
Dispara con la lengua KdG 02/02/26
Andrés Trapiello definió la tercera España como aquella que tuvo que elegir entre los dos bandos de la guerra civil y se convirtió en rehén de dos visiones totalitarias del mundo, el falangismo (fascismo español) y el comunismo. También aquella que huyó y renegó de ambos bandos. La tercera españa es también, esto lo digo yo, la equidistante, la que denuncia los crímenes de ambos bandos y se sitúa moralmente en una altura elevada desde donde otear a los que ponen en práctica la defensa de sus ideales. En esta tercera España se encuentra Trapiello y muchos otros que redujeron la contienda civil a una lucha entre comunismo y fascismo, y no entre democracia (incipiente) y fascismo, que es lo que realmente sucedió. Trapiello considera que los comunistas administraron el relato y los falangistas la victoria pero la realidad es que el fascismo español ganó la guerra y también el relato.
Se construyó una historia sobre lo sucedido en la que se convirtió al comunismo como la causa de la guerra, la deriva en la que se encontraba el país por las políticas de los grupos de izquierda que, al igual que en la actualidad, se tildaban como comunistas, al dictado de la temida Unión Soviética de Stalin. Esta mentira forma parte de la memoria histórica del país y el hecho de que un país con una incipiente democracia, con todos sus defectos y una heterogeneidad ideológica compleja y propia de la época, fuera agredida por las fuerzas reaccionarias entre las que se encontraban fascistas, ultraconservadores y curas militantes, dispuestos a poner del revés los tímidos pasos que estaba dando un país hacia una democracia formal, con todos los defectos de las democracias liberales. Este hecho es soslayado una y otra vez por esa España reaccionaria y por la tercera España trapiellista.
David Uclés, que ha aportado una mirada mágica y novedosa a la guerra civil, decidió no acudir a un evento en el que iban a participar notorios representantes de esa mirada falsa sobre la historia de España. Y la tercera españa no ha dudado en salir a criticar lo que consideran un atentado contra la libertad de expresión. Porque con los neofascistas y allegados hay que dialogar, sin valorar si ese diálogo puede tener efectos validantes o legitimadores. El diálogo es innegociable. Porque el diálogo arregla todo. Es un bálsamo mágico, como la península de las casas vacías, que alivia las diferencias, que nos acerca y nos humaniza, que lima las aristas y nos posiciona cerca del acuerdo. Hay que dialogar especialmente con los que no piensan como nosotros. Sacralizar el diálogo puede que no sea la mejor estrategia en determinados contextos. Con Hitler no faltó el diálogo, ni con Mussolini, ni con Bolsonaro ni con Duterte. Con Orban tampoco falta el diálogo y esto no conlleva que deje de torpedear desde dentro la idea de Europa. Con Trump el diálogo, validante y no confrontativo, ha dado paso a que Israel mate a los gazatíes en silencio. En Venezuela ha secuestrado a su presidente, en connivencia con sectores del chavismo, se ha apoderado del petróleo y los presos políticos saldrán de prisión. Irán, Cuba, Ucrania, Europa están esperando turno. El hecho es que el diálogo es necesario pero, en ocasiones, las circunstancias nos dicen que no es suficiente. ¿Por qué el diálogo no funcionó con Hitler? Algunos países europeos y la Unión Soviética llegaron a acuerdos con la Alemania nazi, que no evitaron las agresiones posteriores ni el estallido de la segunda guerra mundial. Frente al fascismo original, las diferentes ramificaciones posteriores del fascismo y sus ahijados actuales, el diálogo no parece ser suficiente. Frente a las derivas fascistas, las palabras deben ir acompañadas de la acción.
Sí, es necesario el diálogo pero primero con los antifascistas de distinto pelaje para decidir una estrategia común. El liberal canadiense Mark Carney dijo en Davos que hay una tendencia a apaciguar. A evitar problemas. A esperar que el apaciguamiento traiga seguridad. No ocurrirá. Y así es. El dialogo en este contexto puede convertirse en la manera de intentar apaciguar al enemigo (sí, Ana Iris Simón, no son adversarios, son enemigos de la sociedad en la que vives, de sus derechos y libertades), un intento de convencerles de que no hagan aquello que van a hacer porque tienen la fuerza y el poder para hacerlo. La estrategia principal no es el diálogo con el enemigo sino la cooperación y la unidad de los países y de los pueblos que se enfrentan a los totalitarios. Este es el reto al que nos enfrentamos. Y el diálogo es imprescindible, sí, primero entre los países aliados y después con los que amenazan, intimidan y agreden. Pero, con estos últimos, un diálogo con apellidos. Un diálogo confrontativo y no validante. Con todas las dificultades que existen para llevarlo a cabo, los diferentes intereses, los apaciguadores, los aduladores al estilo Mark Rutte, la quinta columna europea o la tercera España dialogante. Ana Iris Simón escribió una columna en El País criticando a Uclés y guardando silencio ante los revisionistas de la guerra civil. Habría que preguntarse si esta crítica confronta o valida. Si este diálogo que plantea es demasiado suave con los discursos amenazantes a una sociedad de derechos y libertades y demasiado confrontativa con los que deciden no jugar al juego que se plantea. O es que se da validez al revisionismo histórico y se considera importante que pueda ser publicitado y validado. Uclés podía haber ido al evento organizado por otro representante de la tercera España, Pérez Reverte, pero decidió no ir. Entiendo que no está para perder el tiempo. Ni para dar cuerda ni publicidad a aquellos que se posicionan en el contexto internacional actual al lado de los reaccionarios.
