
Taqwa Ahmed Al-Wawi* The Intercept_ 03/04/26
En Gaza, los desplazamientos han dejado de ser parte habitual de la vida diaria. La agresión militar de Israel y el prolongado asedio han desmantelado el sistema de transporte de Gaza de una forma tan drástica que los trayectos que antes, en coche, se hacían en unos minutos ahora requieren caminar durante horas entre ruinas y escombros esperpénticos. Lo que solía ser un acto cotidiano —salir de casa, llegar a una clínica, visitar a la familia, requiere ahora un esfuerzo físico, un sufrimiento y un riesgo que hay que contraponer a la necesidad.
A finales de 2025, el Ministerio de Transporte y Comunicaciones de Gaza informó de que aproximadamente el 70% de los vehículos matriculados —más de 50 000 coches, taxis, autobuses y camiones— habían quedado destruidos o inutilizados. Entre el 68% y el 85% de la red de carreteras ha sufrido daños o ha quedado completamente destruida. Algunas zonas, como Khan Yunis, han perdido más del 90 % de sus vías. Las fuerzas israelíes bombardearon, llenaron de cráteres y redujeron a escombros una y otra vez las principales carreteras y cruces, provocando un caos que fragmentó la Franja en zonas aisladas. Desplazarse de un barrio a otro requiere desvíos de horas a pie.
Mientras el mundo centra su atención en Irán, la vida cotidiana en Gaza no ha vuelto a la situación anterior al genocidio. Desde que Estados Unidos e Israel iniciaron su ofensiva conjunta en Irán, el Líbano y el área circundante, los precios en Gaza han aumentado drásticamente por la urgencia de la población de adquirir productos básicos y combustible. El repentino aumento de la demanda y la limitada oferta han disparado el coste de los alimentos, el agua y el transporte. Los pasos fronterizos estuvieron cerrados 48 horas, lo que incrementó aún más la escasez y contribuyó al rápido aumento de los precios. En los últimos días, los precios han comenzado a bajar gradualmente y a estabilizarse pero la carga económica general sigue pesando sobre la mayoría de los hogares de Gaza, en los que muchas personas siguen luchando para cubrir sus necesidades básicas.
Las carreteras ya no conectan los barrios, y el transporte ha dejado de garantizar el acceso a la atención sanitaria, al trabajo o al sustento. Incluso las calles que siguen siendo técnicamente transitables están obstruidas por escombros, vehículos o infraestructuras inutilizadas bajo la superficie. Las tuberías de agua y alcantarillado han reventado bajo los bombardeos, inundando las calles y convirtiendo la movilidad en un esfuerzo plagado de riesgos biológicos. En muchas zonas, las calles se han vuelto indistinguibles de las ruinas.
Este colapso no es únicamente el resultado de los ataques aéreos. El bloqueo de Israel —que sigue restringiendo el acceso al combustible, las piezas de recambio, los neumáticos, las baterías y la maquinaria pesada— ha socavado la capacidad de Gaza para reparar o recuperar. Los vehículos que han sobrevivido a los bombardeos quedan a menudo inmovilizados debido a fallos mecánicos que ningún taller puede reparar. Incluso las piezas y el equipamiento más básico —filtros, correas, mecanismos de freno— se han vuelto difíciles de encontrar. La escasez de combustible ha elevado los precios mucho más allá del alcance de la mayoría de las familias, mientras que los mecánicos recurren a sustitutos peligrosamente improvisados que destruyen los motores y emiten humos tóxicos en zonas densamente pobladas.
A medida que desaparece el transporte formal, los residentes dependen de alternativas poco seguras: tuk-tuks sin normas de seguridad, carros tirados por animales, camiones abarrotados no diseñados para pasajeros, o se ven obligados a recorrer grandes distancias a pie por calles destrozadas. El asfalto se ha derrumbado y fracturado, mezclándose con escombros, aguas residuales, metal retorcido y restos de edificios destruidos, formando caminos irregulares y embarrados. Desplazarse por estos espacios convierte el acto de caminar en una rutina físicamente agotadora. El estruendo de los edificios que se derrumban y los bombardeos lejanos es constante, y el aire se vuelve opaco por efecto del polvo y el humo.
Las autoridades municipales no pueden despejar lo destruido. La escasez de combustible y la falta de equipos en funcionamiento también les afectan, impidiendo la retirada a gran escala de los escombros. El resultado es la inmovilidad forzosa: barrios enteros permanecen, en la práctica, aislados, no por puestos de control, sino por la devastación. Los habitantes organizan sus días en función de lo lejos que sus cuerpos les puedan llevar.
Los habitantes organizan sus días en función de lo lejos que sus cuerpos les puedan llevar
He vivido esta realidad en repetidas ocasiones. Durante varias semanas viajé con mi hermano Mohammed cuatro veces para acudir al dentista en el campo de refugiados de Al-Maghazi, a unos 10 kilómetros de nuestra casa. No hay transporte fiable entre una zona y otra. La distancia se convirtió en un suplicio que no se mide en mapas, sino en fatiga muscular, tiempo perdido y un dolor que se intensificaba con cada paso sobre un terreno abrupto.
Uno de esos días llovió con mucha fuerza. Las calles destrozadas se convirtieron en barro que cubría el asfalto hecho añicos y las piedras afiladas. El agua se acumulaba en los cráteres dejados por las bombas. A veces, corría a toda velocidad por pequeños tramos seguros, solo para volver a ver mi avance frenado por el barro y los escombros.
