

Recientemente hice un nuevo experimento. Le di la misma instrucción a dos herramientas de inteligencia artificial diferentes. Les pedí que organizaran un contenido formativo sobre tecnologías, violencias y poder desde una perspectiva afrofeminista. Una instrucción sencilla. Organiza esta información en un documento.Una de las herramientas hizo exactamente lo que le pedí. Organizó el contenido, respetó la estructura, respetó la voz, entregó el resultado.
La otra hizo otra cosa. En lugar de ejecutar lo que le pedí, decidió que mi contenido necesitaba ser mejorado. Reestructuró mi material. Añadió advertencias que nadie le pidió. Citó un meta-análisis del Departamento de Educación de Estados Unidos para respaldar decisiones pedagógicas que yo ya había tomado, como si mi propuesta necesitara ser validada por una institución académica occidental para ser tomada en serio. Y habló de mí en tercera persona, como si yo fuera el objeto de un informe y no la autora del contenido.
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