El Sudamericano 21/10/25
soumayaghannoushi.com – @SMGhannoushi
Middle East Eye | Voces del Mundo
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Salieron de entre las sombras tambaleándose como fantasmas que regresaban al mundo de los vivos.
A un lado de la pantalla, las cámaras occidentales enfocaban los rostros sonrientes de 20 hombres israelíes liberados. Se difundieron sus nombres. Se presentó a sus familias. Sus reencuentros se retransmitieron en directo, bañados por una luz cálida, tiernos abrazos y una cobertura interminable.
Al otro lado, fuera de plano, prácticamente invisibles, casi 2.000 palestinos salían de las puertas de la prisión que se había tragado años de sus vidas.
No les esperaban luces de estudio. Ni presentadores sonrientes. Ni titulares brillantes. Sólo rostros demacrados, manos temblorosas, ojos vacíos que hablaban un idioma diferente: el idioma del dolor.
El contraste era inmenso.
Por cada israelí liberado, cien palestinos. Por cada nombre que el mundo escuchó, cien nombres borrados. Su regreso fue recibido con lágrimas, brazos abiertos, pero también con escombros, tumbas y espacios vacíos donde antes estaban sus hogares y sus seres queridos.
Era una celebración entremezclada con luto, alegría entretejida con dolor.
Shadi Abu Sido, un fotoperiodista secuestrado en el hospital Al-Shifa y retenido durante 20 meses en una celda israelí, era uno de ellos.
Cuando su esposa entró, corrió a abrazarla como un hombre desquiciado. Luego llegaron los niños, pequeños, temblorosos, buscando a su padre, a quien temían haber perdido para siempre. Él cayó de rodillas y los abrazó, acariciándoles el rostro con manos temblorosas y besándolos una y otra vez, frenético e incrédulo. Entre lágrimas, gritó: «Me dijeron que todos habían muerto. Me dijeron que Gaza había desaparecido».
Se aferró a ellos como un hombre que regresa de entre los muertos.
Ali al-Sayes salió tras 20 años en prisión. Su hija, una niña cuando lo detuvieron, ahora una joven, corrió hacia él llorando. Él le acarició el rostro con las palmas de las manos y le susurró suavemente: «Eres mi rosa».
No había palabras para describir las décadas robadas: los cumpleaños perdidos, el crecimiento que nunca vio, la vida que pasó sin él.
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