“Acoger al extranjero”, discurso contra el ICE de Zohran Mamdani

Zohran Mamdani                                                                                              22/02/2026

En el primer Desayuno Interreligioso (Interfaith Breakfast) de su mandato, celebrado el pasado 6 de febrero en un edificio de la Biblioteca Pública de Nueva York, el alcalde, Zohran Mamdani, se dirigió a un grupo de 400 dirigentes religiosos y comunitarios de sus cinco distritos para anunciar medidas que impidan resueltamente actuar al ICE en la ciudad y protejan a los inmigrantes.   Buenos días. Es un privilegio estar aquí con todos vosotros. Me uno a todos los presentes para enviar nuestros mejores deseos al rabino Schneier y nuestra esperanza de una rápida recuperación.Sé que muchos de nosotros nos sentimos conmocionados por las noticias que acabamos de recibir de Pakistán, donde decenas de personas han perdido la vida en un horrible atentado contra una mezquita chií. Innaa lillaahi wa innaa ilaihi raayiun.Miro a mi alrededor y veo los rostros de amigos con los que me he manifestado bajo un calor abrasador y un frío glacial. Personas con las que he llorado, celebrado y organizado. Y veo a muchas otras personas a las que acabo de conocer, pero con las que estoy deseando trabajar para mejorar Nueva York.Y veo a aquellos a quienes los habitantes de esta ciudad acuden en busca de orientación y compasión. Puede que esta ciudad sólo tenga un alcalde, pero cuenta con innumerables líderes. Cuando nuestros vecinos tratan de encontrarle sentido a un mundo en el que no lo hay, a menudo acuden primero no a aquellos a quienes han elegido, sino a ustedes.

Gracias por darme hoy la bienvenida, y por todo lo que hacen, de forma visible e invisible, por aquellos a quienes sirven.

Yo me crié en la ciudad de Nueva York como un niño musulmán de madre hindú. Celebraba el Eid al-Fitr [fiesta de fin del ayuno del Ramadán] y el Eid al-Adha [Fiesta del Sacrificio o Día del Cordero] con mi familia, encendía diyas [lámparas de aceite, generalmente de arcilla] en Riverside Park para el Diwali [festival de India de cinco días de duración] y, como cualquier neoyorquino, me encontraba con religiones diferentes a la mía. Todavía recuerdo cuando una noche volví a casa después del bar mitzvá de un amigo y le pedí una explicación a mi padre. «Baba», le pregunté, «¿por qué los niños musulmanes no tienen también bar mitzvás?».

Y durante los últimos quince meses, mientras me presentaba a la alcaldía de nuestra increíble ciudad, ese encuentro se intensificó al encontrarme cara a cara con el vivo tapiz de fe que es Nueva York.

Se dice que la fe es creer en lo que no se ve. Y aunque sin duda se necesitaba fe para imaginar algo verdaderamente invisible —el camino hacia la victoria—, no era nada comparado con la fe que vi en los neoyorquinos sólo para poder superar el día a día. Fe en que llegara el autobús. Fe en que, de algún modo, una manera, se pagaría el alquiler. Fe en que un líder antepondría las preocupaciones de la mayoría a los intereses de unos pocos.

Esa fe la vi en todas partes. En el metro y en las esquinas, en los foros y en las puertas de entrada. Y cada vez más, a medida que se derretía la nieve del invierno y daba paso a la renovación de la primavera y luego al calor del verano, la encontré allí donde muchos neoyorquinos regresan, semana tras semana, en busca de sentido.

Acogisteis a un extraño en vuestros santuarios. Y tanto si estábamos juntos en la Shul [“sinagoga” en yiddish], en los servicios religiosos del sábado o el domingo por la mañana, en un gurdwara [lugar de culto de los sijs], una mezquita, un mandir [templo hindú] o un templo, los neoyorquinos me contaban las preocupaciones que les inquietaban, los sueños a los que no renunciaban.

Qué regalo me hicisteis. No sólo me ayudasteis a comprender mejor Nueva York, sino también a comprender lo cerca que estamos realmente.

Porque, a pesar de nuestras diferentes creencias, compartimos una convicción común: que nuestra ciudad puede recuperarse, y debe hacerlo. Que la ciudad más rica del país más rico de la historia del mundo tiene lo suficiente para que todos vivamos una vida digna. Que no es necesario adorar al mismo Dios para compartir los mismos valores o luchar por el mismo futuro.

