

La noche del 15 de marzo de 2026, Saint-Denis dejó de ser promesa para convertirse en hecho político de primera magnitud. Bally Bagayoko, candidato de La Francia Insumisa (LFI) en coalición con el Partido Comunista Francés, ganó la alcaldía de la segunda ciudad más poblada de la región de París en primera vuelta, con un 50,77% de los votos. El alcalde socialista saliente, Mathieu Hanotin, apenas reunió un 32,70%. No hubo segunda vuelta. No hubo margen para la duda.
Es la primera vez que La Francia Insumisa conquista una ciudad de más de 100.000 habitantes en Francia. Y lo ha hecho de la mano de un hombre negro de 52 años nacido en Levallois-Perret y criado en los barrios obreros de la misma ciudad que ahora gobernará. Llegó a Francia con cinco años, hijo de una familia numerosa de origen maliense. A los quince trabajaba como vendedor en los mercados. Estudió geopolítica en la Universidad de París 8. Fue jugador semiprofesional de baloncesto y entrenador. Hoy trabaja como cuadro directivo en la RATP. Esta acumulación de trayectoria —migración, barrio popular, formación política, experiencia laboral concreta— no es un currículo de marketing. Es la historia de millones de personas que habitan los márgenes del espacio europeo reconocido como legítimo para gobernar.
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Bagayoko no llegó a la alcaldía por azar ni porque ningún partido decidiera darle una oportunidad tokenizada. Lleva décadas construyendo presencia política en el territorio. En 2001 comenzó su militancia junto al entonces alcalde comunista Patrick Braouezec, ejerciendo como concejal delegado de deportes y más tarde de empleo, formación e integración social. En las municipales de 2020 encabezó la lista de LFI, quedó tercero con aproximadamente un 18% de los votos en primera vuelta y se retiró antes de la segunda. Hanotin ganó aquella edición, poniendo fin a 75 años de gobierno comunista en la ciudad. Seis años después, Bagayoko volvió con una estrategia diferente. Construyó la lista «Ensemble, retrouvons l’espoir!» uniendo a LFI, el PCF y el colectivo local Seine-Saint-Denis au Cœur, con el apoyo de los diputados Éric Coquerel y Stéphane Peu. Evitó la fragmentación que había penalizado a la izquierda en 2020 y armó una campaña de proximidad que llegó a los barrios donde, en las presidenciales de 2022, Jean-Luc Mélenchon había reunido más del 60% de los votos.
El día después de la victoria, sus vecinas y vecinos salían a la calle con una frase que resumía el resultado: «Tiene mucha humildad y se parece a nosotros». Porque Bagayoko es padre de cuatro hijos, trabaja y no fue lanzado desde un gabinete parisino. Conoce su territorio y es muy apreciado por los jóvenes. Franceinfo Eso no lo produce ningún equipo de comunicación. Lo produce una trayectoria de décadas en el mismo territorio, la capacidad de entrar en cualquier barrio de Saint-Denis y ser reconocido como alguien que entiende lo que sus habitantes viven. Flavie, de 20 años, votó por primera vez en unas municipales. Tahinou Diallo, de 26, dijo que la gente en los barrios populares estaba harta de candidatos que no comprenden sus problemas cotidianos. Esos dos testimonios contienen la clave del resultado, tal como recogió France Info en su crónica desde el propio ayuntamiento de Saint-Denis.
La campaña fue violenta. El alcalde saliente, calificado por Mélenchon de «pequeño burgués», acusó públicamente a Bagayoko de acoquinarse con narcotraficantes para captar el voto joven en los barrios. Esta acusación, según miembros de la lista insumisa, fue «menosprecio de clase y, sobre todo, racismo». Bagayoko respondió con una denuncia por difamación. La acusación es, en sí misma, un texto político. Cuando un hombre negro gana terreno electoral en un barrio popular europeo, el sistema responde con la sospecha. La asociación automática entre negritud, barrio y delincuencia no es una táctica nueva. Es un mecanismo de deslegitimación racial que funciona porque está profundamente arraigado en el imaginario político del continente.
Hanotin no es un líder de extrema derecha. Es un político socialista que, frente a la posibilidad de perder el poder ante un hombre negro con arraigo en los barrios, recurrió al mismo manual que utilizan quienes sí lo son. Esta dinámica no es exclusiva de Francia. En toda Europa, los candidatos racializados que compiten por espacios de poder institucional se enfrentan a una doble exigencia que los candidatos blancos no conocen. Deben demostrar sus credenciales dos veces. Deben estar más arraigados, ser más competentes, resistir más presión. Y aun así, cuando ganan, la victoria se atribuye a la movilización identitaria antes que a su programa. La criminalización racial en política es uno de los ejes estructurales que desde Afroféminas hemos vinculado a la arquitectura más amplia de la internacional del odio, ese proyecto coordinado que convierte la diversidad en amenaza y los barrios populares en territorios enemigos.

