
Matar a civiles en masa, someterlos a inanición para convencer a quienes no se ven afectados de que cambien de rumbo y someter a poblaciones enteras como ganado a condiciones de mayor miseria se consideran crímenes atroces según el derecho internacional. En lo que respecta a la guerra de Israel en Gaza, este enfoque se considera una política necesaria, sin las restricciones del humanitarismo. Ante estas duras realidades sobre el terreno, se producen negaciones rotundas: esto no está sucediendo en Gaza; nadie se muere de hambre. Y si así fuera, culpen a esos salvajes descarriados de Hamás.
Mientras el conflicto avanza con dificultad entre charcos de sangre y abundantes despojos, la confusa imagen de las intenciones de Israel persiste en toda su gloriosa nebulosa. Una fingida moderación nubla el deseo asesino. Ya no parece importarles a los desafortunados rehenes israelíes capturados por Hamás en su asalto del 7 de octubre de 2023, pues son meros elementos decorativos para la inminente masacre. Y aún menos parece que Hamás vaya a ser depurado y expulsado de la Franja, por muy atractiva que siga siendo esta idea.
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