Una mirada a la filosofía de W. Benjamin a través de…

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UNA MIRADA A LA FILOSOFÍA DE WALTER BENJAMIN A TRAVÉS DE SUS TESIS SOBRE LA HISTORIA por Abentofail Pérez

Abentofail Pérez es Maestro en Filosofía por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales. | cemees.org

Febrero 2021

Conocer y desmenuzar el pensamiento de Walter Benjamin a través de sus Tesis sobre la Historia es una tarea que, desde su publicación en 1942, después de dos años de haber muerto el autor, ha ocupado un lugar predominante en el tintero de historiadores y filósofos, principalmente de formación marxista. Existen, por lo tanto, una gran cantidad de interpretaciones sobre el trabajo de Benjamin en general, y sobre la Tesis en concreto. El presente trabajo no pretende adentrarse en esta enmarañada polémica sobre la obra del filósofo alemán. El objetivo se reduce a realizar una interpretación general de su pensamiento a través de sus tesis, sin desmenuzarlas individualmente, dada la falta de espacio.

Las tesis podrán entenderse, a mi juicio, concatenando el análisis de los tres conceptos rectores: filosofía, historia y política. Conceptos que, a su vez, serán determinados no solo por el pensamiento del autor, sino por las condiciones objetivas, reales y concretas en las que surge la obra. Este último factor es determinante en varios sentidos, principalmente por la importancia, en ocasiones desmedida, que le han dado los intérpretes a las condiciones en las que Benjamin escribe sus Tesis.

La obra se escribe en los albores de la Segunda Guerra Mundial (1939-1940), época en la que el fascismo y el nazismo pretendían imponerse a través de las armas como forma política e ideológica hegemónica. Los conflictos sociales influyeron, sin lugar a dudas, en la visión sui generis del autor, pero no fueron los únicos. La formación intelectual y académica de Benjamin venía cargada ya, antes siquiera de adentrarse en el marxismo, de romanticismo y teología. Benjamin, a pesar de su ascendencia judía, no fue educado ortodoxamente en el sionismo. Sus primeros pasos en el mundo académico se observan contradictorios si se considera el tema de tesis que eligió para titularse de la Escuela de Frankfurt:  El drama barroco alemán; sin embargo, no fue aceptada. Su vida académica termina con esta publicación, dando inicio a su vez a su formación teórico-política.

La influencia de la Escuela de Fráncfort no fue determinante, a diferencia de los más celebérrimos filósofos de la Teoría Crítica. Si bien es cierto que George Lukács marcó con su Historia y conciencia de clase al autor, y que tanto Theodor W. Adorno como Max Horkheimer, entre otros, fueron influencias importantes en el pensamiento y la vida de Benjamin, su formación teórica no puede observarse solo dentro de los cánones de una escuela en particular, ni siquiera dentro del marxismo. La vitalidad de su trabajo reside precisamente en lo novedoso de su visión, en el rompimiento con las viejas estructuras y en el compromiso político que a lo largo de su vida fue construyendo en contra del capitalismo, que había por entonces parido una nueva engendro, el fascismo, más aborrecible y despreciable que su propia madre. La clara visión de Benjamin al identificar la raíz del fascismo y sus diversas manifestaciones se dilucida más claramente en palabras de uno de sus más entrañables amigos, Bertolt Brecht, en Las cinco dificultades para decir la verdad de 1934:

“Entonces, ¿de qué sirve decir la verdad sobre el fascismo —que se condena— si no se dice nada contra el capitalismo que lo origina? Una verdad de este género no reporta ninguna utilidad práctica. Estar contra el fascismo sin estar contra el capitalismo, rebelarse contra la barbarie que nace de la barbarie, equivale a reclamar una parte del ternero y oponerse a sacrificarlo”[1]

Sin embargo, antes todavía de la consolidación del fascismo, Benjamin había construido ya un andamiaje teórico que alcanzaría su cúspide con la influencia en él del materialismo histórico. La pretendida visión de dividir a Benjamin, tal como se pretende hacer con Marx, en el joven Benjamin, idealista y romántico, con el viejo Benjamin, marxista crítico, es desatinada. Su evolución no está marcada por rompimientos fatales, sino por continuaciones que lo acercan cada vez más a la construcción de una visión única. La teología, de la que surge la idea del mesianismo, aparecerá durante este largo proceso formativo y jugará un papel crucial en su visión de la historia. En este sentido, y porque no es objeto de este trabajo adentrarse en esta evolución del pensamiento del autor de las Tesis sobre la Historia, pasamos al contexto en el que nace la obra