Saint-Denis, fusionada con Pierrefitte-sur-Seine a principios de 2025, cuenta hoy con aproximadamente 150.000 habitantes y es el municipio más poblado de la Île-de-France después de París. Tiene una de las tasas de pobreza más altas de la región. El 38,6% de los hogares vive por debajo del umbral de la pobreza. Entre los jóvenes, esa cifra alcanza el 50%. Es un lugar donde 150 nacionalidades conviven y donde hacer buena política es esencial. Es supervivencia cotidiana. Cuando Bagayoko declaró que Saint-Denis «representa todo lo que la extrema derecha detesta» y que «estamos por una sociedad para todos, nunca estaremos del lado de quienes quieran dividir Saint-Denis» describía una realidad demográfica, social e histórica que convierte a esa ciudad en un territorio incómodo para los proyectos políticos que prosperan sembrando miedo al otro.
La victoria de Bagayoko formó parte de una noche electoral que cambió la geometría de la izquierda francesa. La primera vuelta del 15 de marzo confirmó a LFI como uno de los dos grandes vencedores del escrutinio. El partido de Mélenchon logró avances significativos e inesperados en múltiples ciudades del país. En Toulouse, el diputado François Piquemal llegó en segunda posición con un 27,56%, por delante de la izquierda unida, convirtiéndose en el eje sobre el que pivota la segunda vuelta. En Roubaix, el candidato David Guiraud lideró con un 46,56%, muy cerca de ganar en primera vuelta. En ciudades como Limoges, candidaturas de LFI lograron posiciones de liderazgo que hace seis años eran impensables. En París y Marsella, los candidatos insumisos se convirtieron en actores decisivos para que la izquierda pueda ganar en la segunda vuelta, aunque sus relaciones con el Partido Socialista sigan marcadas por tensiones y bloqueos. El análisis ciudad por ciudad puede seguirse en detalle en el informe de Electomanía, que documenta el alcance territorial de ese avance.
El analista político Jean-Marie Chenou, de la Universidad de Lausana, lo sintetizó con claridad. LFI nunca había tenido un anclaje local sólido. Lo va a tener ahora, con diferentes ciudades de tamaño mediano que han optado por sus listas. Eso cambia su perfil político para los próximos años. Un partido que hasta ahora había construido su poder desde la tribuna parlamentaria y la arena presidencial empieza a arraigar en los municipios, en los barrios, en los consejos de administración de lo cotidiano. Ese cambio de escala importa. Las presidenciales de 2027 están en el horizonte, y Mélenchon las prepara bajo la consigna de «la nueva Francia», un proyecto que estas municipales han comenzado a cartografiar sobre el terreno.
La victoria de Bagayoko se produce en un momento europeo muy concreto. La extrema derecha avanza en todos los parlamentos del continente. El discurso que convierte los barrios racializados en focos de inseguridad, y que propone la exclusión como política de convivencia, gana terreno electoral mientras los partidos de centroizquierda lo ceden, a veces de forma activa. En ese contexto, que una ciudad con las características socioeconómicas de Saint-Denis elija en primera vuelta a un hombre negro de origen maliense, hijo del barrio, vinculado a la izquierda insumisa, es un dato político relevante y que merece leerse sin condescendencia.
La representación racial en los espacios de poder es una condición para que la democracia funcione de verdad. Los barrios populares europeos llevan décadas siendo objeto de políticas securitarias antes que de políticas sociales. Sus habitantes son vigilados, identificados y criminalizados con una frecuencia que no responde a ningún indicador objetivo de comportamiento. Responde a la lógica del racismo institucional. Cuando esos mismos barrios producen dirigentes políticos capaces de ganar elecciones con más del 50% de los votos en primera vuelta, el argumento de que la representación negra en política es una utopía pierde toda su base. El resultado habla.
Hay un detalle en la historia de Bagayoko que conviene no pasar por alto. La derrota de 2020, con un 18% y la retirada antes de la segunda vuelta, no fue el final. Fue el punto de partida de una construcción paciente, territorial, que tardó seis años en culminar. Esa paciencia tiene que ver con algo que la política electoral convencional suele ignorar. El arraigo genuino en un territorio no se consigue en una campaña. Se construye durante décadas, con presencia real en cada barrio, con conocimiento de lo que ocurre en cada calle, con la capacidad de establecer alianzas que no sacrifican principios por aritmética electoral. Bagayoko construyó esa base. Y cuando llegó el momento de pedirle a sus vecinas y vecinos que votaran, tenía algo que ofrecer que ningún candidato lanzado en paracaídas desde un gabinete parisino puede fabricar. Credibilidad.
La victoria en Saint-Denis el 15 de marzo de 2026 dice algo muy concreto sobre qué tipo de política es posible y en qué condiciones. Dice que los barrios populares racializados tienen voz propia y capacidad de proyectar esa voz en las instituciones. Dice que la diversidad no debilita una candidatura. La hace ganadora. Y dice, también, que cuando la izquierda decide construir desde los barrios en lugar de administrarlos desde lejos, puede ganar. Eso no es una ilusión. En Francia, el 15 de marzo, fue un hecho.
Redacción Afroféminas



