Raana Abi Jomaa REDH 5 de abril de 2026 Hora: 10:07
Escalada en Líbano: Más de 300 menores heridos por bombardeos del régimen de Israel. Foto: EFE
El acuerdo de alto el fuego entre Israel y el Líbano entró en vigor el 27 de noviembre de 2024, dos meses después de la agresión generalizada que siguió a la fase del «frente de apoyo» llevado a cabo en Libano a favor de Gaza.
A pesar del cese de las operaciones aéreas a gran escala en ese momento, la realidad sobre el terreno demostró que la ocupación israelí utilizó el acuerdo como pretexto para prácticas que contradecían sus disposiciones esenciales, sobre todo la retirada completa del territorio libanés y el cese de las violaciones de soberanía.
Por el contrario, Hizbullah adoptó una estrategia de «paciencia operativa», respetando los términos del acuerdo y advirtiendo continuamente que cualquier violación posterior no quedaría impune. Simultáneamente, se intensificaron los llamamientos —en particular del secretario general de Hizbullah, el Cheikh Naim Qassem— para que el Estado libanés, representado por el presidente Joseph Aoun y el primer ministro Nawaf Salam, desempeñara su papel diplomático y sobre el terreno para frenar los ataques israelíes continuos. Sin embargo, la intransigencia israelí se mantuvo invariable, haciendo caso omiso de todos los esfuerzos internacionales. Cabe argumentar que el ejercicio por parte de la resistencia de su «derecho a la legítima defensa» —garantizado en las disposiciones del acuerdo— se basó en el elevado número de transgresiones israelíes que precedieron a la última escalada de la situación. Se registraron más de 15.000 violaciones de la soberanía libanesa, y los ataques provocaron el martirio de más de 500 ciudadanos, además del secuestro de otros 19 ciudadanos en zonas fronterizas. Asimismo, las fuerzas de ocupación reforzaron sus posiciones sobre el terreno, aferrándose a cinco puntos considerados por el ocupante estratégicos.
En este contexto, el lanzamiento de seis misiles por parte de Hizbullah — y que desató una controversia interna— hacia los territorios ocupados fue una acción multifacética. Si bien se presentó como una respuesta al asesinato del Líder Supremo de Irán, Ayatolah Ali Jamenei, en esencia constituyó un «ataque preventivo» que anticipó un plan israelí para una ofensiva a gran escala que se estaba preparando. Esto fue confirmado por informes de inteligencia israelíes y declaraciones oficiales israelíes que señalaban un despliegue de tropas sin precedentes en el frente norte.
Según lo expuesto, parece que el acuerdo de noviembre de 2024, en cuanto a sus resultados, fue simplemente una «tregua técnica» temporal. Israel no lo respetó en absoluto, y Hizbullah lo aprovechó para reposicionarse y reconstruir sus capacidades militares. Tras un año y tres meses, se convirtió en el detonante del gran enfrentamiento que estalló a principios de 2026, reconfigurando las reglas del conflicto en la región.
Panorama militar:
Durante la confrontación actual, es evidente que la resistencia aprovechó los 15 meses posteriores al acuerdo de 2024 para emprender un proceso de reestructuración integral y altamente secreto. A pesar de los importantes desafíos geopolíticos, sobre todo la interrupción de las líneas de suministro tradicionales a través de Siria tras la caída del régimen y la transformación del espacio aéreo libanés en un escenario abierto para drones israelíes y diversas violaciones, la resistencia parece haber logrado utilizar sus reservas militares restantes y basarse en la «autoabastecimiento» mediante el desarrollo de redes locales de fabricación y almacenamiento que demostraron su eficacia llegado el momento.
A diferencia de la agresión de 2024, que presenció importantes brechas tecnológicas como la «Operación Beepers» (buscapersonas) y el asesinato de líderes históricos, en particular el secretario general de Hizbullah, el mártir Sayyed Hassan Nasrallah, la agresión actual ha demostrado que la Resistencia actúa con un alto nivel de seguridad y disciplina táctica. Esto se evidenció en las limitadas brechas de inteligencia y el éxito del mando sobre el terreno en la gestión de las operaciones desde el frente sin caer en la trampa de los asesinatos sistemáticos. Esto refleja la dependencia de protocolos de comunicación encriptados y técnicas avanzadas de camuflaje que han superado ampliamente las capacidades de vigilancia israelíes hasta la fecha.
El resultado ha sido el cambio del modo de resistencia de una defensa pasiva a una «ofensiva defensiva coordinada», en muchos de los casos con Irán. En este contexto, han surgido varios desarrollos cualitativos:
1- El arma de los drones: La activación de enjambres de drones de ataque que lograron penetrar los sistemas de defensa aérea israelí.
