El Sudamericano 10/03/26
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LEER Y DESCARGAR: SANGRE EN MI OJO – George Jackson
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El libro n.° 330 de nuestra Colección Socialismo y Libertad
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GEORGE JACKSON Y LOS GUERRILLEROS NEGROS
Estudio preliminar
PREFACIO a la Primera Edición
1.– SANGRE EN MI OJO
1.1. Carta a un camarada
1.2. El esclavo y la revolución
2.– LA MENTALIDAD AMERIKANA
3.– LA JUSTICIA AMERIKANA
3.1. Por el Frente Único
4.– DESPUÉS DEL FALLIDO INTENTO DE REVOLUCIÓN
4.1 Sobre la retirada
5.– FASCISMO
5.1. Clases en guerra
6.– EL CONTRATO OPRESIVO
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PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN EN CASTELLANO1
«Ametralladora en mano, fue libre por un instante.»2
Estas son palabras de George Jackson dedicadas a su hermano Jonathan asesinado en junio de 1970, pero el mismo George fue muerto a tiros en la prisión de San Quentin el 21 de agosto de 1971. En aquellos años, la dictadura franquista reprimía las ansias de libertad nacional y de clase de Euskal Herria y en especial a las y los militantes de la organización Euskadi Ta Askatasuna (ETA). Sus prisioneros empezaban a llenar las cárceles y aumentaba la lista de exiliados, superando ampliamente a los de otros partidos y organizaciones.
Las palabras de George Jackson dedicadas a su hermano tienen una carga conceptual que sintetiza siglos de resistencia humana contra la explotación y por ello son un concentrado teórico perfecto también en el plano ético y filosófico profundo: ¿qué es libertad y qué relación tiene con las armas? ¿Y con la guerra? En Euskal Herria se hablaba y se practicaba sobre armas, libertad y guerra desde hacía tiempo, y sin recurrir a artículos, documentos y libros clandestinos, sí tenemos como referente aquél excelente texto colectivo Euskadi Guduan de 1987. Ahora bien, otras preguntas obligadas son ¿de qué guerra se trata? ¿De qué libertad hablamos: la del opresor o la de los y las oprimidas? Yendo al núcleo del problema, debemos recurrir primero por orden cronológico a Lenin: «Una clase oprimida que no aspirase a aprender el manejo de las armas, a tener armas, esa clase oprimida sólo merecería que se la tratara como a los esclavos.»3.
Después a Mao:
«Es necesario que cada soldado, cada ciudadano, comprenda para qué es preciso combatir, qué relación tiene la guerra con él personalmente. El objetivo político de la Guerra Antijaponesa es la expulsión de los imperialistas japoneses y la creación de una nueva China en libertad e igualdad […] la sola explicación del objetivo de la guerra no es suficiente; es preciso también explicar las medidas y la política encaminadas al logro de este objetivo. Y esto significa que es necesario un programa político […] ¿cómo efectuar pues la movilización? A través de las intervenciones orales, octavillas y edictos, periódicos, folletos y libros, teatro y cine, la escuela, las organizaciones populares de masas y los cuadros. […] no es suficiente la movilización de una sola vez […] debe llevarse permanentemente. Nuestra tarea no consiste en recitar al pueblo el programa político, pues tal recitación nadie quiere escucharla. La movilización política es preciso ligarla a la marcha de la guerra, a la vida de los soldados y del pueblo sencillo, es preciso convertirla en una campaña permanente»4.
Por último, debemos recurrir a Alfonso Sastre: «se llama terrorismo a la guerra de los débiles, y guerra –y hasta “guerra limpia”– al terrorismo de los fuertes.»5.
Desde la implosión de la URSS se incrementa el número de violencias y guerras de diversas intensidades que proliferan por el mundo. La tercera Gran Depresión iniciada en 2007 no ha hecho sino aumentar las contradicciones capitalistas que avivan las guerras y los fascismos. Como veremos en el libro que aquí prologo, la militancia de Panteras Negras en voz de George Jackson, era consciente de que el imperialismo yanqui se acercaba a una severa crisis que agravaría y aceleraría el desarrollo del fascismo.