Si hay algo que une a todas las religiones de nuestra ciudad, es la comprensión de la fe no sólo como herramienta para la reflexión, sino como llamada a la acción.

Hoy, ante vosotros, pienso en Deuteronomio 10:17-18, que describe al Señor como alguien que «no hace acepción de personas ni acepta sobornos. Hace justicia al huérfano y de la viuda, y ama al forastero, a quien da pan y vestido».

Durante los últimos quince meses, los neoyorquinos de todas las religiones han creado un movimiento inspirado en la causa de los huérfanos, las viudas y los extranjeros.

Hubo personas mayores que pasaron horas llamando por teléfono a desconocidos porque creían que todos los niños merecen disponer de guarderías. Si eso no es defender la causa de los huérfanos, ¿qué lo es?

Hubo vecinos que subían seis pisos sin ascensor para llamar a la puerta porque creían que una madre soltera que vivía en un apartamento de alquiler estabilizado debía poder dormir tranquila la última noche del mes, sabiendo que su alquiler no subiría al día siguiente. Si eso no es defender la causa de la viuda, ¿qué lo es?

Y hoy, amigos míos, quiero reflexionar sobre la tercera obligación: amar al extranjero.

Por todo el país, día tras día, somos testigos de una crueldad que conmociona la conciencia. Agentes enmascarados, pagados con nuestros propios impuestos, violan la Constitución y siembran el terror entre nuestros vecinos. Llegan como si montaran un caballo pálido y dejan a su paso una estela de destrucción. Personas sacadas de sus coches a la fuerza. Armas que apuntan a personas desarmadas. Familias destrozadas. Vidas destruidas, de forma silenciosa, rápida y brutal.

Si esto no son ataques contra los extranjeros que viven entre nosotros, ¿qué lo es?

Esta crueldad no es un concepto lejano. El ICE opera aquí, en Nueva York. En nuestros juzgados. En nuestros lugares de trabajo. Se esconden en el 26 de Federal Plaza, el mismo edificio en el que esperé con miedo mientras mi padre llevaba a cabo su entrevista para obtener la ciudadanía.

Si esto no son ataques contra los extranjeros que viven entre nosotros, ¿qué lo es?

El ICE es más que una agencia canallesca: es una manifestación del abuso de poder. Y también es nuevo. Se fundó en 2002. Hace cuatro alcaldes, no existía. Sus errores no deben tratarse como algo inevitable o heredado. De hecho, no se puede reformar algo tan podrido y vil.

Pienso en una historia que compartió recientemente conmigo el reverendo Galbreath, pastor principal de la iglesia de Clarendon Road. Dos inmigrantes haitianos de su congregación, padre e hijo, se desplazaron hasta el 26 de Federal Plaza para que les tomaran las huellas dactilares. La esposa del hombre, madre del niño, había acudido allí la semana anterior sin mayores percances. Y ellos no le dieron importancia al recorrido. Era algo rutinario. En Nueva York, sin duda, uno podía estar a salvo en una cita como esta.

Y entonces, sin explicación ni advertencia alguna, se los llevaron a toda prisa. El ICE se los llevó primero al centro de detención de Brooklyn. Al día siguiente, los trasladaron en avión a Luisiana. Se sentían desesperados e indefensos, es lo que afirmó el reverendo Galbreath. Desesperados e indefensos.

Si esto no son ataques contra los extranjeros que viven entre nosotros, ¿qué lo es?

Mientras el gobierno federal ataca a nuestros vecinos, aquellos que rezan en el banco de al lado nos ordenan que no creamos lo que vemos. Nos obligan, como escribió George Orwell hace casi ochenta años, a «rechazar la evidencia de nuestros ojos y oídos». Y lo conseguirían, si no fuera por los muchos entre nosotros que no solo han leído las Escrituras, sino que las viven, aquellos que se niegan a abandonar al extranjero.

Me refiero a Renee Good, cuyas últimas palabras al hombre que la asesinó momentos después fueron: «No estoy enojada contigo».

Me refiero a Alex Pretti, que murió tal y como vivió, cuidando de los desconocidos. Era un hombre que cogía de la mano a los asustados y afligidos en sus últimos momentos. Un hombre que dedicó su vida a curar a personas que nunca había conocido. El ICE le pegó diez tiros porque hizo algo que ellos nunca podrían imaginar hacer: extendió su brazo a una desconocida, no para empujarla, sino para ayudarla a levantarse.

Me refiero a las decenas de miles de personas de nuestra ciudad y nuestro país que salieron a las calles cubiertas de nieve en pleno invierno, negándose a permitir que los más poderosos impusieran su voluntad a los que menos poder tienen.