Como se aduce líneas atrás, la elaboración de Tesis sobre la Historia Sobre el concepto de Historia como las tituló Adorno, se da en el contexto de una guerra imperialista entre las naciones fascistas, a cuya cabeza se encontraba el nazismo alemán, la consolidación del cual había quedado inconclusa después de la Gran guerra de 1914-1918. Walter Benjamin se ve obligado, tanto por su condición judía como por su compromiso ideológico con el comunismo, a emigrar de Alemania, encontrando refugio en Francia, país que posteriormente lo apresaría durante el gobierno de Vichy, con las intenciones de entregarlo a la Gestapo. Escapa de una muerte segura varias veces y planea finalmente su salida definitiva de Europa en 1940, año en el que al pretender cruzar España y es apresado por el gobierno franquista, viéndose orillado a quitarse la vida. Más que un elemento anecdótico es relevante considerar este proceso de resistencia y exilio por la influencia que haya podido tener en su obra.

A mi juicio, y por no extender más este apartado, la visión de Benjamin en su última obra no puede ser leída como el lamento de un condenado a muerte, como el último grito desesperanzado de un hombre atormentado, sino todo lo contrario. Las Tesis sobre la Historia revelan la visión de un hombre que supo entender su época y buscó una salida a la fatalidad que años antes ya preveía. Su pesimismo era un pesimismo cargado de redención, era una manera de pensar la historia y la vida no desde otra perspectiva, misma que no dejaría de surgir sobre las condiciones del ser y el pensamiento burgueses, sino desde una estructura conceptual distinta, teñida por la visión de los olvidados de la historia. La tarea estribaba, repitiendo a César Vallejo, en “suscitar no ya nuevos tonos políticos en la vida, sino nuevas cuerdas para esos tonos”. Pensar que la obra de Benjamin, cuya actualidad es innegable, es nada más que la creación postrera de un condenado equivale a arrebatarle todo su contenido, es cuestionar el sentido mismo de la vida de su autor, vida que, sin lugar a dudas, no terminaba en él, sino en la redención de toda una clase, esa clase a la que pretende orientar hacia la liberación y la salvación antes de que sea devorada por el caos.

Adentrándonos ya de lleno en las Tesis sobre la Historia es preciso reconocer, antes que nada, los tres componentes conceptuales que construyen la visión de Benjamin: la Historia, la Filosofía y la Política. La síntesis que de ellos surge puede entenderse como el materialismo histórico. Sin embargo, habrá que precisar, en su momento, las características de la interpretación particular que hace Benjamin de él.

La filosofía de la historia se presenta en las tesis como el materialismo histórico, pero éste no surge en Benjamin de la ortodoxia marxista en boga hasta el momento. No se vislumbra en él la idea de un proceso cíclico continuo que avance a través de revoluciones siempre hacia delante. Pone a su servicio a la teología, idea que ha causado controversia sobre la pretendida visión religiosa que, en algunos casos, como el de Gershom Scholem, amigo íntimo de Benjamin, buscan imponer y absolutizar. El judaísmo y el mesianismo al que se refiere Benjamin extrae de la teología el elemento redentor y, como expone en su primera tesis, no aparece como aliado, mucho menos como autoridad sobre el materialismo histórico, sino como siervo, poniendo a su servicio la idea de salvación, noción que en Benjamin se lee como idea de redención.

