

Las calles se llenan de incienso, flores y música de banda. Las procesiones avanzan bajo palio entre multitudes que guardan silencio o rompen en aplausos. En cada trono, en cada talla, en cada imagen que los medios reproducen estas semanas, el rostro de Jesús es casi siempre el mismo: blanco, de facciones europeas, cabello liso y ojos claros. La pregunta es ¿por qué el Jesús siempre tiene rostro europeo?
La respuesta no tiene nada de teológica. Tiene todo de política.
El Jesús histórico fue un hombre judío del siglo I nacido en Belén, criado en Nazaret, ejecutado por el Imperio Romano. Vivió en la región de Galilea, territorio de Oriente Medio habitado por personas de ascendencia semita. Los estudios históricos, arqueológicos y antropológicos son inequívocos: es altamente improbable que tuviera la apariencia de un europeo blanco. La historiadora neozelandesa Joan Taylor ha señalado que los judíos de aquella época eran biológicamente similares a los judíos iraquíes actuales, con cabello oscuro, ojos marrones y piel morena. La Biblia no ofrece ninguna descripción física de Cristo, lo que hace aún más revelador que la tradición visual lo haya representado de manera tan uniforme, y tan blanca, durante siglos.

Ese proceso fue un blanqueamiento iconográfico. Durante el Renacimiento europeo, artistas como Leonardo da Vinci, Miguel Ángel y Rafael retrataron a Cristo a su propia imagen y semejanza, con rasgos italianos, flamencos y germánicos. Apropiarse del rostro de Dios era una forma de apropiarse del poder divino. El culmen de ese proceso llegó en 1940 con la Cabeza de Cristo del artista comercial Warner Sallman, de ojos azules, cabello rubio y piel blanca. Una imagen reproducida más de 500 millones de veces que hoy sigue siendo la representación de Cristo más extendida en el mundo. Como señala la profesora Robyn J. Whitaker, del Pilgrim Theological College de Melbourne, esa imagen genera una desconexión cognitiva que permite sentir afecto hacia Jesús y al mismo tiempo mostrar escasa empatía hacia una persona de Oriente Medio.
Cristo no como era, sino como convenía
En España, la Semana Santa es una institución cultural de primer orden. Sus procesiones son patrimonio, orgullo estético, identidad colectiva. Las cofradías llevan siglos construyendo un imaginario religioso de una meticulosidad visual extraordinaria, donde cada talla, cada paso y cada bordado habla de una concepción de lo sagrado. Y ese imaginario tiene como rasgo constante la hegemonía blanca absoluta. Las vírgenes tienen piel de marfil. Los Cristos, facciones ibéricas o renacentistas. En una España crecientemente diversa, donde las personas afrodescendientes llevan décadas formando parte del tejido social, lo sagrado sigue siendo un espejo que no las refleja. ¿Dónde están los cuerpos negros en lo sagrado?
El racismo simbólico opera precisamente a través de lo que se naturaliza, de lo que parece inocente porque lleva siglos instalado. Puedes participar en una procesión, financiar un paso, vestirte de nazarena. Lo que no puedes es ser imagen de lo divino. La exclusión simbólica es silenciosa, y es total.
Existió, con todo, una excepción que la historia oficial prefiere mantener en los márgenes. En 1393, el arzobispo de Sevilla Gonzalo de Mena y Roelas fundó en la capilla del Hospital de los Ángeles lo que se convertiría en la cofradía religiosa más antigua de la ciudad: la Hermandad de los Negritos. Fue creada específicamente para acoger a las personas esclavizadas procedentes del África subsahariana y a los libertos que vivían en Sevilla, cuando la población negra llegaba a representar el 12% de los habitantes de la ciudad. En aquella Sevilla convertida en nodo de la trata esclavista atlántica, los africanos esclavizados tenían vedado el acceso a las cofradías de sus amos. La Hermandad fue el único espacio de devoción, dignidad y resistencia al que podían pertenecer. Los esclavizados necesitaban el permiso firmado de sus dueños para ingresar. Procesionaban el Jueves Santo y se ganaban a golpes el derecho a ocupar las calles que recorrían encadenados el resto del año.
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Cristos blancos, fe negra. La invisibilización afro en la Semana Santa
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«Negras Malas» de Megane Mercury, el disco que devuelve a la diáspora negra su sonido
En un país donde la diáspora negra sigue siendo tratada como anomalía cultural, «Negras Malas» irrumpe como restitución del espacio y la legitimidad. El primer álbum de Megane Mercury, lanzado en noviembre de 2025.
Su historia, de más de 630 años, fue llevada al cine en el documental Los Negros (2022), dirigido por Antonio Palacios. Una historia de inteligencia política, de resistencia colectiva, de personas negras con un protagonismo que ninguna cofradía blanca de la época podía igualar.
Que las personas afrodescendientes hayan sido creyentes fervientes tiene su explicación. Es, en muchos casos, la expresión de una fe que supo sobrevivir incluso a quienes la usaron como herramienta de sometimiento. El teólogo negro James Cone articuló lo que muchos habían intuido en su obra fundacional Black Theology and Black Power (1969): «El Cristo Negro es imagen de la comunidad negra, comparte su suerte trágica, toma partido por ella y se opone a los valores de la cultura blanca». Cone argumentó que la teología cristiana había sido secuestrada por una visión blanca que convertía a Dios en aliado del opresor, y que era necesaria una relectura desde la experiencia de los pueblos oprimidos.
Esa relectura tiene imágenes concretas. El Cristo Negro de Esquipulas, tallado en 1595 por el escultor portugués Quirio Cataño para las comunidades chortís de Guatemala, es una de las devociones más multitudinarias de Centroamérica. Según la tradición oral, el escultor eligió madera oscura para que la imagen se pareciera al tono de piel de los habitantes de la región. Y en España misma, la Virgen de Montserrat —La Moreneta—, talla románica del siglo XII de piel oscura, es una de las imágenes marianas más veneradas del país. Que estas representaciones existan demuestra que lo sagrado puede tener muchos rostros, y que Europa ha preferido sistemáticamente olvidarlo.
El proceso de evangelización en África y en América fue, ante todo, un proceso de borradura. Las religiones y cosmovisiones propias fueron demonizadas, perseguidas o absorbidas por la fuerza, dejando una ruptura profunda con los propios dioses, las prácticas y las formas de entender el mundo. El Cristo que se impuso en ese proceso tenía el mismo rostro que el poder que dominaba. Era, ante todo, un argumento de supremacía cultural.
Ese argumento sigue vigente. Cuando la Semana Santa representa sistemáticamente lo sagrado con un único tipo de cuerpo, de tez y de rasgo, emite un mensaje que va más allá de la estética. Decide quién puede ser puro, quién puede ser central, quién puede ser divino. La blanquitud se instala como norma universal del bien, la belleza y la trascendencia, y todo lo que se aleja de ella queda, implícitamente, del otro lado.
Preguntarse a quién pertenece lo sagrado es la pregunta más honesta que se puede hacer ante una procesión. Porque en las calles de Sevilla, hace más de seis siglos, personas esclavizadas salieron a desfilar con su Cristo. No porque el sistema lo permitiera. Sino porque se lo tomaron.
Si Jesús solo tiene un rostro, no es universal, es político.
Tania Castro
Historiadora
Santander (España)




