
Las élites europeas se preocupan cada vez menos de disimular los golpes a la democracia neoliberal que ellas mismas tuvieron que inventar para el capitalismo degenerativo del alba del siglo XXI, degradando al máximo la “democracia keynesiana” de la Postguerra Mundial a la que se vieron forzadas mientras existía la URSS.
En Rumanía declararon la nulidad de unas elecciones cuyos resultados no les fueron favorables (tras que el candidato independiente Calin Georgescu ganara la primera ronda en diciembre de 2024 y todavía después de que el “euroescéptico” George Simion dominara la primera vuelta de las elecciones de mayo, el fraude avalado por la UE otorgó al favorito de Bruselas, Nicușor Dan, un milagroso aumento del 155 % en la segunda ronda). En Georgia provocan intermitentes levantamientos mediante cuerpos de inteligencia y paramilitares infiltrados, ante la frustración de no haber logrado cambiar hasta ahora el resultado electoral. En ese camino, llevan años asediando a otros presidentes europeos electos cuyas posturas en favor de la distensión con Rusia no les gusta. Así por ejemplo, Fico en Eslovaquia (atentado casi mortal por medio), Orbán en Hungría y Vučić en Serbia, con continua agitación de las calles contra ellos y procedimientos típicos de sus “revoluciones de colores” o golpes de Estado orquestados.
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