El transporte cubría solo una parte del trayecto. Siempre completábamos el viaje a pie, ajustando nuestro ritmo a las condiciones del camino y a las limitaciones de nuestro cuerpo. Si no hubiera sido por un dolor de muelas agudo, no habría salido de casa. El viaje me agotó más que la propia intervención dental. Cada paso se sentía como una negociación entre la necesidad y el derrumbe físico.
Intenté hacer la caminata más llevadera buscando fragmentos de belleza a lo largo del camino
Intenté hacer la caminata más llevadera buscando fragmentos de belleza a lo largo del camino: un árbol en flor que crecía junto a los escombros, un rosal que por alguna razón aún seguía vivo, un edificio que no había acabado de desplomarse, el tenue resplandor de los niños que jugaban en el patio de una escuela lejana. Fotografié las nubes, me hice fotos simplemente para pasar el rato y me detuve cada vez que mi cuerpo me lo pedía. Esos pequeños gestos eran mis mecanismos de supervivencia, intentos de afirmar que Gaza aún contenía algo digno de atención.
Esta experiencia no es excepcional. Refleja una realidad más amplia en la que el acceso a la atención sanitaria no depende únicamente de la necesidad médica sino de la resistencia física. Los pacientes faltan a las citas o abandonan el tratamiento por completo porque no pueden llegar a las clínicas. Los padres llevan a sus hijos a hombros durante kilómetros hasta los centros médicos. Las personas mayores y las que sufren una discapacidad permanecen atrapadas dependiendo de lo que los demás puedan hacer por ellas o se ven obligadas a renunciar a la atención de forma indefinida. La capacidad de realizar largas caminatas entre los escombros se ha convertido en el filtro que determina quién recibe atención y quién no.
La capacidad de realizar largas caminatas entre los escombros se ha convertido en el filtro que determina quién recibe atención y quién no
Las circunstancias económicas agravan la crisis. Decenas de miles de conductores han perdido su medio de vida al quedar destruidos o inmovilizados los taxis, autobuses y camiones. El transporte comercial se ha ralentizado drásticamente, interrumpiendo las cadenas de suministro y disparando el coste de los productos básicos. Los que van al trabajo llegan tarde o no llegan. Los estudiantes caminan durante horas o abandonan los estudios por completo. Para las familias desplazadas, los costes de transporte han alcanzado niveles apocalípticos, y algunas pagan cientos o miles de dólares para trasladar sus pertenencias a distancias cortas. Quienes no tienen dinero caminan, llevando lo que pueden y abandonando el resto. Ante la falta de regulación y la escasez de combustible, los operadores de transporte informales fijan los precios a su antojo. Las autoridades locales de Gaza reconocen esta situación de explotación, pero, en situación de asedio, disponen de opciones limitadas para proteger a los residentes. Antes que las necesidades de la población es la escasez la que dicta la movilidad, reformulando las relaciones sociales en torno al acceso, la resistencia y la ira reprimida. Las organizaciones de ayuda gestionadas por Occidente prometen «mantener un flujo sostenido y predecible de suministros», pero informes recientes señalan que, aunque ha entrado algo de ayuda en Gaza, el volumen total sigue siendo insuficiente para satisfacer las necesidades básicas, lo que aviva la frustración y la desesperación.
El patrón de destrucción es intencionado. Los ataques israelíes han apuntado repetidamente a cruces, puentes y nudos de carreteras clave, cortando las conexiones entre barrios y distritos. Estas acciones obstaculizan el paso de las ambulancias, los convoyes humanitarios y el movimiento de los civiles, amplificando los efectos de cara a los heridos, las víctimas de la hambruna y los desplazados. El Gobierno de Gaza estima que las pérdidas en el sector del transporte superan los 3.000 millones de dólares, incluida la destrucción de más de tres millones de metros lineales de carreteras. La propia movilidad se ha convertido en víctima de la guerra, dejando a los residentes, expuestos a peligros y en refugios temporales, suplicando por su seguridad.
Las autoridades locales han propuesto planes de rehabilitación de emergencia dirigidos a la reapertura de las rutas críticas que conectan los hospitales, los refugios y los centros de distribución de ayuda. Estas iniciativas dan prioridad a la supervivencia antes que a la reconstrucción. Sin acceso a combustible, a piezas de repuesto y a maquinaria pesada, incluso la recuperación más mínima sigue siendo en gran medida teórica, limitada por decisiones políticas que escapan al control de Gaza. El transporte en Gaza no es una cuestión técnica ni un asunto de mera conveniencia. Define los límites de la vida cotidiana. Determina quién puede acudir al médico, quién puede trabajar, quién puede estudiar y quién tiene que renunciar a ello. Mientras el desplazamiento en sí mismo siga bajo asedio, la vida en Gaza seguirá contrayéndose, al dictado, no de la distancia, sino del dolor, la extenuación y la privación. En el siglo XXI, los palestinos de Gaza se desplazan por un paisaje en el que caminar entre ruinas ha sustituido a la más básica exigencia de movilidad, poniendo a prueba un día tras otro la capacidad de aguante, la resiliencia y la firmeza inquebrantable del espíritu humano.
* Taqwa Ahmed Al-Wawi (nacida en 2006) es una escritora, poeta y editora palestina afincada en Gaza.