa electoral afirmaba claramente que el gobierno del PSOE trabajaría por desvincular el Estado español de la Alianza Atlántica, así como la reducción de las bases americanas en el territorio español, apostando por una política de paz y solidaridad entre los pueblos. La ‘traición’ del PSOE a su programa, que había sido votado mayoritariamente, causó un profundo malestar en la opinión pública. Lo que parecía ser un programa de confrontación con el imperialismo dominante, se convirtió en una cesión completa de soberanía bajo las órdenes del comando militar euro-atlántico –esto es, del Pentágono estadounidense-. De ahí que comenzara una fuerte movilización para exigir un referéndum sobre la pertenencia de España a la OTAN. Esa votación se perdió por una diferencia escasa, debido a una campaña mediática tramposa orquestada por el gobierno. No obstante, sirvió para la creación de una nueva agrupación de las fuerzas sociales, que denunciaron la renuncia a los valores socialistas por parte del partido que decía representarlos. Y de esa movilización nació Izquierda Unida, capitaneada por Julio Anguita, secretario general del PCE; se originó así una organización crítica con la deriva liberal de la sociedad española, reivindicando la tradición republicana ibérica. Es sintomático que en Cataluña, Navarra y el País Vasco –así como en la provincia de Las Palmas de Canarias-, ganara el NO a la OTAN.

La ‘traición’ del PSOE a su programa causó un profundo malestar en la opinión pública. Lo que parecía ser un programa de confrontación con el imperialismo dominante, se convirtió en una cesión completa de soberanía bajo las órdenes del comando militar euro-atlántico

Una condición para pertenecer a la OTAN es la constitución democrática del poder política. Lo que no es sino palabrería inconsistente; el Estado portugués, socio fundador de esa alianza militar, dudosamente podría ser considerado democrático en tiempos de la dictadura de Salazar. En todo caso, la entrada de España en la OTAN parecía una garantía contra las involuciones autoritarias y un recurso necesario para formar parte de la UE. Al mismo tiempo, apoyando el ingreso en la OTAN, la restaurada monarquía liberal reafirmaba la vocación imperialista del Estado español, tradición subrayada por la ideología falangista y el catolicismo integrista. La OTAN, en efecto, desde su fundación en la segunda mitad del siglo XX, y hasta nuestros días, es la institución más representativa del imperialismo contemporáneo.

Las cláusulas de ese referéndum, sobre la permanencia de España en la OTAN, han sido ampliamente incumplidas. Estas cláusulas eran: 1. La participación de España en la Alianza Atlántica no incluirá su incorporación a la estructura militar integrada. 2. Se mantendrá la prohibición de instalar, almacenar o introducir armas nucleares en territorio español. 3. Se procederá a la reducción progresiva de la presencia militar de los Estados Unidos en España. Nada que ver con la realidad, el pueblo español ha sido engañado dos veces por el PSOE en la cuestión de la OTAN, la primera en el programa electoral de 1982, la segunda en el Referéndum sobre la permanencia de España en la OTAN de 1986. Y como se suele decir, ‘si me engañas una vez la culpa es tuya; si me engañas dos veces la culpa es mía’. Lo que viene a subrayar la aceptación mayoritaria de la ideología liberal por la población española, ya sea en la versión progresista del PSOE, ya sea en la conservadora del PP.

El carácter imperialista de la OTAN

El Estado español se ha integrado plenamente en la estructura militar de la OTAN, participa en sus operaciones militares, e incluso ha permitido la introducción de armamento nuclear en las bases estadounidenses en suelo español. Por tanto, para entender el carácter del Estado español en el contexto internacional, es pertinente conocer qué es lo que ese ‘imperialismo’ significa.

La OTAN se autodefine como una asociación para la defensa colectiva de los miembros frente a las agresiones externas. Pero difícilmente se puede clasificar como defensiva la actuación de esa organización bélica contra la civilización islámica de África y Oriente Medio, que ha sido golpeada por las fuerzas armadas de la OTAN en Afganistán, Irak, Somalia, Libia y Siria. Tampoco la intervención de la OTAN en la guerra de Yugoeslavia puede considerarse como una guerra defensiva, pues en ningún momento hubo agresión de ningún Estado yugoeslavo contra algún país de la Alianza Atlántica. Desde la desaparición de la URSS, la OTAN ha desenmascarado su verdadero carácter de potencia agresora contra la libertad de los estados nacionales que afirman su soberanía; las acciones militares de esa organización sirven para reconfigurar un orden mundial favorable a los intereses de las gigantescas empresas capitalistas, destruyendo cualquier oposición a la hegemonía estadounidense.

