300 municipios, 300 espejos del racismo español

300 municipios, 300 espejos del racismo español

Existe un mapa. Un mapa que nadie había trazado hasta ahora. En Afroféminas hemos documentado, con la colaboración de nuestra comunidad de seguidores y tras años de recopilación de fotografías desde 2018, 300 municipios españoles donde la práctica del blackface se reproduce cada 5 de enero en las cabalgatas de Reyes. Es la primera vez que se cartografía esta realidad a escala nacional. Y la cifra, lejos de ser un techo, representa apenas la punta del iceberg, entre un 12% y un 15% del total real. Nuestros cálculos apuntan a que entre 2.000 y 2.500 localidades mantienen esta tradición fuera del foco mediático.

El blackface tiene raíces propias en España que se remontan al teatro del Siglo de Oro, donde ya existían personajes negros sobre los que hacer burla. No es un fenómeno importado de los minstrel shows estadounidenses. Esta práctica de representar caricaturescamente a personas negras tiene una genealogía específica vinculada al pasado esclavista peninsular. Las zonas donde hoy se concentra el blackface coinciden casi milimétricamente con los territorios donde hubo mayor presencia de población esclavizada. Sevilla, Cádiz, Valencia y Alicante fueron grandes centros de la trata de personas. En 1565, Sevilla contaba con 6.327 personas esclavizadas, el 7,4% de su población. Ciudades como Cádiz llegaron a tener hasta un 20% de habitantes esclavizados. El reino de Valencia estaba plenamente integrado en la trata de personas negras procedente de los espacios portugués y andaluz. La provincia de Alicante, hoy epicentro del blackface en España, fue receptora de este comercio durante siglos. Hablamos de memoria colonial incrustada en el territorio.

Lo que el mapa revela es la magnitud de una práctica tan normalizada que la mayoría de la sociedad española ni siquiera comprende de qué se le está hablando. Estos días, periodistas de medios conservadores han declarado públicamente que no entienden qué hay de malo en pintarse la cara de negro. Esta es la postura de quién considera el disfraz de una raza algo lógico, normal y consustancial a su esencia. Es el racismo que no se ve porque está en todas partes.

Las grandes ciudades, que en el mapa cuentan como un único punto pero albergan millones de habitantes, han ido eliminando la práctica. Málaga decidió en noviembre de 2024 que Baltasar será siempre encarnado por una persona negra. El pasado enero, Mansour Konte, el joven guineano que rescató a una mujer durante la DANA, ocupó ese lugar. Este año ha sido Kendrick Perry, jugador del Unicaja Baloncesto, quien ha señalado públicamente la importancia de que los jóvenes negros en España sean valorados, vistos y oídos. Córdoba, Almería y Zaragoza tampoco recurren ya al maquillaje racial. Estos ejemplos demuestran que el cambio es posible cuando existe voluntad política.

La otra cara de la moneda la representa Sevilla. El pasado 5 de enero de 2026, Juanma Moreno Bonilla, presidente de la Junta de Andalucía, desfiló con la cara pintada de negro como rey Baltasar en la cabalgata organizada por el Ateneo de Sevilla. No fue un gesto ingenuo. Fue una decisión calculada, institucional, con el visto bueno del poder político, económico y cultural andaluz. El grupo Por Andalucía presentó una proposición no de ley para erradicar el blackface que fue rechazada con los votos del PP y Vox. El racismo institucional tiene nombres, apellidos y actas parlamentarias.

El Parlamento Europeo, en su resolución del 19 de junio de 2020 tras el asesinato de George Floyd, pidió a todos los Estados miembros que denuncien y se abstengan de tradiciones racistas y afrofóbicas, mencionando explícitamente la práctica del blackface. España, hasta la fecha, ha ignorado esta recomendación. La provincia de Alicante concentra la mayor densidad de casos, con Alcoi como epicentro de lo que constituye la manifestación más visible de esta práctica en Europa, donde los pajes se pasean pintados y vestidos como parodia de esclavos coloniales y su imagen se ha convertido en merchandising que inunda calles, balcones y comercios durante semanas.

El mapa de Afroféminas es una herramienta de denuncia construida con las miles de fotografías que la comunidad ha enviado durante años de lucha. Cada punto representa un lugar donde, cada enero, la infancia española aprende que representar a una persona negra significa pintarse la cara, que la negritud es un disfraz que se pone y se quita. El blackface no enseña diversidad, no enseña inclusión, no enseña respeto. Perpetúa estereotipos racistas y contradice los valores democráticos que este país dice defender.

Eliminar el blackface no elimina la celebración de los Reyes Magos. La dignifica. Iniciativas como «La fábrica de Baltasares» en Bilbao, impulsada por Malick Fall y Esther Ogunleye, demuestran que existen alternativas reales para que las personas negras se representen a sí mismas. El mapa permanece abierto a nuevas aportaciones de la comunidad. Cada nuevo punto documentado es una prueba más de que el racismo en España no son casos puntuales, es estructura. Y las estructuras, para desmontarse, primero tienen que hacerse visibles.

Afroféminas


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