“En la filosofía, uno puede imaginar un equivalente de ese mecanismo; está hecho para que venza siempre el muñeco que conocemos como `materialismo histórico´. Puede competir sin más con cualquiera siempre que ponga a su servicio a la teología, la misma que hoy, como se sabe, además de ser pequeña y fea, no debe dejarse ver por nadie”[2]

Rescata como uno de estos servicios, precisamente, la visión de una revolución que pueda surgir en cualquier momento y circunstancia. El “tiempo del ahora”, el “tiempo mesiánico”, destruye la errónea interpretación del marxismo desarrollada por la socialdemocracia según la cual es preciso esperar a que el “momento revolucionario” se presente por sí mismo, esperando a que las circunstancias maduren y le otorguen la posibilidad. Benjamin ve en el mesianismo la posibilidad de que la revolución se presente en cualquier momento, de que la clase trabajadora ocupe el lugar del Mesías y redima no solo a su clase, sino a la humanidad entera. Hacer la Revolución no consiste solo en entender el momento y la realidad que de este momento surja, lista para ser transformada por el proletariado, consiste también en despojarse de la idea del tiempo que el capitalismo ha creado; el tiempo solo en su acepción cuantitativa, visto desde la necesidad productiva del capitalismo para el que “el tiempo es oro” y nada más. La idea de Benjamin, cobijada por el mesianismo, es distinta y la tesis de XVIII es suficientemente esclarecedora al respecto:

“En la idea de la sociedad sin clases, Marx secularizó la idea del tiempo mesiánico. Y es bueno que haya sido así. La desgracia empieza cuando la socialdemocracia eleva esta idea a `ideal´. El ideal fue definido en la doctrina neokantiana como una `tarea infinita´. Una vez definida la sociedad sin clases como tarea infinita, el tiempo vacío y homogéneo se transformó, por decirlo así, en una antesala en la que se podía esperar con más o menos serenidad el advenimiento de la situación revolucionaria. En realidad no hay un instante que no traiga consigo su oportunidad revolucionaria –sólo que ésta tiene que ser definida en su singularidad específica, esto es, como la oportunidad de una solución completamente nueva ante una tarea completamente nueva–”.[3]

La tesis XIX culmina con esta idea:

“´El tiempo del ahora, que como modelo del tiempo mesiánico resume en una prodigiosa abreviatura la historia entera de la humanidad, coincide exactamente con esa figura que representa la historia de la humanidad dentro del universo”.[4]

Benjamin toma de la teología la herramienta para hacer resurgir la revolución de Marx. No contradice la idea de Marx, sino la idea que la socialdemocracia ha difundido de ella. Reelabora la noción de transformación como forma última del progreso capitalista a la que solo es preciso esperar. En este sentido recupera correctamente el aspecto subjetivo que Lenin observó al poner en práctica la Gran Revolución. La posibilidad de la revolución puede surgir en cualquier momento y es preciso, si no están dadas las condiciones, crearlas. La posibilidad revolucionaria puede aparecer en cualquier momento, tal y como sucede en el judaísmo: “cada segundo era la pequeña puerta por la que podía pasar el Mesías”[5]

Este servicio de la teología es fundamental en la obra de Benjamin, pero no es su parte esencial. El materialismo histórico sigue siendo el autómata que mueve las piezas, y la lucha de clases continúa fungiendo como el motor de la historia. Lo único que cambia de la visión ortodoxa del marxismo es el concepto de revolución. Ya no es ésta el acelerador del proceso que le permitirá al hombre acercarse al momento revolucionario en el que el proletariado se redimirá; es, por el contrario, el freno de mano que evitará que la marcha de la humanidad continúe su camino hacia el caos y la destrucción. Deja de ser así el impulso de la historia y se convierte en el rompimiento; un rompimiento que devendrá en el inicio de la historia humana, tal y como lo concebía Marx.

Ahora bien, el tema central de las tesis, el concepto de Historia, se construye precisamente a partir de la visión marxista de la misma. Benjamin establece la lucha de clases como el eje central de su análisis y es de éste del que devienen todas sus observaciones. La tesis IX sintetiza su visión particular, y para ello hace uso del cuadro de Klee titulado Angelus Novus como alegoría de ésta:

“Se ve un ángel, al parecer en el momento de alejarse de algo sobre lo cual clava la mirada. Tiene ojos desorbitados, la boca abierta y las alas tendidas. El ángel de la historia debe tener ese aspecto. Su rostro está vuelto hacia el pasado. En lo que para nosotros aparece como una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única, que arroja a sus pies ruina sobre ruina, amontonándolas sin cesar. El ángel quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destruido. Pero un huracán sopla desde el paraíso y se arremolina en sus alas, y es tan fuerte que el ángel ya no puede plegarlas. Este huracán lo arrastra irresistiblemente hacia el futuro, al cual vuelve las espaldas, mientras el cúmulo de ruinas crece ante él hasta el cielo. Este huracán es lo que nosotros llamamos progreso”[6].