Ante la ausencia de agresiones que justifiquen las acciones bélicas de la Alianza, los miembros de esa organización se han buscado una razón suplementaria: la OTAN defiende los derechos humanos de los pueblos frente a la arbitrariedad de los estados autoritarios. Curiosa protección de los derechos humanos que ha causado millones de muertos y desplazados, destruido ciudades enteras y arrasado media docena de países. Esa indiferencia real ante los derechos humanos, que solo sirven hipócritamente como excusa para la agresión, hace pensar que en realidad las guerras de la OTAN están defendiendo otra cosa: un orden internacional que prioriza los intereses de las empresas capitalistas por incrementar sus beneficios a costa del saqueo de la naturaleza terrestre; el deseo o la necesidad de los agresores por apoderarse de los recursos y riquezas naturales de los países agredidos.

Curiosa protección de los derechos humanos que ha causado millones de muertos y desplazados, destruido ciudades enteras y arrasado media docena de países

En vez de asumir sus responsabilidades por esas masacres, los miembros de la Alianza siempre encuentran algún malvado dictador al que echarle las culpas. Es curiosa la pregunta ingenua que a veces formulan inocentes intelectuales ante tamaña incongruencia: ‘¿cómo puede causar tanto mal un solo hombre?’. La respuesta es sencilla: ‘no, no puede; el problema es estructural no individual’. La guerra es una necesidad del sistema mundial capitalista. Así que cuando el manipulado sistema informativo que maneja la opinión pública de los países liberales lanza una campaña de propaganda contra algún gobernante, ya sabemos que está anunciando una nueva guerra, ¿’defensiva’? Así pasó contra Sadam Hussein en Irak, contra Muamar el Gadafi en Libia y contra Bachar el Asad en Siria; y últimamente contra Vladimir Putin se lanzó una campaña que anunciaba la provocación en Ucrania, llevada hasta límites insoportables para la Federación Rusa, y una nueva guerra en Europa.

La coyuntura bélica actual

Por tanto, más allá de las justificaciones oportunistas, las ofensivas de la OTAN se producen contra todo Estado que intente afirmar su soberanía por encima de los intereses de la oligarquía financiera mundial. Agresiones que se producen en distintos grados y por diferentes medios. En otras ocasiones, basta con apoyar un régimen político favorable a los intereses imperialistas, provocando si es necesario algún tipo de revolución de colores. Por otro lado, las potencias imperialistas que componen la Alianza actúan por su cuenta cuando resulta adecuado a sus intereses, incluso en contra de los intereses de otros Estados miembros. Esto ha resultado muy claro en la provocación de la guerra de Ucrania, que ha perjudicado a la UE, y especialmente a Alemania. Pero en general podemos comprobar en las intervenciones militares de los EE.UU. en América Latina o las operaciones francesas en África, cuyos objetivos no son compartidos por el resto de los miembros de la Alianza.

Sin embargo, en la última década se ha formado una alianza de Rusia, China e Irán, que constituye una oposición a la política imperialista de la OTAN, creándose una dinámica mundial de bloques militares enfrentados en una especie de reedición de la guerra fría. Una situación en la que el conflicto bélico viene asociado a la confrontación económica, con importantes connotaciones culturales por el ascenso de ideologías de extrema derecha; lo que ha venido a denominarse como ‘guerra híbrida’.

Sin embargo, en la última década se ha formado una alianza de Rusia, China e Irán, que constituye una oposición a la política imperialista de la OTAN, creándose una dinámica mundial de bloques militares enfrentados en una especie de reedición de la guerra fría

La confrontación militar se ha establecido en varios frentes bélicos, activos desde comienzos del siglo XXI en Oriente Medio, África y Europa del Este. Tras los procesos de descolonización que se iniciaron al finalizar la Segunda Guerra Mundial, se introdujo una cuña imperialista contra el mundo musulmán con la creación del Estado de Israel en 1947, causando el genocidio de la población palestina-. Pero la ofensiva abierta contra las sociedades islámicas comenzó en 1990 con la Primera Guerra del Golfo –Bush padre-, y especialmente desde la segunda que comenzó en 2001 –Bush hijo-, bajo la ideología de la ‘Guerra de civilizaciones’. Esa ofensiva se ha empantanado en Siria, por la intervención de las fuerzas armadas rusas, y se ha detenido ante Irán por su alianza con Rusia y China.