Su actualidad, por tanto, es triple: una, porque nos explica con rigor admirable lo que entonces ocurría; otra, porque esa explicación nos hace recordar la «guerra vasca», la naturaleza científicamente inhumana de las cárceles de exterminio, los crímenes policiales, la función de la burocracia judicial y de la prensa, etc.; y por último, porque es una base histórica imprescindible para entender la brutalidad imperialista presente.
Sólo no queda agradecer al colectivo El Sudamericano que haya publicado onlíne por primera vez en lengua española el libro de George Jackson Sangre en mi ojo.6
La dialéctica entre arma y libertad es tan antigua como la supervivencia humana, de hecho la antropogenia es inseparable de ella: las primeras herramientas eran polivalentes, para la defensa, el ataque, la recolección y las tareas necesarias, el desollamiento de animales, etc. Carecemos de datos fehacientes para hablar con seguridad sobre las primeras violencias en el Paleolítico inferior, sólo podemos imaginar los ataques necesarios para aplastar cráneos y huesos, para exterminar grupos humanos y para apresar seres humanos que serían canibalizados.
Sí podemos hacernos una idea cada vez más precisa de la evolución que va de las sociedades sin Estado a los Estados tributarios pasando por las sociedades igualitarias, de rango y estratificadas en clases sociales antagónicas7. El proceso que va de las violencias paleolíticas a la «guerra antigua», así como el movimiento de la dialéctica entre las libertades y las armas, está determinado por el lento desarrollo de las formas de propiedad privada que van destrozando a las formas de propiedad comunal, o del comunismo originario.
Y. Garland nos da esta explicación de las formas de «guerra antigua» anterior al desarrollo de los primeros Estados tributarios:
«La guerra toma el aspecto de una razzia en los límites territoriales o de una operación de piratería marítima, terminadas ambas con la consecución del botín […] De modo que todo transcurre como si existiera un acuerdo tácito que circunscribía los actos de hostilidad dentro de unos límites distintos de las comunidades políticas; al decir de los viajeros antiguos, muchos pueblos africanos, americanos o de Oceanía, vivían en un estado de microguerra o de pseudopaz, robándose los bueyes, organizando sangrientas emboscadas y secuestrándose mujeres mutuamente, pero sin encontrar nunca motivos para un enfrentamiento total»8. Otras investigaciones llegan a la misma conclusión sobre la pseudopaz: podemos decir que las «sociedades primitivas estaban permanentemente en guerra y permanentemente en paz»9.
Un estado permanente de «guerra sin guerra y paz sin paz» genera un clima ideológico sobre la simbología de las armas que el historiador F. Gracia Alonso define así en su libro sobre la Protohistoria:
«Debemos recordar que entonces el valor social de las armas radicaba en que eran el «símbolo de la libertad y la independencia como individuo y como integrante del grupo»10. Es decir, cada grupo humano comprendía desde y para sus específicos intereses colectivos la dialéctica entre libertad, armas y guerras, dialéctica en la que la unidad y lucha de contrarios operaba de manera cruda y despiadada: secuestrar mujeres, por ejemplo, la primera forma histórica de esclavitud para maximizar su explotación como «simple instrumento de producción»11.
Estas son palabras atribuidas a Gengis-Khan:
«El mayor placer es el de vencer al enemigo, expulsarle, sustraerle sus bienes, ver bañados en lágrimas a los seres que le son queridos, montar sus caballos, apretar en vuestros propios brazos a sus mujeres y sus hijas»12.
Aunque son palabras del siglo XIII, resumen la continuidad histórica de la primera forma de esclavitud: La esclavitud fue creciendo a la par de la propiedad privada, es decir de la formación de los primeros Estados en los que la explotación, la pobreza y el hambre golpeaban a las clases desposeídas. Las clases dominantes y propietarias empezaron a prohibir el uso de armas a las clases y pueblos esclavizados, empezando por las mujeres. Autores sostienen que:
«La guerra se trata frecuentemente como una forma de caza, dentro de lo cual las incursiones para conseguir ganado o mujeres, o simplemente por el placer del combate, conforman el tipo más común de la guerra tribal; tampoco son desconocidas las prácticas de conquista o exterminio de tribus enemigas […] Sin embargo, a partir del año 9000 a.C., con la aparición de los estados agrícolas sedentarios, la guerra cambió de forma, con estados jerárquicos y disciplinados que alumbraron ejércitos igualmente disciplinados y jerárquicos. Por otra parte, la posesión de territorios permanentes que defender o conquistar conllevó la necesidad de batallas a mayor escala en las que el ejército derrotado era destruido para asegurar el dominio del territorio en disputa»13.
