El racismo que convierte atletas del Sur Global en monstruos

Este febrero de 2026, los medios conservadores volvieron a la carga contra Imane Khelif. La boxeadora argelina concedió entrevistas a CNN y L’Équipe donde habló con transparencia sobre su realidad biológica, confirmando que tiene variaciones naturales en su desarrollo sexual y que, siguiendo indicaciones médicas, reduce sus niveles de testosterona para competir. Lo que debió ser una conversación sobre la diversidad biológica humana se convirtió en un circo mediático. Grupos como el Independent Council on Women’s Sports (ICONS) declararon sin pudor alguno que «Khelif ha confirmado que es hombre». Es una mentira. Khelif nació mujer, fue registrada como mujer, creció como mujer en un país donde ser trans está penalizado, y ha competido siempre como mujer. La manipulación es tan burda como reveladora del verdadero problema. No se trata de ciencia. Se trata de racismo.

La historia de Khelif y la de la sudafricana Caster Semenya comparten un patrón. Ambas son mujeres africanas. Ambas destacan en sus disciplinas. Ambas tienen cuerpos que no se ajustan a los estereotipos europeos de feminidad. Y ambas han sido sometidas a un escrutinio genital, hormonal y mediático que jamás se aplicaría a atletas blancas con las mismas características biológicas. Porque aquí está la cuestión central que atraviesa este debate como un cuchillo. Las pruebas de feminidad, las regulaciones sobre testosterona, los test cromosómicos y todo el aparato de vigilancia sobre los cuerpos de las atletas se implementaron precisamente cuando las mujeres africanas empezaron a ganar.

En 1966, la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo (IAAF) decidió que la mejor manera de verificar el sexo de las atletas era mediante «desfiles de desnudos» donde ginecólogos inspeccionaban sus genitales. Aquellas que «pasaban» recibían un certificado de feminidad obligatorio para competir. La excusa oficial hablaba de proteger la integridad de la competencia femenina. La realidad es que estos controles se generalizaron en los años 60 y 70, justo cuando atletas del Caribe y África comenzaron a dominar pruebas que antes eran territorio exclusivo de europeas y norteamericanas. La amenaza no era el fraude. La amenaza era la excelencia negra.

El colonialismo sobre los cuerpos negros no es nuevo en el deporte. Es una continuación lógica de siglos de escrutinio médico, exhibición y control sobre cuerpos racializados. Durante la colonia, los cuerpos negros fueron exhibidos en zoológicos humanos, medidos, catalogados y presentados como ejemplares de «otredad» biológica. Hoy, el lenguaje ha cambiado. Ya no se habla de «razas inferiores». Se habla de «ventajas injustas», «anomalías hormonales» y «protección de la categoría femenina». El mecanismo es idéntico. Los cuerpos negros siguen siendo tratados como objetos de estudio, sospecha y regulación.

Katrina Karkazis, antropóloga de Amherst College y autora de Testosterone: An Unauthorized Biography, ha demostrado que no existe correlación científica concluyente entre niveles de testosterona y rendimiento deportivo en mujeres. Los estudios que la IAAF (hoy World Athletics) usó para justificar sus regulaciones contenían errores metodológicos graves. Investigadores independientes como Erik Boye, Roger Pielke Jr. y Ross Tucker encontraron que entre el 17% y el 32% de los datos analizados eran incorrectos, incluían atletas dopadas y marcas inexistentes. La evidencia científica es endeble. La aplicación de la norma, selectiva y racializada.

Porque aquí está el dato irrefutable. Las variaciones en el desarrollo sexual (DSD) ocurren en todas las poblaciones humanas con tasas similares de aproximadamente 1 en cada 1.500-2.000 personas. Es estadísticamente imposible que solo existan en mujeres africanas o del Sur Global. La diferencia no está en la biología. Está en a quién se le exigen las pruebas. Desde 2009, al menos diez atletas de élite han visto sus carreras afectadas por las regulaciones DSD y de testosterona. Todas ellas son mujeres racializadas originarias del Sur Global. Caster Semenya (Sudáfrica), Dutee Chand (India), Francine Niyonsaba (Burundi), Maximila Imali y Margaret Wambui (Kenia), Aminatou Seyni (Nigeria), Annet Negesa (Uganda), Christine Mboma y Beatrice Masilingi (Namibia), Imane Khelif (Argelia). Ni una sola atleta blanca europea ha sido sometida al mismo escrutinio público y obligada a medicarse para competir.