2- Emboscada con vehículos blindados: La ciudad de Taybeh se convirtió en un «cementerio de Merkava», donde las cámaras documentaron la destrucción de columnas de tanques israelíes de élite mediante misiles guiados.
3- Bombardeos hasta «más allá de Tel Aviv»: Hizbullah impuso una nueva ecuación militar basada en «El Norte contra el Centro», ya que los ataques con cohetes y drones de la Resistencia alcanzaron la profundidad estratégica de la entidad israelí.
4- Israel se enfrenta al colapso de sus teorías sobre el terreno ante la reanudación de la confrontación, tanto en lo que respecta a las estimaciones sobre el número y tipo de misiles que posee Hizbullah, como a los mecanismos de maniobra que empleará la resistencia sobre el terreno y a sus prioridades entre mantener el control del territorio o hacer avanzar las tropas de ocupación para lograr infligir bajas en sus filas.
Si bien algunos creían que el enfoque de la Resistencia se centraría exclusivamente en los drones, las estadísticas de las oleadas ofensivas de dicha resistencia revelan que la mayoría de las armas usadas fueron misiles, pero siempre con la introducción de otros métodos, desde drones hasta artefactos explosivos en emboscadas.
Ante las ambiciones expansionistas y colonialistas de Israel, expresadas tanto por el ministro de Defensa israelí, Katz, como por el ministro de Finanzas, Smotrich, en sus llamamientos explícitos a ocupar territorios bajo diversos pretextos, se refuerza la hipótesis de que la guerra actual no es «defensiva», como afirma la narrativa israelí. Se trata, más bien, de un intento de redibujar el mapa de Oriente Medio, con el territorio libanés incluido en el centro.
Sin embargo, hasta la fecha, el plan israelí sobre el terreno ha encontrado una resistencia sin precedentes, que podría ser analizada posteriormente como un logro militar por un grupo de la resistencia asediado en todos los frentes. Dado que ocupar territorio mediante el establecimiento de puntos clave y posiciones parece imposible para Israel, por tanto, este último ha recurrido a la política de tierra arrasada, destruyendo puentes y cortando conexiones, con la esperanza de utilizar esto como cartas en mano en futuras negociaciones.
Al parecer, Israel pretende usar el territorio como carta para canjear, manteniéndolo como rehén con el fin de imponer condiciones políticas al gobierno libanés encabezado por Nawaf Salam, quien declaró que «se ha levantado la prohibición de negociar con Israel». En este sentido, puede afirmarse que lo que Israel está logrando es un «avance geográfico táctico» (control sobre la tierra arrasada), pero aún no ha alcanzado el nivel de un «logro estratégico» que elimine las capacidades de la resistencia o asegure el regreso de los colonos israelíes a sus casas en el norte de la Palestina ocupada. Su desplazamiento se está volviendo crónico, y esto es lo que preocupa a Israel.
División interna y la campaña de “Impeachment”
Paralelamente a las operaciones militares, se dio un paso descrito como un “golpe político” contra el equilibrio de poder existente en Líbano. El gobierno libanés decidió prohibir las actividades militares y de seguridad de Hizbullah y exigió su desarme, presentando la decisión ante las Naciones Unidas. Esto fue rechazado rotundamente por la Resistencia, que consideró la decisión un ataque a la legitimidad de la resistencia en el punto álgido de la agresión.
En el contexto de la culminación de lo que puede denominarse un “asedio oficial”, el ministro de Asuntos Exteriores, Youssef Raji, dio un paso diplomático confrontativo al declarar persona non grata al embajador iraní, Mohammad Reza Sheibani, dándole un plazo fijo para abandonar el país. Estas decisiones se producen en un momento de críticas generalizadas al silencio ejercido por el Ministerio de Asuntos Exteriores libanés respecto a los crímenes israelíes documentados, que han provocado miles de mártires y la destrucción sistemática de la infraestructura del país, reflejando una profunda brecha entre la agenda oficial y la realidad sobre el terreno.
Esta presión política se ve acompañada por una intensa campaña mediática que adopta la narrativa israelí en una incitación sistemática contra el entorno social que apoya la resistencia (y su componente mayoritario chiíta), replicando y clonando las justificaciones de la ocupación legitimando los ataques contra civiles y desplazados. Este clima de incitación, de persistir, profundizará las divisiones sociales, sirviendo al plan israelí no solo geográficamente, sino también política, social y psicológicamente.
El entrelazamiento de caminos
El aspecto más importante del momento actual es la fatídica coincidencia y convergencia entre dos caminos militares inseparables: la guerra directa librada por Estados Unidos e Israel contra la República Islámica de Irán desde el 28 de febrero de 2016, y la renovada y continua agresión contra el Líbano, que representa el frente de campo más incendiario.
