«EEUU es el país de las oportunidades. Eso nos dicen…»

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EL EUROPEO

https://www.youtube.com/watch?v=MrKk8jCt7e8

Estados Unidos es el país de las oportunidades. Eso nos dicen. En Estados Unidos, cualquiera puede tener éxito o convertirse en millonario. Todo ello gracias a la Declaración de Derechos de los Estados Unidos que garantiza la «libertad» a los ciudadanos estadounidenses y a la Declaración de Independencia, que establece que «Todos los hombres son creados iguales».

Sobre la base de estos derechos fundamentales de libertad e igualdad, la cultura estadounidense ha creado este concepto del «sueño americano». El sueño americano implica que hay oportunidades para todos, independientemente de la clase social o las circunstancias del nacimiento.

Basado en este fantástico concepto, muchos estadounidenses defienden su país a toda costa y nos dicen que viven en el país más grande del mundo. En efecto, hay muchas historias del tipo «de la pobreza a la riqueza» y «de cero a héroe» a las que a menudo se hace referencia en los medios de comunicación, para «demostrar» que, de hecho, cualquiera podría convertirse en millonario, solo en Estados Unidos.

La verdad es que el sistema estadounidense está diseñado de tal manera que favorece a los privilegiados. Aquellos estadounidenses que ya son relativamente ricos, tienen trabajos bien pagados y estudiaron en universidades prestigiosas, transfieren su riqueza a sus hijos. El resultado es que, de generación en generación, los ricos siguen siendo ricos y los pobres siguen siendo pobres. Es un ciclo interminable que solo permite muy escasas excepciones.

Estados Unidos no brinda igualdad de oportunidades para todos, brinda mejores oportunidades a quienes ya se encuentran en una posición favorable y menos oportunidades a quienes más lo necesitan. Eso de que la «libertad» y la «igualdad» otorgan oportunidades para todos los estadounidenses…  desgraciadamente, es una tontería.

La brecha salarial entre los directores ejecutivos y los trabajadores profundiza la desigualdad — Sarah Anderson

Fragmentos traducidos del inglés: Arrezafe

Artículo completo en COUNTERPUNCH -19/03/2021

Durante más de 25 años, he estado investigando la desigualdad, concentrándome en la creciente brecha entre los honorarios de los directores ejecutivos y los salarios de los trabajadores.

Esta brecha se ha convertido en un problema sistémico en las empresas estadounidenses. En 1980, los directores ejecutivos de las grandes empresas tenían en promedio 42 veces más compensación que sus trabajadores. Esta brecha aumentó rápidamente en la década de 1990, cuando los salarios se estancaron para la mayoría de los trabajadores y los honorarios de los ejecutivos se dispararon. Durante este siglo, la brecha anual entre la remuneración de los directivos y el salario de los trabajadores es de un promedio de aproximadamente 350 a 1.

Esta creciente brecha salarial ha impulsado enormemente las disparidades raciales y de género. Mujeres y personas de color constituyen parte mayoritaria de los trabajadores con bajos salarios y una parte significativamente pequeña de los líderes corporativos. Solo el 1 por ciento de los directores ejecutivos de las 500 corporaciones más grandes de nuestro país son negros, el 2,4 por ciento son asiáticos, el 3,4 por ciento son latinos y el 6 por ciento son mujeres.

Desde hace décadas, estudio tras estudio, se ha demostrado que los altos niveles salariales de los directores ejecutivos no tienen nada que ver con un mejor desempeño de sus funciones. En cambio, estos sobresueldos masivos reflejan un sistema manipulado que canaliza los recursos corporativos hacia la parte superior de la escalera corporativa, mientras que aquellos en los escalones inferiores enfrentan los mayores riesgos. Lamentablemente, estas obscenas disparidades continúan durante la pandemia. Muchas juntas corporativas están amañando las reglas para proteger a los directivos mientras que los trabajadores sufren las consecuencias de la situación.

Durante la “Gran Recesión” de 2008-09, albergué grandes esperanzas de que los responsables políticos tomaran finalmente medidas sobre los descontrolados honorarios de los ejecutivos, cuya desmedida codicia acababa de colapsar nuestra economía, dejando a millones de estadounidenses sin hogar y sin trabajo. En los tres años previos al colapso, los cinco principales ejecutivos de los 20 mayores bancos rescatados se habían embolsado como compensación personal, un promedio de 32 millones de dólares cada uno.

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