África. Menstruación: Veintiocho días

Fuente: Umoya, num 102 3er trimestre 2021                        Patricia Luceño

Redescubrir el período menstrual a través de la vinculación lunar puede ser el punto de partida de una relación más intencional con el planeta y los seres que lo habitan. Aceptar la ciclicidad de la naturaleza y respetar sus ritmos es una forma más de luchar contra el capitalismo.

Había una vez un joven que vivía en una próspera aldea. A pesar de tener cubiertas sus necesidades, decidió transformar su jardín en un campo de cultivo animado por la productividad de esas tierras. Gracias a su tenacidad y a la prolífica tradición agrícola del lugar, pronto conocía todo lo escrito sobre la labranza y no pasó mucho tiempo hasta que la producción de su campo se igualó a la de sus vecinos.
Las continuas alabanzas que recibía alimentaron su ego: la tenacidad acabó transformándose en ambición y esta, en codicia. Sus cuantiosos beneficios le permitieron ir adquiriendo cada vez más fincas y sus antiguos propietarios pasaron a ser sus empleados. Desterró las viejas tradiciones orales y priorizó una innovación técnica que le permitió la recolección continuada de cultivos antes estacionales, ajustar los costes de agua, nutrientes y abonos, minimizar las plagas con potentes tratamientos y asegurar un aprovechamiento del cien por cien de la tierra.


Si hubiera escuchado a las ancianas del lugar, quizás no le habría sorprendido ver cómo sus productos cada vez crecían más raquíticos y con menos sabor, cómo los cultivos estivales no cubrían las necesidades nutricionales de los meses de frío o cómo la tierra se tornaba estéril tras una sobreexplotación que olvidó el barbecho. Finalmente, yerma, la región tuvo que ver pasar muchas primaveras hasta volver a experimentar el mágico proceso de una semilla germinando.
La moraleja que parece lógica en este relato puede no serlo tanto cuando contemplamos la sobreexplotación del medio natural y el descuido de sus ciclos en la vida contemporánea. Ciclos no solo propios de los campos o la fauna, sino también de los mismos humanos. Uno de los ejemplos más claros es el de las personas que menstrúan y que transitan este proceso sin ajustar su alimentación, descanso o carga laboral. La desvinculación con la naturaleza encuentra su máxima expresión en el capitalismo, que justifica con conceptos como productividad o éxito la explotación de la tierra y las personas, la destrucción de ecosistemas, la desigualdad y la opresión. No en vano, el curso histórico patriarcal asocia la dominación de la naturaleza a la de las mujeres, ridiculizando, reprimiendo y castigando todo rastro de su esencia salvaje.

Full Moon Baobab Tree Fotos e Imágenes de stock - Alamy

Se dice que antiguamente el ciclo lunar y los períodos menstruales guardaban una relación muy estrecha, hasta tal punto que era habitual que la ovulación coincidiera con la luna llena y el sangrado, con la luna nueva. Así, se vinculaba la luna con lo femenino (o el yin), llegando a caracterizar sus fases con cuatro arquetipos que simbolizan también cuatro estadios de las fases folicular y lútea: la joven (preovulación-luna creciente), la madre (ovulación–luna llena), la hechicera (fase premenstrual–luna menguante) y la bruja o anciana (fase menstrual–luna llena). La menstruación ha sido, en muchas culturas, celebrada y venerada. La opresión y cosificación de lo femenino propias de una sociedad patriarcal y capitalista han desembocado en una desnaturalización del período menstrual, con su ocultación, banalización y estereotipación. Como consecuencia, se ha desligado a las personas que menstrúan de su más pura naturaleza, obviando sus cambios y necesidades y obligándolas a ajustarse a estándares y temporalidades que provocan multitud de trastornos, tanto a nivel físico como psicológico.
Esta articulación de la menstruación como un instrumento más de opresión y dominación patriarcal no es un fenómeno nuevo: ya se pueden encontrar representaciones negativas y estereotipos en la Biblia (Levítico) y el Corán. La tradición judeocristiana, por ejemplo, ha simplificado a las mujeres hasta el punto de catalogarlas de acuerdo a dos roles únicos, enfrentados e inmutables: santa o pecadora. Es interesante destacar aquí también el uso que se está haciendo de la biología no solo para representar a la mujer como un ser inferior o más débil, sino también para relegarla a cometidos derivados de una construcción cultural machista. Se está poniendo la ciencia al servicio de una visión cultural concreta que presenta la dominación masculina como algo consustancial a la vida y, por tanto, inevitable. Una mirada amplia y objetiva a multitud de especies animales nos hacer ver que esto no es así, con sociedades cooperativas (hormigas, abejas, primates), matriarcales (elefantes)…
La tradición vinculada a la celebración de la luna como arquetipo de lo femenino generalmente ha estado vinculada con rituales de fecundidad. En el caso del continente africano, en Egipto las mujeres rogaban a los dioses por la crecida del Nilo para que inundara sus campos. En Senegal, mezclaban tierra y sangre menstrual para amasar una figura que representaba la fertilidad. Las mujeres dinka de Sudán encuentran en las fases de la luna su calendario menstrual. Para las pedi de Sudáfrica, estas etapas lunares están ligadas a su desarrollo vital. El pueblo subu, de Camerún, ve en los cráteres a una mujer que fue castigada por cortar leña en su día de descanso.
En fin, la fijación histórica en la luna es una constante. También para la comunidad científica. A pesar de que la relación entre las fases de la luna y los fenómenos terrestres es especialmente difícil de demostrar, se ha evidenciado su influencia en las mareas y en los hábitos de muchos depredadores nocturnos. Un estudio publicado a finales de enero en la revista Science revelaba un patrón de sueño que podría sugerir cierta vinculación entre los ritmos circadianos y las fases lunares.
A pesar de todo ello, regimos nuestra cotidianidad por el calendario gregoriano, que impone un modelo matemático a nuestros ciclos más básicos. Quizá sería más lógico empezar a medir nuestras vidas en lunaciones, celebrar equinoccios y solsticios y aceptar de la tierra lo que nos ofrece en cada momento, devolviéndole lo que no necesitamos; comprender que no existe floración sin reposo.
Mirar hacia arriba y observar la luna puede ayudarnos a reconectar con nuestra naturaleza ancestral a través de la sabiduría menstrual, de conocernos y reconocernos, estar conectadas con nosotras mismas, desterrar el miedo y la vergüenza del sangrado, origen de la vida. Aprender que la vida es cíclica y que no siempre somos las mismas ni tenemos iguales necesidades. Conocer, aceptar. Ser compasivas. Rescatar nuestra naturaleza más salvaje. Sangrar para sanar. Y resurgir más fuertes. La vida no se domestica. Nosotras tampoco.

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