Cuando adoptas el marco de la extrema derecha, ya has perdido

El miércoles 18 de febrero, la sala Galileo Galilei de Madrid se llenó hasta los topes. Cientos de personas y 60 medios acreditados acudieron a escuchar a Gabriel Rufián (ERC) y Emilio Delgado (Más Madrid) debatir sobre el futuro de la izquierda española bajo el lema «Disputar el presente para ganar el futuro». Mucha expectativa. Y dos momentos que desde Afroféminas no podemos dejar pasar.

Rufián afirmó que el burka es una «salvajada» y una «animalada». Lo dijo con seguridad: «Si somos izquierda laica no podemos permitir que se invisibilice a las mujeres de esa manera». Emilio Delgado puso encima de la mesa el asunto de la seguridad en los barrios: «Hay barrios en los que los niños no pueden bajar a la calle porque hay movidas, y quien diga que eso no es así es porque no ha vivido nunca en un barrio». El público aplaudió. Nosotras tomamos nota.

Llamar «salvajada» al burka no es una declaración de principios laicistas. Es una operación ideológica con nombre y genealogía. La académica sirio-española Sirin Adlbi Sibai lleva años señalando, en obras como La cárcel del feminismo. Hacia un pensamiento islámico decolonial (Akal, 2016), que el feminismo blanco occidental utiliza el cuerpo de las mujeres musulmanas como campo de batalla para justificar políticas de exclusión sin consultarles. El mecanismo es siempre el mismo: las mujeres racializadas aparecen como víctimas pasivas, incapaces de agenda propia, atrapadas en culturas monolíticas que hay que salvar desde fuera. La historia colonial europea construyó su legitimidad sobre ese argumento. Ese vocabulario tiene una función política concreta. Quien aplica esa etiqueta a una práctica cultural se arroga el derecho de clasificar qué es humano y qué no, desde la misma lógica que durante siglos utilizó la Europa colonial para justificar la dominación de otros pueblos. Que esa lógica aparezca ahora en boca de alguien de izquierdas no la hace menos dañina. La cambia de emisor, no de contenido.

No es el debate sobre la laicidad lo que está en cuestión. Es el vocabulario de deshumanización. Cuando una práctica cultural se define como “animalada”, se está activando una jerarquía moral que históricamente ha precedido a políticas de exclusión.

Para entender la gravedad de que Rufián use ese lenguaje, basta leer la proposición de ley que VOX había presentado ese mismo miércoles en el Congreso para prohibir el burka y el niqab en espacios públicos. En ella, el partido de Abascal describe el islam como «una ideología que trae consigo una cultura y una organización política ajena a la tradición, usos y costumbres españolas» y califica las costumbres islámicas de «incompatibles con el modo de vida de nuestra civilización», añadiendo que suponen «graves peligros para la seguridad ciudadana». El efecto político llegó al día siguiente. El jueves 19 de febrero, VOX registró en el Congreso y en todos los parlamentos autonómicos una acción coordinada para vetar los menús halal en comedores escolares y hospitales bajo el lema «más fuet, menos halal». El burka había sido el señuelo: el objetivo nunca fue debatir sobre la libertad de elección de las mujeres musulmanas, fue construir una agenda islamófoba semana a semana, pieza a pieza. Cuando alguien desde la izquierda usa el vocabulario de la derecha, le hace un favor impagable.

Lo documentamos en Afroféminas: la mitad de los musulmanes que viven en España han sufrido racismo e islamofobia. El 74% percibe discriminación en el acceso a la vivienda. El 36% la percibe en los centros educativos. Siete de cada diez personas reconocen haber sentido ansiedad, baja autoestima o sentimiento de no pertenencia como consecuencia de agresiones islamófobas. Este es el contexto real en el que Rufián decidió hablar de «salvajadas». Las palabras tienen consecuencias materiales sobre cuerpos concretos.

El argumento de los «barrios» merece el mismo análisis. Emilio Delgado tiene trayectoria como educador social. Conoce los barrios. Precisamente por eso, el uso de ese código resulta más lacerante. «Los barrios» en el discurso político español no es un término neutro. Es un eufemismo racializado que, pronunciado sin nombrar las causas estructurales —especulación inmobiliaria, abandono institucional, segregación escolar, racismo en el acceso al empleo y la vivienda— señala implícitamente a quién vive en esos barrios. El mismo día que Delgado hablaba de niños que no pueden bajar a la plaza, Ignacio Garriga, portavoz de VOX en Cataluña, anunciaba un «calendario de manifestaciones» en barrios con presencia de población migrante con el lema «Es hora de que los barrios vuelvan a ser de los vecinos». Mismo código. Distinto partido. Cuando la izquierda adopta el código de la “inseguridad barrial” sin nombrar causas estructurales, consolida un marco sin disputarlo. Y cuando el marco se consolida, quien siempre sale reforzada es la extrema derecha.