Comparemos. Michael Phelps tiene una mutación genética que le permite producir la mitad de ácido láctico que sus competidores, brazos de 2.01 metros, pies talla 51 y un torso desproporcionado. Ventajas biológicas innegables. La narrativa fue «genio genético», el nadador perfecto. Eero Mäntyranta, esquiador finlandés, tenía una mutación que incrementaba sus glóbulos rojos en un 50%. Jamás fue descalificado. Se le celebró como fenómeno de la naturaleza. Ahora pensemos en Semenya o Khelif. Mujeres con variaciones naturales en su biología. ¿Cuál fue la narrativa? Sospecha. Fraude. Anomalía. Monstruosidad.

El lenguaje importa. Cuando Phelps gana, es porque «nació para nadar». Cuando Semenya gana, es porque tiene «ventaja injusta». La excelencia blanca se atribuye a genética privilegiada y disciplina. La excelencia negra se atribuye a trampa biológica. Este es el racismo científico del siglo XXI. Ya no se miden cráneos. Se miden cromosomas, hormonas y genitales. El objetivo es el mismo. Deslegitimar el éxito negro.

La investigadora Katrina Karkazis testificó en 2015 ante el Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS) en defensa de Dutee Chand. El tribunal suspendió temporalmente las regulaciones de testosterona por falta de evidencia científica. Dos años después, World Athletics presentó nuevos estudios igual de cuestionables. El TAS falló en 2019 a favor de las regulaciones, admitiendo que eran discriminatorias, pero declarándolas «necesarias» para proteger la competencia femenina. Discriminación necesaria. Lean esas palabras de nuevo. El tribunal decidió que la discriminación contra una minoría era aceptable para proteger a la mayoría. ¿Y quién define esa mayoría? Mujeres blancas europeas cuyos cuerpos se han tomado como estándar universal de feminidad.

En 2024, Imane Khelif ganó el oro olímpico en París derrotando a la italiana Angela Carini en 46 segundos. La reacción fue histeria. Desde el presidente racista Donald Trump hasta medios conservadores de todo el mundo la acusaron de ser hombre, trans, de tener ventaja ilegítima. Nada de eso es verdad. Khelif presentó una denuncia por ciberacoso ante la fiscalía de París contra la campaña de odio racista, misógina y transfóbica. Porque aunque Khelif no es trans, la transfobia alimenta el mecanismo de vigilancia. El pánico moral funciona así. Se construye un enemigo (las personas trans) para justificar el control sobre todas las mujeres que no encajan en la norma.

La ONU ha calificado estos mecanismos de exclusión como «innecesarios, humillantes y dañinos», reconociendo que existe una forma particular de discriminación hacia mujeres negras y niñas atletas del Sur Global. Human Rights Watch señala que identificar atletas mediante observación y sospecha es una forma de controlar los cuerpos de las mujeres basándose en definiciones arbitrarias de feminidad y estereotipos raciales. La periodista sirio-australiana Ruby Hamad lo expresó con claridad. La percepción de los cuerpos de las atletas negras está impulsada por el racismo científico del siglo XIX, que determinaba que ser una «mujer real» significaba ser blanca, europea o de origen europeo.

Mientras tanto, nunca hemos visto titulares como «Atleta alemana sometida a pruebas de verificación de sexo» o «Autoridades cuestionan género de nadadora estadounidense». Las pruebas de feminidad solo se activan cuando los cuerpos no son blancos. La sospecha es racial antes que biológica. La anomalía que genera el protocolo no es hormonal. Es el color de piel y la geografía de quien gana.