Si eso no es amor por el extraño que hay entre nosotros, ¿qué es?

En un momento como este, recurro al Bhagavad Gita, que nos enseña que la vocación más elevada es la de convertirse en alguien «que ve la verdadera igualdad de todos los seres vivos y responde a las alegrías y las penas de los demás como si fueran propias».

Todos hemos sido extraños en algún momento de nuestras vidas. Todos hemos conocido la sensación de llegar solos a un lugar nuevo, de depender de la amabilidad de otra persona. Mientras el ICE fomenta una cultura de sospecha y miedo, dejemos que esta ciudad de extraños dé ejemplo de cómo hacer nuestras las penas de los demás. Ofrezcamos un nuevo camino, un camino de resistencia a través de la compasión.

Al obrar así, podemos ofrecer algo más amplio y duradero que un simple rechazo de la atrocidad. Podemos confiar en nuestra fe para ofrecernos un abrazo mutuo. Después de todo, pocas fuerzas tienen tanto poder para extender la humanidad a todos. Tal como dijo Martin Luther King en cierta ocasión: «La iglesia es el único lugar en el que un médico debe olvidar que es médico». La iglesia es el único lugar donde el abogado debe olvidar que es abogado. Cuando la iglesia es fiel a su naturaleza, dice: «El que quiera, que venga».

Esa doctrina —el que quiera, que venga— no se limita al cristianismo. Todas nuestras religiones nos piden lo mismo.

Pienso en Éxodo 23:9, en las palabras de la Torá: «No oprimirás al extranjero, pues vosotros conocéis el corazón del extranjero, ya que fuisteis extranjeros en la tierra de Egipto». Pocos han permanecido tan firmes junto a los perseguidos como los judíos neoyorquinos. Pienso en Michael Schwerner y Andrew Goodman, que dieron su vida junto a James Chaney [activistas antirracistas asesinados en Misisipi en junio de 1964] para que todos pudieran ejercer el derecho al voto. Pienso en el rabino [Joshua] Heschel, que marchó desde Selma junto a Martin Luther King. Y pienso en Yip Harburg, nacido en el Lower East Side, que escribió Somewhere Over the Rainbow y animó a los norteamericanos que aguardaban en las colas del pan durante la Gran Depresión.

Creo que la libertad respecto al sufrimiento que nos enseña el budismo sólo es posible si eliminamos los tres venenos del deseo, el odio y la ignorancia de nuestra vida cotidiana. No tenemos por qué aceptar el sufrimiento como algo inmutable. No tenemos por qué tratar el odio como algo natural. Tenemos el poder de liberarnos.

Y considero que mi propia fe, el Islam, es una religión basada en un relato de migración. La historia de la Hégira nos recuerda que el profeta Mahoma (la paz y las bendiciones sean con él) también fue un extranjero, que huyó de La Meca y fue acogido en Medina. La sura An-Nahl 16:42 nos dice: «A aquellos que emigraron por la causa de Alá tras ser perseguidos, les bendeciremos con un buen hogar en este mundo».

O, como dijo el profeta Mahoma (sean con él la paz y las bendiciones): «El Islam comenzó como algo extraño y volverá a ser extraño, así que buenas nuevas para los forasteros».

Si la fe nos ofrece una brújula moral para estar al lado del extranjero, el gobierno puede proporcionar los recursos. Creemos una nueva expectativa del Ayuntamiento, donde el poder se ejerza para amar, acoger y proteger. Estaremos al lado del extranjero hoy, mañana y todos los días que están por venir.

Por eso, esta mañana, voy a firmar una orden ejecutiva que defenderá la protección de nuestra ciudad, no solo de nuestros compañeros inmigrantes neoyorquinos, sino de todos los neoyorquinos, frente a la aplicación abusiva de las leyes de inmigración.

Esta orden es una reafirmación rotunda de nuestro compromiso con nuestros vecinos inmigrantes y con la seguridad pública en general. Dejaremos claro que el ICE no podrá entrar en propiedades de la ciudad de Nueva York sin una orden judicial. Y en ello se incluyen nuestras escuelas, nuestros refugios, nuestros hospitales y nuestros aparcamientos.

Protegeremos los datos privados de los neoyorquinos para que el gobierno federal no pueda acceder a ellos de forma ilegal y nos opondremos firmemente a cualquier intento de invadir nuestra privacidad. Ningún neoyorquino debería tener miedo de solicitar servicios municipales como guarderías por ser inmigrante.