Hay un tercer momento que no puede desvincularse de estos dos. El 12 de febrero, una semana antes del acto de la Galileo, el Congreso aprobó la ley de multirreincidencia impulsada por Junts con 302 votos a favor. La respaldaron juntos el PSOE, el PP, VOX, Junts y el PNV. Sumar, Podemos, EH Bildu y el BNG votaron en contra. Míriam Nogueras (Junts) celebró el resultado afirmando que «los ladrones que campan por Cataluña robando y asustando día sí y día también a nuestros jóvenes, a nuestros hijos, a nuestra gente, que entran por una puerta y salen por la otra, con esta ley entrarán por una puerta, pero ya no saldrán». El «nuestra gente» y «nuestros hijos» en boca de una portavoz que lleva meses construyendo un relato de amenaza migratoria en Cataluña no están elegidos al azar. “Nuestra gente” siempre implica que hay otra gente que no lo es. Ese tipo de posesivos en el lenguaje dibujan una frontera simbólica entre quienes merecen protección y quienes pueden ser señalados como amenaza.

El diputado de Sumar Enrique Santiago lo señaló en la Cámara: «Eso es un acuerdo para convertir en ley el discurso demagógico de VOX, el SALF y Aliança Catalana. No puede ser que fuerzas democráticas acaben impulsando la ultraderecha». VOX ya había registrado una iniciativa de este tipo en 2022, y la había usado sistemáticamente para vincular inmigración con delincuencia.

La doctora en Sociedad y Cultura María Ignacia Ibarra Eliessetch ha nalizado con precisión en El Salto la mecánica de esta deriva: la izquierda institucional cree que puede disputarle terreno a la extrema derecha adoptando sus términos, sin entender que al hacerlo no le quita votos, le da legitimidad. Y la izquierda que esta semana se gestó como alternativa —la que presentó ayer, sábado 21 de febrero, la coalición «Un paso al frente» en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, formada por Más Madrid, Izquierda Unida, Movimiento Sumar y Comuns— comparte gobierno con el PSOE que votó esa ley.

El acto de hoy desbordó expectativas. Mónica García dijo que el adversario está «arriba», en los tecnoligarcas, en los grandes tenedores, en quienes parasitan los servicios públicos. Ernest Urtasun dijo: «No se combate a la extrema derecha con las gafas de mirar la realidad de la extrema derecha, se les gana donde son débiles». Lo escuchamos con atención. Lo valoramos. Y al mismo tiempo señalamos lo que falta, porque los marcos no se disputan solo en los mítines.

Se disputan en los votos, en las alianzas parlamentarias, en las palabras que se pronuncian o se dejan de pronunciar cuando hay consecuencias políticas reales. Una izquierda que proclama «no adoptaremos el lenguaje de la derecha» y al mismo tiempo permite que su socio de gobierno vote la agenda penal de Junts junto a VOX y el PP, carga con una contradicción que ningún lema resuelve. Una izquierda que quiere «estar en los barrios» tiene que nombrar lo que pasa en esos barrios con precisión: racismo estructural, abandono deliberado, especulación que expulsa a las familias migrantes y empobrecidas del centro hacia la periferia. No una vaga amenaza flotando en el aire que cada oyente interpreta según su propio miedo.

La extrema derecha no gana solo cuando gobierna. Gana cuando su vocabulario se normaliza. Cuando categorías como “salvajada”, “barrios inseguros”, “reincidentes” o “halal” dejan de ser consignas de partido y pasan a circular con naturalidad en espacios progresistas, el terreno ya ha sido desplazado.

Desde Afroféminas llevamos tiempo señalando que la islamofobia en España no es un fenómeno marginal: está presente en las instituciones educativas, en los medios de comunicación y en los partidos progresistas. Esta semana lo hemos visto con más claridad que nunca. El burka, los barrios, los reincidentes, el halal. Cuatro palabras. Una sola agenda. Y parte de la izquierda española la ha alimentado esta semana, con distintos grados de consciencia y con resultados similares. Si no dan estas batallas, ¿cuáles van a dar?

Afroféminas


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