Avanzando del -9000 al -2550, el historiador Nick Sekunda nos aclara algo que tiene todo que ver con la dialéctica entre la libertad y la guerra, las armas, en el imperio persa:
«La mayoría de las naciones del imperio hacía tiempo que habían dejado de proporcionar instrucción militar a sus jóvenes, de acuerdo con la política persa. Tras la conquista de Lidia, por ejemplo, se anuló cualquier tipo de instrucción militar, y en muy poco tiempo los lidios perdieron todo espíritu de revuelta. Incluso en el caso de querer resistir al imperio no hubieran sabido cómo hacerlo. Así pues, la mayoría de los mercenarios tendían a reclutarse de naciones que todavía permanecían “libres”. En la antigüedad esta palabra se podía usar casi como sinónimo de cualquier sociedad que proporcionara alguna forma de instrucción militar organizada a su juventud»14
Por la misma época, los esclavos tenían prohibido el empleo de armas para impedir sus posibles resistencias. Los amos recurrían a toda serie de tácticas y trampas para descubrir sus planes y aplastarlos cuanto antes. Tucídides detalla cómo los espartanos se adelantaron a la práctica de las desapariciones forzadas tan apreciada por los ejércitos reaccionarios actuales: lo amos prometían a los esclavos que si abandonaban la clandestinidad para organizarse y aceptaban su situación, serían premiados; unos dos mil creyeron la promesa, siendo agasajados en una fiesta «como si fueran hombres liberados; pero poco después los espartanos los hicieron desaparecer y nadie sabe cómo murió cada uno de ellos»15. Las clases y naciones explotadas, esclavizadas, no tenían ni tienen derecho a sus propias armas, las que pueden asegurar su libertad y si se arman y preparan en la clandestinidad para sublevarse, entonces son aplastadas sin piedad.
El historiador F. Gracia Alonso es de la misma opinión que Sekunda y corrobora la idea básica de Tucídides:
«Las sociedades antiguas conocían a la perfección el «valor social» de las armas y por eso imponían el desarme físico y mental a los pueblos vencidos: como hicieron los romanos en las guerras contra los pueblos de la península ibérica bien con amenazas bien directamente cortando las manos a los jóvenes con capacidad de empuñarlas. De este modo Roma logró el «desmembramiento del sistema político ibérico en el noroeste» de la península.»16.
Persia, Grecia y Roma eran potencias explotadoras, crueles y exterminadoras de los pueblos que no se dejaban dominar. Los crímenes de Roma son incalculables como lo son los millones de muertos que causaron con sus legiones que también desmembraron el sistema político y social de buena parte de la Galia, por citar otro ejemplo. La cultura romana asumía que ‘Quoi servi, tot hostes’ («Todos los esclavos son enemigos»)17 porque la experiencia de siglos de esclavismo mediterráneo y asiático occidental así lo confirmaba, y también les enseñaba que no hay que dejar que el enemigo se arme.
Aquí debemos detenernos un instante en otra cuestión que aparece frecuentemente en el libro de George Jackson y es esencial para comprender la continuidad de las luchas contra la explotación a pesar de los siglos que puedan separarles: Marx admiraba a Espartaco18, principal dirigente de la rebelión esclava en la Roma del -71. Toda lucha radical, armada, en pos de la libertad genera simpatías entre los y las oprimidas que pueden durar siglos y que refuerzan la conciencia y la memoria de la libertad.
Los siglos posteriores a la caída de Roma también confirman y agravan la verdad de que todos los esclavos son enemigos, al mismo tiempo confirma que las clases explotadas, el campesinado y el artesanado, los pueblos hasta entonces libres y sobre todo los mal llamados ‘bárbaros’, son enemigos. Más aún, las naciones que quieren independizarse son enemigas del Estado que les ocupa y oprime nacionalmente. Estos pueblos que anhelan su independencia, como Suiza a finales del siglo XV, debieron armarse por su cuenta para derrotar al ocupante. Maquiavelo lo certificó diciendo que «Los suizos son muy libres porque disponen de armas propias»19.