Esta orden exigirá que las agencias municipales esenciales cumplan con las leyes de la ciudad y realicen auditorías exhaustivas de todas las políticas que rigen las interacciones de las agencias con las autoridades de inmigración.

Además, establecerá un Comité de Respuesta Interinstitucional, de modo que, en caso de una crisis grave, estemos preparados y equipados para proteger a los neoyorquinos. Crearemos un mecanismo centralizado para coordinar las políticas entre las agencias, de modo que el gobierno [municipal] hable con una sola voz en momentos de necesidad.

El Ayuntamiento no mirará hacia otro lado.

Pero necesitamos que estén con nosotros nuestros líderes religiosos. Vuestra claridad moral, vuestra integridad, son los pilares sobre los que se han construido innumerables movimientos en favor de la justicia. Muchos de vosotros lleváis mucho tiempo practicando la tradición de apoyar a los olvidados y oprimidos. Cuando nuestros vecinos inmigrantes tienen problemas, a menudo recurren primero a vuestras redes religiosas en busca de consejo, asistencia jurídica o de alguien que los acompañe al tribunal.

Hoy os pido que nos ayudéis a expresar el valor con palabras. Ayudadnos a recordarles a los neoyorquinos que no están solos.

Hemos preparado 30.000 guías sobre los derechos de los neoyorquinos, en diez idiomas hablados por algunas de las poblaciones más afectadas de nuestra ciudad, para enseñarles a nuestros vecinos qué hacer si viene el ICE a buscarlos. Estas guías están aquí hoy, listas para que las recojan. Si se agotan, imprimiremos más.

Os insto a que las compartáis con vuestros feligreses, incluso con aquellos que son ciudadanos, incluso con aquellos que creen que el ICE no puede perseguirles. Estos materiales nos conciernen a todos: a los que llevamos aquí cinco generaciones y a los que llegamos el año pasado. Nos conciernen a todos porque la obligación recae sobre todos nosotros. Amar al prójimo, cuidar al extranjero.

Si realmente queremos defender la causa del extranjero, dejemos que estos materiales sirvan de instrucciones sobre cómo mostrar nuestra solidaridad. Si hay algo que pueda frenar la creciente ola de odio, es el coro de aquellos que practican una religión diferente y viven de forma diferente, cantando la misma canción sin desanimarse.

Pues todos somos neoyorquinos. Y, sin embargo, eso no es algo que siempre se haya aceptado.

Amigos míos, desde que la gente llama a Nueva York su hogar, se ha debatido una pregunta: ¿quién es neoyorquino? En cada momento, muchos han tratado de acotar la respuesta. Se ha marginado al forastero en las ofertas de empleo, en carteles que prohibían la entrada a restaurantes y tiendas, en barrios donde sólo se permitía vivir a algunos neoyorquinos. Se ha aprovechado cualquier grieta imaginable para crear un abismo de división.

En cada ocasión en que las fuerzas de la obscuridad han planteado la pregunta «¿Quién es neoyorquino?», los habitantes de esta ciudad hemos dado nuestra propia respuesta. Todos nosotros.

Y, sin embargo, sabemos que esa respuesta no es permanente ni está predeterminada. Cada generación debe afirmar lo que sabemos que es cierto, porque Nueva York es la prueba viviente de que somos más fuertes cuando acogemos al forastero.

No será una lucha fácil. Los del otro lado, los agentes del ICE de todo el mundo, tienen el poder, las armas y un sentimiento de impunidad. Sin embargo, nosotros tenemos una ventaja sobre ellos, una ventaja que, por mucho que lo intenten, no pueden superar, ya que ocultan sus rostros para atacar y asesinar: no nos avergonzamos de nuestra respuesta.

Así que respondamos una vez más a la pregunta —¿quién es neoyorquino?—, con convicción y sin vergüenza. Somos todos nosotros.

Así que juntos, Nueva York, promovamos la causa de los huérfanos.

Juntos, Nueva York, promovamos la causa de las viudas.

Juntos, Nueva York, amemos al extranjero que está entre nosotros, porque nosotros somos ellos y ellos son nosotros.

Gracias.

miembro de los Democratic Socialists of America, desempeña desde el 1 de enero de 2026 el cargo de alcalde de la ciudad de Nueva York

Fuente:

Oficina del Alcalde de la ciudad de Nueva York, 6 de febrero de 2026

Traducción: Lucas Antón