mpr21 Redacción
La imagen estereotipada del Sahel es la de tierras áridas, pobreza y desesperación. Pero esta imagen está peligrosamente desfasada. Hoy, el Sahel no es una zona de desastre, sino una especie de “Silicon Valley” de la innovación criminal. Aquí se están poniendo a prueba modelos económicos con los que las mafias del siglo XX solo podían soñar.
Las cifras, por supuesto, son estremecedoras: el desempleo juvenil del 75,6 por cien en Burkina Faso no es una estadística; es una sentencia de muerte para toda una generación. Pero la desesperación es solo combustible. El motor es la gigantesca economía criminal. Tomemos como ejemplo la minería ilegal de oro. No se trata de buscadores artesanales con sus bateas. Se trata de una operación altamente organizada, donde grupos armados como Jamaat Nusrat Al Islam wal Muslimin (JNIM) actúan como saqueadores industriales. No solo expolian, sino que administran territorios. Recaudan impuestos, garantizan la seguridad de las minas y proporcionan empleo. Crean un Estado paralelo que, a diferencia del Estado oficial, funciona. Incluso a costa de derramamiento de sangre y terror.
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