Pero ya desde el final de la Edad Media comenzó una estrategia sostenida hasta el siglo XXI para imponer la «pacificación» de las violencias cotidianas, sexuales, etc., de la juventud masculina poniéndolas al servicio del Estado. R. Muchembled20 ha analizado esta estrategia pero sin tocar para nada las contradicciones sociales entre opresores y oprimidos, sin hacer ninguna referencia a las contradicciones socioeconómicas, políticas, nacionales e internacionales que determinan el uso de la violencia defensiva y justa frente a la violencia injusta y opresora.
Libertad y armas, he aquí la dialéctica que estamos exponiendo muy brevemente desde el principio siguiendo las palabras de George Jackson. Pero queremos acabar este Prólogo haciendo honor a la lucha de las poblaciones africanas esclavizadas por europeos para seguir la lógica de Lenin de quien no aprende a defenderse merece ser esclavizado. La primera referencia constatada en español sobre una resistencia de esclavos que hemos encontrado, se refiere al motín de 235 mujeres, hombres y niños africanos al desembarcar el 8 de agosto de 1444 en el puerto de Lagos, Portugal. Era el primer barco negrero que llegaba a Europa, según un testigo:
«Cuando los niños asignados a un grupo veían a sus padres en otro distinto, daban un salto y salían corriendo hacia ellos; las madres estrechaban a sus hijos en los brazos y se tendían sobre el suelo, aceptando las heridas con desprecio del padecimiento de sus carnes con tal de que sus niños no les fueran arrebatados»21.
Los primeros esclavos negros fueron introducidos Nuestramérica en 1511 y su primera sublevación reportada por escrito, es decir, constatada oficialmente, estalló en 1533 y en 1538 se dio otra sublevación en unión con indios cubanos y yucatecos, al igual que otras acaecidas en aquella época22. Allí donde pudieron conservar mal que bien sus referentes africanos comunes los esclavos crearon instituciones de autodefensa pacífica y festiva, no violenta, que se movían en el espacio incierto e inseguro del consentimiento blanco, siempre precavido y vigilante. Los amos no tuvieron más remedio que dar forma legal a esas autoorganizaciones para intentar desintegrar las resistencias pasivas y someter a los esclavos a las nuevas ordenanzas. Eran los Cabildos o Cofradías de comienzos de 1568.
Pero la habilidad de los esclavos bien pronto superó esta trampa mediante lo que Diana V. Picotti ha definido como «confraternización horizontal y subterránea» que fue superando las diferencias étnicas, culturales y religiosas, y crearon un sincretismo religioso y cultural23, una nueva identidad fuera de los controles y vigilancias de los amos. Frente a esto, la Corona española decidió a finales del siglo XVII marcar un sello oficial –marca de carimbo–, que se gravaba a fuego en la frente o espalda del esclavo a partir de los seis años de edad. Es cierto que el marcaje con hierro candente se hacía desde el inicio mismo de la trata de esclavos, pero desde la fecha citada la Corona oficializó esa brutalidad que no pudo contener ni las trampas de los esclavistas ni las resistencias de los esclavos24.
Pero cuando los métodos pacíficos no eran efectivos, surgían los métodos violentos, al menos así eran denominados por los esclavistas, sobre todo entre 1790 y 1845 como ha estudiado Gloria García25. G. La Rosa ha descrito la verdadera guerra de guerrillas de los esclavos organizados en palenques, en grupos relativamente reducidos de entre 20 y 50 hombres, casi nunca más, ante el que fracasaban reiteradamente las operaciones represivas llevadas a cabo por fuerzas especialmente preparadas. Alrededor de 1875 estas fuerzas especiales sólo pudieron certificar como destruidos el 17% de palenques entonces descubiertos y señalados, lo que muestra que la resistencia de los palenques fue lo suficientemente fuerte y eficaz como para vencer en el 83% de los enfrentamientos; y que existían otros palenques no localizados26.
Los esclavos libres sabían del colaboracionismo de otros esclavos, no de todos, y sobre todo del papel directamente represor de algunos libertos que participaban en las ofensivas militares contra los palenques a cambio de un sueldo27. Cuando los esclavos libres atacaban las haciendas no dudaban en provocar a los «esclavos obedientes»28, pero también tenían relaciones secretas con otros esclavos y con los libertos para organizar sublevaciones. Pero muchas eran descubiertas por los amos gracias a alguna delación, como fue el caso del intento de agosto de 1837 en la hacienda Ojo de Agua del partido de Tiguabos29.