En un contexto de avance de las políticas reaccionarias no es trivial distinguir los discursos que alientan dichas políticas, que los alientan, legitiman y justifican. Los que dicen ser de izquierdas pero se declaran como no feministas, adoptan discursos xenófobos antimigrantes o defienden las agresiones de países como Rusia, los que se autodenominan centristas moderados que suelen validar ideas reaccionarias una y otra vez, forman parte de partidos de ultraderecha o defienden las alianzas con los ultras. Desconfiar de los que dicen que siempre han defendido la libertad, porque muchas veces no son capaces de concretar a qué libertad se están refiriendo, o que las ideologías son las nuevas sectas. No se sabe si prefieren cabezas huecas que se puedan rellenar con ideas apropiadas a los intereses preponderantes. Atacan a las ideologías para defender la suya propia. Esta es la paradoja de los que están llenos de ideas políticas estructuradas que definen su visión de la realidad y le ayudan a interpretarla pero reniegan de las ideologías, porque consideran que estas alienan a quienes las sustentan. Las ideologías de otros son alienantes menos la suya propia. Con algunos, su talón de Aquiles es la falsa equidistancia. Los que dicen no mojarse pero están empapados de pies a cabeza, los que entienden lo que dicen unos y otros pero critican generalmente las posiciones más progresistas y se decantan en la práctica por uno de los planteamientos: el más reaccionario. Con otros, como decía, se dicen de izquierdas pero apoyan políticas migratorias que atentan contra los derechos fundamentales de las personas, se sitúan políticamente al lado de países agresores, defienden a gobernantes autoritarios y represores o se dicen no feministas porque han comprado el relato de las derechas que piensa que lo contrario del machismo es el feminismo. Estos falsos amigos.
Los falsos amigos son aquellos que allanan el camino a las políticas reaccionarias. Mi crítica no es hacia lo que se piensa sino a cómo se validan y legitiman posicionamientos políticos que permiten el avance de ideas que atentan contra los derechos fundamentales de las personas. Deberíamos plantearnos los límites de valores que consideramos universales. ¿Cuáles son los límites del diálogo? ¿Cuáles son los límites de la tolerancia? ¿Significa esto la censura? ¿Es un ataque a la libertad de expresión? En mi opinión no necesariamente, aunque se encuentra en un equilibrio peligroso. Tú puedes pensar o decir que un negro es menos inteligente que un blanco, o que una mujer debe dedicarse a cuidar la casa o a sus hijos, o declararte hitleriano pero otra cosa es que se validen y legitimen espacios formales, públicos y con vocación difusiva permitiendo la expansión de estas ideas. Deberíamos plantearnos cómo una buena parte de la sociedad se encuentra dispuesta a aceptar planteamientos políticos que agreden a otras personas, y qué papel tiene que desde los medios de comunicación e influyentes figuras intelectuales defiendan la exposición pública de estas ideas mientras critican a aquellos que se posicionan claramente frente a ellas. Deberíamos plantearnos cómo se han validado ciertas opiniones públicas, no personales y restringidas al ámbito privado, que atacan libertades y derechos humanos y qué papel tiene esto en el crecimiento de un ideario reaccionario, contra los derechos fundamentales. Teniendo en cuenta que la estrategia para enfrentarse a los gobiernos autoritarios es la cooperación y la unidad entre países con gobiernos de diferentes ideologías, mi crítica no es hacia la derecha política. Las opiniones políticas de carácter más conservador forman parte de sociedades saludables políticamente y respetuosas con las libertades. Pero aquí no estamos hablando de conservadurismo. Estamos hablando de opiniones que atentan contra las personas, sus derechos y libertades, las cuales pueden provenir de la izquierda totalitaria, que existe y con la cual es saludable políticamente no tener vínculo ni afecto, y de la derecha reaccionaria, que no se debería confundir con la derecha moderada que también existe (aunque en España, a veces, es difícil de reconocer). No es fácil enfrentarse a un enemigo con tantas caras, pero es necesario reflexionar en qué semillas se han ido plantando a lo largo de estas décadas y cómo la banalización de ciertos valores puede haberse convertido en el agua necesaria para que germinen y se construyan contextos amables para la expansión de idearios reaccionarios.