El desarrollo estratégico más relevante radica en la insistencia de Teherán en la «unidad de los escenarios de negociación», estipulando que cualquier cese de hostilidades contra Irán debe ir acompañado de un cese total de la agresión contra el Líbano y una retirada completa de Israel de las posiciones ocupadas en el sur. Esta situación plantea a la región un «dilema de seguridad de suma cero». O bien un acuerdo integral que resolverá las crisis regionales, desde Teherán hasta Beirut, o bien nos veremos inmersos en una guerra de desgaste prolongada e indefinida. Partiendo de esta base, describiremos seguidamente los escenarios previstos.
¿Cuáles son los escenarios previstos?
Para intentar definir los escenarios previstos para el Líbano, debemos considerar una perspectiva que combine la situación en el campo militar, las tensiones y polarizaciones políticas internas y los principales cambios regionales (la guerra estadounidense-israelí contra Irán).
Por lo tanto, podemos anticipar estos tres escenarios principales posibles:
• El escenario de una «guerra de desgaste prolongada» o un sangriento estancamiento.
Este escenario presupone la resiliencia de la resistencia, la incapacidad de Israel para convertir sus avances tácticos en una victoria estratégica y la permanencia del gobierno libanés en un “estado de indecisión” de facto, pues como se puede constatar, en medio de este escenario, el gobierno emite decisiones sobre embargos de armas de la Resistencia y su desarme, pero carece totalmente de los medios para implementarlas sobre el terreno, profundizando así la brecha entre el gobierno y el movimiento de resistencia. El resultado sería la transformación del sur del Líbano en una “zona gris” arrasada y devastada, donde Israel no puede establecerse y los desplazados no pueden regresar. Esto conllevaría un grave agotamiento económico para ambas partes, siendo el Estado libanés, con sus instituciones ya debilitadas por la crisis de la lira (moneda nacional), el más perjudicado.
• El escenario de entrelazamiento y convergencia de caminos (procesos) y la solución integral
Este escenario depende del éxito de la presión iraní en vincular los problemas regionales entre sí, y de que Washington comprenda que el costo de la guerra ya está amenazando ahora sus intereses existenciales. Su implementación implicaría un alto el fuego simultáneo, iniciado por Washington y Tel Aviv, que se extendería hasta Teherán y abarcaría el sur del Líbano, junto con la retirada completa de Israel del territorio libanés. Sin embargo, este escenario parece difícil de lograr en un futuro previsible, dada la confusión y la perturbación estadounidense en sus decisiones y posturas, la intransigencia de Israel que quiere continuar sus guerras desde la Operación Diluvio de Al Aqsa y la insistencia de Irán en no renunciar a su soberanía y en limitar la presencia estadounidense en la región.
• El escenario de una explosión interna
Este es el escenario más peligroso, que se produciría si fuerzas internas (el Primer Ministro, algunos ministros y el partido de las Fuerzas Libanesas (ultraderecha), cuyas decisiones coinciden con las demandas israelíes, intentaran implementar sus resoluciones (tales como la prohibición del brazo militar de Hizbullah y su desarme) por la fuerza o mediante duras medidas administrativas y de seguridad.
En ese caso, cabría esperar una escisión dentro del ejército libanés o un enfrentamiento directo entre las fuerzas de seguridad oficiales y los partidarios y simpatizantes de la resistencia, especialmente a la luz de las campañas de incitación mediática, lo que podría derivar en formas de “Administración autónoma” o autogobierno o la fragmentación del país. Israel podría entonces aprovechar este caos para establecer permanentemente una zona de amortiguación, considerando que Líbano ha perdido su estatus de “Estado unificado”. En resumen, esto significaría que Líbano se sumiría en una guerra civil o en un escenario de “somalización”, convirtiéndose en un campo de batalla abierto para saldar cuentas internacionales durante los próximos años. La situación podría empeorar aún más si los nuevos gobernantes de Siria deciden intervenir en Líbano.
En conclusión, los indicadores actuales, en particular la estabilización o el status quo del campo de batalla, sugieren que el primer escenario (desgaste) es el más probable en el futuro previsible, a la espera del resultado de la gran confrontación. Israel apuesta por el agotamiento del arsenal de misiles de Hizbullah y de su capacidad de resistir en los combates, mientras que Hizbullah apuesta a que el costo del frente sur provocará primeramente el colapso del frente interno israelí.
(Raana Abi Jomaa / Comunicadora y articulista libanesa)
teleSUR no se hace responsable de las opiniones emitidas en esta sección.