La imposibilidad de progresar en el frente musulmán, puede haber sido la causa para abrir un nuevo frente en Europa del Este. Ahora en Ucrania el Ejército ruso no acaba de dominar la situación. Aunque es pronto para establecer un diagnóstico, parece que los frentes se han estabilizado y entramos en una fase de desgaste, en la que será decisiva la congruencia económica de los contendientes. Si la crisis económica del bloque imperialista aglutinado por la OTAN es grave, pudiendo ser causa para una claudicación final, no menos débil es la economía rusa, dependiente de la exportación de materias primas e infiltrada por agentes del liberalismo desde la época de Yeltsin. Pero la Federación Rusa integrándose en el bloque asiático con China, India y las Repúblicas turcas, se encuentra respaldada por la pujanza de esas economías. En estas circunstancias nos encontramos en una peligrosa situación de impasse, donde es alarmante la tentación de usar las armas atómicas, amenaza mencionada por líderes de ambos bloques contendientes, Putin y Biden.

La confrontación de Rusia con la OTAN no es un fenómeno nuevo; es la continuidad de la Guerra Fría contra la URSS, ahora reforzada tras el ascenso de la República Popular China hacia la hegemonía mundial en el terreno económico. Esa continuidad se manifiesta de varias maneras. En primer lugar, la guerra de Ucrania ha sido cuidadosamente planificada por la inteligencia inglesa y norteamericana bajo el modelo de la guerra de Afganistán. Sabiendo que no era posible una confrontación directa contra la FR, se preparó al ejército ucraniano para una guerra de guerrillas con el objetivo de desgastar al ejército ruso –y erosionar la credibilidad del Estado-. A eso se refirió Hilary Clinton cuando afirmó que Rusia había encontrado en Ucrania un segundo Afganistán.

Por otro lado, la guerra de Siria ha sido campo de pruebas de los sistemas de armamentos y las disposiciones morales de los diferentes contendientes. Y en ella se ha demostrado que la OTAN no es capaz de provocar una derrota de los ejércitos rusos y sus aliados. Parece que la clave de esa situación es la superioridad de Rusia y China en misiles hipersónicos. Argumento negado por ciertos comentaristas, pero que se hace verosímil desde que la OTAN no se permite una guerra abierta con las potencias asiáticas, sino solo a través de agentes interpuestos.

La confrontación de Rusia con la OTAN no es un fenómeno nuevo; es la continuidad de la Guerra Fría contra la URSS, ahora reforzada tras el ascenso de la República Popular China hacia la hegemonía mundial en el terreno económico

En tercer lugar, la doctrina militar del Pentágono establece un proyecto de dominación mundial basado en la superioridad militar para sostener las estructuras imperialistas. Ese plan, denominado Guerra de civilizaciones por Huntington, que ya preveía en la década de 1970 el ascenso económico de China y la necesidad de combatirlo mediante la amenaza y la agresión bélica. La primera fase de ese plan ya se ha cumplido con la destrucción de los estados de Oriente Medio, si bien no ha alcanzado plenamente sus objetivos.

La emergencia de un bloque antagónico a la OTAN, tras un periodo de veinte años de predominio militar y económico euro-atlántico –entre 1990 y 2010-, está impulsando el final de la globalización como política económica correspondiente a la hegemonía militar estadounidense. Hay que añadir que si bien el Atlántico ha sido el eje más dinámico del desarrollo económico de la Edad Moderna, ese eje se está trasladando cada vez con más fuerza hacia el Pacífico. Seguramente la confrontación más decisiva del siglo XXI se va a producir en nuestras antípodas, esa región del mundo entre China y los EE.UU. con sus aliados australianos. Con lo cual se está desplazando a Europa y su Alianza militar a un segundo plano –lo que no significa que los acontecimientos de este lado no tengan importancia histórico-mundial-.

En resumen, el pronóstico más plausible es un largo declinar de la potencia militar euro-atlántica, al mismo tiempo que la desequilibrada economía de la globalización capitalista liberal será sustituida por la constitución de un mundo multipolar, con probable predominio del capitalismo de estado según el modelo chino. Pero no es seguro: la guerra es una actividad humana altamente dependiente del azar, cuyo resultado puede resultar imprevisible. Pero con los datos históricos que manejamos, la OTAN es una potencia criminal que sostiene un sistema económico obsoleto y destructivo. Lo que significa que la lucha por abandonar esa Alianza imperialista no es solo un deber moral para la ciudadanía consciente, sino también un correcto cálculo acerca de las posibilidades del desarrollo de la humanidad.

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