«No debería ser noticia que Sally Rooney financie la desobediencia civil ante la injusticia, sino que la mayoría de los intelectuales, artistas, académicos y personalidades con micrófonos a su alcance no asuman su responsabilidad pública y alcen la voz tras 23 meses de genocidio televisado, de 62.000 muertos —20.000 de ellos niños y niñas— y una hambruna milimétricamente planificada», escribe Patricia Simón.
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Los que viven a resguardo de la rabia y el dolor, los que desde la atalaya de una supuesta razón siempre deslizan algún argumento para culpar a las víctimas y justificar a los victimarios; los que siguen reivindicando que Israel es Occidente, como si eso fuese algo de lo que enorgullecerse, o que es la única democracia de Oriente Próximo, como si eso le restase gravedad a estar cometiendo el peor crimen del que es capaz el ser humano, el genocidio; los tibios, los que se presentan como portavoces de la mesura, los que siguen pidiendo a los palestinos que condenen a Hamás para concederles el derecho a existir, ellos son también los colaboradores necesarios que allanan el camino a Netanyahu y sus aliados, Trump y Von der Leyen, para avanzar en el exterminio y la ocupación. Portavoces de la moderación estéril, balbucean cuando personas realmente influyentes se manifiestan, sin titubeos, a favor de la decencia y asumiendo los costes de posicionarse contra el poder y en el lado correcto de la Historia.
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