Desde marzo de 2023, World Athletics ha endurecido sus regulaciones. Ahora prohíbe a mujeres trans que hayan pasado por la pubertad masculina y reduce a la mitad (de 5 a 2.5 nmol/L) los niveles de testosterona permitidos para mujeres con DSD, exigiendo que mantengan esos niveles durante 24 meses antes de competir. En junio de 2025, World Boxing anunció pruebas genéticas obligatorias para todos los boxeadores, mencionando específicamente a Khelif por nombre antes de disculparse por no proteger su privacidad. El presidente de World Boxing, Boris van der Vorst, admitió el error, pero el daño estaba hecho. Otra campaña de acoso, otra ola de escrutinio mediático, otra mujer africana convertida en objeto de debate público sobre su derecho a existir en el deporte.

¿Y qué pasa con el rendimiento real? Si tener altos niveles de testosterona garantizara la victoria, Dutee Chand, señalada por sus niveles hormonales, habría arrasado. No fue así. En los Mundiales de Doha 2019 quedó eliminada en primera ronda de los 100 metros. Beatrice Chebet, Faith Kipyegon y Sifan Hassan han logrado marcas estratosféricas en atletismo. ¿Respuesta? Sospecha de dopaje. Cuando atletas blancas como Paula Radcliffe batían récords mundiales con mejoras dramáticas de rendimiento, la narrativa fue innovación científica, dedicación británica. Cuando Marion Jones, atleta afroamericana, cayó por dopaje, fue demonizada y borrada. Cuando Lance Armstrong, ciclista blanco, cayó tras años de protección institucional, la historia fue de un héroe caído, no de un tramposo.

Caster Semenya lleva más de una década peleando. En 2009, con 18 años, ganó el oro mundial en 800 metros. En lugar de celebrarla, el mundo cuestionó su cuerpo. La sometieron a pruebas invasivas sin su consentimiento. Filtraron información médica privada. La obligaron a medicarse para reducir su testosterona. Aun así, ganó dos oros olímpicos (Londres 2012, Río 2016) y tres campeonatos mundiales. En 2018 llevó su lucha a los tribunales. En 2019 el TAS falló en su contra. En 2023 el Tribunal Europeo de Derechos Humanos dictaminó que World Athletics violó sus derechos humanos. El fallo, de todos modos, fue técnico. Ganó el reconocimiento de la violación, no el derecho a competir. Semenya sigue excluida de las pruebas que dominó durante años.

¿A cuántas más deportistas «sospechosas» hay que señalar y forzar a abandonar sus carreras para que se cuestionen estos estándares? ¿Cuándo se va a revisar el eurocentrismo sobre los cuerpos de las deportistas racializadas? La interseccionalidad nos recuerda que estas mujeres no enfrentan solo sexismo. Enfrentan racismo y sexismo simultáneamente, multiplicando la violencia. El feminismo que no integra esta realidad reproduce la opresión.

Imane Khelif dijo en su entrevista con CNN algo que resume todo. «No soy transgénero. Soy una mujer. Quiero vivir mi vida. Por favor, no me exploten en sus agendas políticas». Pero la explotación ya está en marcha. Su cuerpo, como el de Semenya, como el de todas las mujeres negras que se atreven a ganar, se ha convertido en campo de batalla de guerras culturales que nada tienen que ver con el deporte. Tienen que ver con quién tiene derecho a la excelencia. Quién merece admiración sin asteriscos. Quién puede ganar sin que su humanidad sea puesta en duda.

Mientras Michael Phelps es leyenda y Eero Mäntyranta fue héroe, Caster Semenya es anomalía e Imane Khelif es sospechosa. La diferencia no está en la biología. Está en el racismo. Los cuerpos negros como categoría política siguen siendo territorios conquistados, medidos, regulados y castigados cuando no se someten a la norma blanca.

La pregunta no es si estas atletas tienen variaciones biológicas. La pregunta es por qué esas variaciones solo generan pánico cuando ocurren en cuerpos negros. Por qué la genética privilegiada se celebra en blancos y se penaliza en africanas. Por qué la protección de la categoría femenina solo se invoca para excluir a mujeres racializadas. Por qué los monstruos, en el imaginario deportivo, siempre vienen del Sur.

Afroféminas


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