El ángel de la historia representa la visión que de la historia tiene el materialismo histórico. Sus fundamentos se encuentran en el pasado y es en él en el que el hombre debe buscar la fuerza redentora. Este pasado no está, sin embargo, articulado como el historiador historicista lo presenta. Para Benjamin el pasado está vivo en el presente, y si pretendemos transformar el presente, es preciso hacerlo desde el pasado. Los hombres del “tiempo del ahora” tienen un compromiso con los muertos del ayer. Reconocerse implica entenderse como productos de una historia que ya no es en forma pero se mantiene viva en contenido. El ángel de la historia tiene por ello puesto sus ojos en las ruinas que sobre su visión se levantan. En este sentido, en el entenderse como continuidad y no como mónada, permite que podamos entender nuestro ser y transformarlo. Es de estas ruinas de las que el hombre debe extraer su razón de ser y redimir, al mismo tiempo, su historia y la de todos sus antepasados. Coincide, a mi juicio, y de manera muy clara, la visión de la historia de Benjamin con la planteada por Marx en El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte:

“Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando estos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal.”[7]

Esta visión del pasado que Benjamin comparte con Marx, encierra, a su vez, una visión del futuro distinta a la concebida por el historicista. Si el pasado es el terreno en el que debe buscar el hombre la explicación de su realidad, es precisamente porque está a su alcance, porque es cognoscible. Por su parte, el futuro como tal no existe, nunca ha existido y centrar sus esperanzas en él no solo es ignorar el presente, es también fundamentar la redención en la nada. Benjamin censura la visión hegeliana de la historia en la que el espíritu universal avanza utilizando a los hombres y a los héroes para realizarse, también descarta la pretensión neokantiana de la “tarea infinita” adoptada por la socialdemocracia como el “ideal” que representa la revolución. Para él la historia del hombre tiene su fuerza motriz en el pasado sencillamente porque es de él del que la clase redentora obtendrá la fuerza, la rabia, el enojo y la razón de su reivindicación. El futuro no existe para ella, deberá construirlo con las ruinas que el ángel de la historia ve acumularse frente a él. Por ello se opone Benjamin a la idea del progreso, ese viento que arrastra hacia delante al ángel y que no le permite detenerse.

La idea del progreso surge precisamente de la visión historicista-positivista de la historia y, en última instancia, de la visión que la burguesía ha construido del desarrollo humano y que erróneamente ha hecho suya la socialdemocracia y el marxismo vulgar. No es cierto que el devenir humano sea una marcha siempre hacia adelante, “en espiral o en línea recta”, esta marcha hacia delante solo corresponde a la burguesía y son sus intereses los que avanzan, no los del proletariado. El progreso en la industria, la producción y el trabajo en nada han beneficiado a los trabajadores, todo lo contrario, entre más se desarrolla la industria más se enajena el trabajador.

“Esta concepción del marxismo vulgar sobre lo que es el trabajo no se detiene demasiado en la cuestión acerca del efecto que el producto del trabajo ejerce sobre los trabajadores cuando éstos no pueden disponer de él. Sólo está dispuesta a percibir los progresos del dominio sobre la naturaleza, no los retrocesos de la sociedad”[8]

El progreso, si existe, no es el progreso de la clase trabajadora, no es el progreso de los oprimidos. Existe solo para aquellos que poseen los medios de producción y que no son víctimas de los efectos enajenantes y destructivos de estos. Y, sin embargo, también para ellos la idea de progreso está en entredicho, considerando, como lo vio Benjamin, que en la disputa del dominio del trabajo y la naturaleza surgen aberraciones catastróficas como el fascismo, antesala del caos al que el capitalismo conduce a la humanidad. Al respecto Benjamin es suficientemente claro al poner de manifiesto que el fascismo no es ningún estado de excepción, no es una nota discordante de la tonada general, es una consecuencia necesaria del capitalismo mismo y hacia ella conduce, a un nivel mucho mayor, a la humanidad entera.

