Alfalfa, jeques y guerra

CTXT                                                                                                                                    Gustavo Duch                                                                                                            12/03/26
¿Recuerdan el olor del heno? Un aroma de hierba segada, con tintes de tierra impregnada de sol, un dulzor picante en la boca… es como si el verano quedase condensado en ese cúmulo de hierbas casi secas. En realidad, fue una innovación de las comunidades campesinas y pastoras, que descubrieron que dejando actuar al sol sobre algunos vegetales, conseguían disponer de alimento para el ganado cuando llegara el invierno o cuando las sequías no dejaran crecer al pasto. El heno más habitual y el más apreciado para dar de comer a vacas, caballos o conejos, es el de alfalfa, por su alto contenido de proteína, sus elevados aportes en minerales y vitaminas y su buena digestibilidad.

Este regalo de la tierra y el sol sigue ocupando miles de hectáreas en zonas como Aragón, Castilla, Catalunya o Navarra. “Cuando el prado da heno, el establo está lleno”, dicen en el campo. O decían, porque en las últimas décadas este heno llena otros establos, los de los caballos de pura raza de los hipódromos de Dubai y Abu Dabi y los de valiosísimos camellos que compiten en las populares carreras que se dan por toda Arabia Saudí.

Como explica el sindicato agrario COAG en un comunicado oficial, España es el primer productor y exportador europeo de alfalfa deshidratada, con un valor de mercado de unos 400 millones de euros este pasado año. Pero, dado que un 40% del total tiene como destino Arabia Saudí y los Emiratos Árabes, “la guerra en el Golfo pone en jaque el negocio más exótico del campo español”.

Llama la atención el adjetivo, que ciertamente es muy adecuado, y que invita a buscar algunos más para ayudarnos a entender lo absurdo de las políticas alimentarias que han llevado al sector agrario a entrar en este tipo de negocios globalizados. Negocio insólito: en aras de la competitividad, ya no se espera pacientemente a que el sol seque, generoso y gratuito, la alfalfa. Para acelerar el proceso se han instalado plantas deshidratadoras por todos estos territorios, que, por cierto, dependen del petróleo que ya sabemos de dónde llega. Negocio desquiciado: con la misma motivación productivista, se ha gastado mucho dinero, público y del propio sector, en alterar el curso de los ríos, canalizar aguas y modernizar regadíos para regar la alfalfa que exportamos, malgastando un agua que deberíamos priorizar para otros usos. Negocio lunático: todo este modelo conlleva que las vacas de la zona coman menos heno a cambio de soja transgénica importada de Brasil, mientras que toneladas de heno empacado viajan a ultramar para alimentar caprichos ajenos.

Pero lo que me preocupa sobremanera es que, cuando aparecen situaciones que evidencian la insostenibilidad del modelo agroexportador, las demandas de la mayoría de los sindicatos agrarios sean siempre “echar el balón hacia delante”. Como en esta ocasión, donde exigen gestiones diplomáticas para garantizar la continuidad de los contratos en vigor con estos países ahora afectados por la guerra y evaluar la posibilidad de desviar parte del volumen a mercados alternativos que no dependan del Estrecho de Ormuz.

¿No es evidente que el problema es un modelo costoso y vulnerable? ¿Que para apoyar a los agricultores y agricultoras que están atrapadas en estas dependencias hay que ofrecer transiciones a agriculturas sencillas orientadas a mercados locales?

La sabiduría y humildad campesina, como los pajares donde se guardaba el heno bien ventilado, son ya, solo, un recuerdo etnográfico.