Hemos querido terminar con este Prólogo recordando una pequeña pero ilustrativa parte de la larga historia de resistencia contra la explotación esclavista sostenida desde 1533 aunque es muy probable que hubiera habido otras en los 22 años previos aunque no se conserven documentos que lo atestigüen. Lo hemos hecho para demostrar la continuidad entre aquellas luchas por la libertad y las actuales, y para mostrar también la valía y la actualidad del libro que prologamos.
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NOTAS:
1 Prólogo y Estudio preliminar a la edición en castellano escrito por Iñaki Gil de San Vicente
2 George Jackson. Sangre en mi ojo. Colección Socialismo y Libertad. Nº 330. 2026, p. 9.
3 Lenin: El programa militar de la revolución proletaria. 1916, marxist.org
4 Mao: «Sobre la guerra prolongada». Temas militares. Akal, Madrid. 1976, pp.146-147. Véase Mao Zedong: La Guerra Popular Prolongada, Libro n.º 162. Colección Socialismo y Libertad.
5 Alfonso Sastre: Los intelectuales y la utopía. Debate. Madrid. 2002, p. 39.
6 Colección Socialismo y Libertad. Libro Nº 330. Marzo de 2026
7 Rodrigo Villalobos: Hoces de piedra, martillos de bronce. Ático de los libros, Barcelona 2025, pp. 39-57.
8 Yvon Garlan: La Guerra en la Antigüedad. Aldebarán, Madrid 2003, p. 18.
9 Antonio Martínez Teixidó (Dir.): Enciclopedia del Arte de la Guerra. Planeta. Barcelona 2001, p. 12.
10 F. Gracia Alonso: La guerra en la Protohistoria, Ariel, Barcelona 2003, p. 150.
11 K. Marx y F. Engels: Manifiesto del Partido Comunista. Obras Escogidas. Progreso. Moscú 1976. Tomo I, p. 126.
12 Emile Wanty: La Historia de la Humanidad a través de la guerra. Alfaguara. Madrid 1972. Tomo I. p. 69.
13 AA.VV: Técnicas bélicas del Mundo Antiguo 3000 a.C-500 d.C. Libsa. Madrid 2006. Págs.: 8-9.
14 Nick Sekunda: El ejército persa 560-330 A. C. Ediciones del Prado. Ejércitos y Batallas Nº 38. Madrid, 1994, p. 23.
15 Tucídides: Historia de la guerra del Peloponeso. AKAL. Madrid, 1988, p. 310.
16 F. Gracia Alonso: «Santuarios guerreros en la Protohistoria europea», Desperta Ferro, Madrid, 2011, Nº 9, pp. 10-15.
17 K. Hopkins: Conquistadores y esclavos, Península, Barcelona 1981, p. 148.
18 Jean Elleinstein: Marx, su vida, su obra. Argos Vergara. Barcelona 1985, p. 285.
19 Maquiavelo: El Príncipe, Mexicanos Unidos, México, 1979, pp. 105-117.
20 R. Muchembled: Una historia de la violencia, Paidós, Madrid 2010, pp. 367-373.
21 Anthony Pagden: Pueblos e imperios. Mondadori, Barcelona 2002, pp. 131-132.
22 Rafael L. López Valdés: Componentes africanos en el etnos cubano. Ed. Ciencias Sociales. La Habana. 1985, pp. 19-21.
23 D. V. Picotti: La presencia africana en nuestra identidad. Ediciones del Sol. Bs. As. 1998, p. 56.
24 O. Portuondo Zúñiga: Entre esclavos y libres en Cuba Colonial: Oriente. Santiago de Cuba. 2003. pp, 35 y ss
25 Gloria García: Conspiraciones y revueltas Editorial de Oriente. Cuba, 2003.
26 G. La Rosa Corzo: «Los palenques en Cuba: Elementos para su reconstrucción histórica». La esclavitud en Cuba. AC de Cuba. La Habana 1986., pp. 86-123.
27 O. Portuondo Zúñiga: Entre esclavos y libres en Cuba Colonial. p. 159.
28 Ibid, p. 170.
29 Ibid, p. 172.