El historiador educado en el materialismo histórico, como se considera Benjamin, debe repensar la historia en su totalidad. Es preciso reconocer al verdadero actor que se encuentra escondido tras bambalinas. Al que forja la historia con sus manos y que debe, sin embargo, inclinarse ante los ídolos que sobre él han impuesto.

“El sujeto del conocimiento histórico es la clase oprimida misma, cuando combate. En Marx aparece como la última clase esclavizada, como la clase vengadora que lleva a su fin la obra de la liberación en nombre de tantas generaciones de vencidos”[9]

Si el historiador historicista, aquél que escribe la historia de los vencedores, empatiza con ellos, el historiador marxista deberá escribir la historia de los olvidados, y no solo por empatía, sino precisamente porque son ellos, los oprimidos, quienes hacen la historia. El sujeto histórico es, paradójicamente, un sujeto sin historia. Los vestigios y los altares construidos que adora y venera, no le pertenecen, son de sus enemigos, pero él no lo sabe. Por ello, para Benjamin como para Marx, todos los documentos y “bienes culturales” son testimonios de barbarie, son las ruinas que contempla el ángel y que el hombre del presente concentrado en el futuro no ve sino como testimonios de progreso.

“Todos aquellos que se hicieron de la victoria hasta nuestros días marchan en el cortejo triunfal de los dominadores de hoy, que avanza por encima de que aquellos que hoy yacen en el suelo. Y como ha sido siempre la costumbre, el botín de guerra es conducido también en el cortejo triunfal… Porque todos los bienes culturales que abarca su mirada, sin excepción, tienen para él una procedencia en la que no puede pensar sino con horror… No hay documento de cultura que no sea a la vez un documento de barbarie”[10]

La tarea del materialista histórico reside precisamente en “cepillar la historia a contrapelo”, en desenmascarar a la historia oficial, la del historicista, la de los vencedores, y redimir de gloria a los oprimidos. En otras palabras, aunque con una concordancia ideológica innegable, Bertolt Brecht cuestiona, en “Preguntas a un obrero que lee”, la misma idea de la historia:

“¡Quién construyó Tebas, la de las siete puertas? En los libros aparecen los nombres de los reyes. ¿Arrastraron los reyes los bloques de piedra? Y Babilonia, destruida tantas veces, ¿quién la volvió siempre a construir? ¿En qué casas de la dorada Lima vivían los constructores? El joven Alejandro conquistó la India. ¿Él solo? César derrotó a los galos. ¿No llevaba siquiera un cocinero? Felipe de España lloró cuando su flota fue hundida. ¿No lloró nadie más? Federico II venció en la guerra de los Siete Años ¿Quién venció además de él?”[11]

La historia debe reescribirse desde la perspectiva de la clase oprimida en todas las épocas. Para ello, el materialista histórico debe voltear, como el ángel de la historia, sus ojos al pasado; pero no al pasado que hasta ahora ha conocido, sino a los momentos en los que la historia se le presenta a él “en el instante de peligro”. Ese instante en el que debe encender “la chispa de la esperanza” que le redima junto a los muertos que han quedado aplastados por las ruinas del progreso y sin cuya redención los hombres del presente no podrán alcanzar el “tiempo del ahora” en el que se esconde la posibilidad mesiánica.

La política entra en juego precisamente en este “tiempo del ahora”, el presente entendido desde la visión del materialista histórico. Benjamin, consecuentemente con la praxis marxista, no deja la posibilidad de redención en el advenimiento de el Mesías etéreo que baja de los cielos a salvar a los hombres terrenales. Son los hombres mismos quienes deberán convertirse en mesías, en redentores de su propio destino. No es propiamente un llamado a la acción, Benjamin reconoce la enmarañada red de descomposición en la que se encuentra el político de su época y la dificultad que reside precisamente en transformar por entero su visión del progreso con la que le ha infectado hasta la médula el capitalismo.

“En un momento en que los políticos, en quienes los adversarios del fascismo habían puesto su esperanza, yacen por tierra y refuerzan su derrota con la traición de su propia causa, esta reflexión se propone desatar al que vive en el mundo de la política en que ellos lo han envuelto. Ella parte de la consideración de que la fe ciega de esos políticos en el progreso, la confianza en su “base de masas” y, por último, su servil inserción en un aparato incontrolable no han sido más que tres aspectos de la misma cosa. Es una reflexión que procura dar una idea respecto de lo caro que le cuesta a nuestro pensamiento habitual una representación de la historia que evite toda complicidad con aquella a la que esos políticos siguen aferrados”[12]

Esta reflexión alude a los hombres del presente, no ya a los olvidados del pasado, sino a los autores de la transformación en el momento de la redención. A pesar del pesimismo que esconde al reconocer el conformismo y la obnubilación sobre todo en la socialdemocracia, que en apariencia habría sido la obligada en su momento a repensar la historia y actuar, Benjamin hace hincapié en la necesidad de luchar en el presente, ese presente que está en manos de la política, de los políticos, de los hombres que tienen la tarea de asimilar la visión de la historia que en estas Tesis se rescata. El “tiempo del ahora” le pertenece a los vivos y son ellos los que deberán poner en práctica su fuerza mesiánica para redimir a los muertos.

Las Tesis sobre la historia reflejan una comprensión de la que el materialismo histórico adolecía entonces. Fueron elaboradas, como se plantea en las primeras líneas de este trabajo, no solo como una necesidad del momento histórico caótico y catastrófico que se vivó durante el siglo XX y del que su autor fue víctima; juegan en la modernidad un papel fundamental no solo para el historiador educado en Marx, sino para tara toda la teoría y la práctica marxista que no ha terminado por dilucidar que el camino del progreso que surge desde la Ilustración es un camino trazado por y para los vencedores. Seguir pensando el presente y el pasado desde la visión esperanzadora del futuro, impide cualquier transformación real. La reflexión de Benjamin no es una simple reflexión teórica, tiene como principal objetivo alertar al hombre sobre el abismo que asoma cada vez a menos distancia.

A pesar de las diversas interpretaciones que sobre esta obra existen, es innegable que la visión del pensador alemán ha mantenido su vigencia precisamente porque lo que él alcanzó a ver con terror en la primera mitad del siglo XX se ha vuelto natural en nuestro siglo. El concepto de historia de Benjamin encierra no solo una crítica a la socialdemocracia, a su conformismo y su creencia estática de cambiar la historia. Es, principalmente, una crítica a la idea que los hombres se han hecho de la historia, del supuesto progreso que en ella existe y de la fatalidad que significa reproducir esta visión, sobre todo en aquellos que fueron, son, y serán víctimas de ella.

***

NOTAS:

[1] Bertolt Brecht, Las cinco dificultades para decir la verdad, en El compromiso en literatura y arte (traducción de J. Fontcuberta)1973.

[2] Walter Benjamin, Tesis sobre la historia y otros fragmentos (traducción e introducción de Bolívar Echeverría), Itaca, México, 2008, p. 35.

[3] Ibid. pp. 55-56.

[4] Ibid. p. 57.

[5] Ibid. p. 59.

[6] Ibid. pp. 44-45.

[7] Karl Marx, El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, en Antología Karl Marx, selección e introducción de Horacio Tarcus, Siglo XXI, Buenos Aires, 2016, p. 151.

[8] Walter Benjamin, Tesis sobre la historia. op.cit., p. 47.

[9] Ibid. p. 49.

[10] Ibid. p. 42.

[11] Bertolt Brecht, “Preguntas a un obrero que lee”.

[12] Walter Benjamin, Tesis sobre la historia. op. cit., pp. 45-46.

Referencias

Benjamin, Walter, Tesis sobre la historia y otros fragmentos (traducción e introducción de Bolívar Echeverría), Itaca, México, 2008.

Brecht, Bertolt, Las cinco dificultades para decir la verdad, en El compromiso en literatura y arte (traducción de J. Fontcuberta), 1973.

Brecht, Bertolt. “Preguntas a un obrero que lee”.

Marx, Karl. El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, en Antología Karl Marx, selección e introducción de Horacio Tarcus, Siglo XXI, Buenos Aires, 2016.

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