Luis Sepúlveda, el trotamundos que combatía las injusticias…

Fuente: https://www.sinpermiso.info/textos/luis-sepulveda-el-trotamundos-que-combatia-las-injusticias-y-amaba-las-palabras  Roberto Zanini                                                                                                        14/05/2020

Luis Sepúlveda, el trotamundos que combatía las injusticias y amaba las palabras

“Ese cabrón no vale un minuto de mi tiempo”, me dijo Sepúlveda. Hablábamos de Manuel Contreras, ex-jefe de la DINA, la Gestapo chilena, el hombre que había metido a Sepúlveda en la cárcel y le había entregado a los torturadores.

Ahora Contreras, finalmente, había muerto a los 86 años, con una inmunda cantidad de homicidios y una módica cantidad de condenas a la espalda. Mientras hablaba con Sepúlveda, brillaba el sol, se iba calentando la parrilla, teníamos cerveza helada y un apetito chileno lo permeaba todo.

“Que se joda Contreras”, dijo. Nada de artículos, nada de entrevistas, no quería un artículo, no quería. Al fondo, el rumor de un bistec que empezaba a chisporrotear. Era agosto de 2015.

Luis Sepúlveda era esto, un cuentacuentos de combate, y las batallas eran tantas, viejas y nuevas, sobre todo las que se avistaban en el horizonte. Así que ¿por qué preocuparse de un viejo carnicero cargado de años y de pecados? La historia ya le había pasado por encima, abriendo camino a un nuevo Chile, solo ligeramente menos execrable que el antiguo.

Ese viejo Chile que había absorbido, arrastrado y por ultimo echado al mundo al nieto de un anarquista andaluz que había buscado refugio en Valparaíso para escapar al garrote. El abuelo Gerardo supuso el inicio de una trayectoria convulsa, complicada y hermosísima hecha de viajes, libros y tiroteos. Una aventura de mil protagonistas y de uno solo: Luis Sepúlveda mismo; su mejor personaje.

La aventura concluyó el jueves en España. Más de cincuenta días le hicieron falta al Covid-19 para matarle. Se contagió en Portugal, en un festival literario. En la clínica de Gijón perdieron dos días antes de una prueba de rayos cuyos resultados conmocionaron a los medicos: lo llevaron en ambulancia a Oviedo, donde lo hospitalizaron, lo pusieron en aislamiento y le realizaron pruebas. El 29 de febrero Luis entraba por su propio pie en el Hospital Central Universitario central de Asturias. No saldría vivo.

Los efectos del virus se complicaron con una neumonía que había sufrido el año anterior en Pordenone—en otro festival literario — y también debido a sus 70 años, a los muchos kilómetros que había viajado, a los muchos cigarrillos que había fumado. El jueves por la mañana, cuando cerró los ojos, el COVID-19 ya no estaba en su cuerpo: había dado negativo. Pero el daño ya estaba hecho.

Aunque vendió muchos millones de libros (sólo en Italia más de nueve millones), no hay ensayos, ni siquiera biografías que sean más fiables que sus propias historias. La vida del chileno errante había comenzado en el año 49 en Ovalle, en la región centro-norte de Chile. A su abuelo anarquista se contraponía la figura del padre comunista, perseguido uno por los franquistas y el otro por un suegro con propiedades, que hubiera querido mejor pareja para su hija que ese gallego sin un céntimo que había conquistador su corazón.

Pero nada se pudo hacer: Luis padre e Irma Calfucura tendrán un niño, Luis Sepúlveda Calfucura, medio español y medio indio mapuche, criado por su abuelo y su tío,—él mismo anarquista empedernido — con una hábil mezcla cultural de Salgari, Melville y Cervantes, y meadas nocturnas en los escalones de la iglesia del vecindario. Temprano escritor de poemas para el periódico del colegio y tremebundas historias eróticas que vendía a sus compañeros de clase, a los veinte años ganó el premio Casa de Las Américas por su primer libro, un conjunto de cuentos, Cronicas de Pedro Nadie, junto con una beca de cinco años para la Universidad Lomonosov de Moscú, la de la nomenklatura rusa.

De Moscú le expulsaron casi inmediatamente (¿por disidente? ¿o quizás por coquetear con la mujer de un profesor?). Y le echaron también de las dogmáticas Juventudes Comunistas de Chile. A continuación ingresó en el Partido Socialista de Chile: con el golpe del 73 se detuvo a los pertenecientes al “Grupo de Amigos del Presidente” que no habían resultado muertos en el bombardeo del Palacio de la Moneda, y Luis fue uno de ellos. Contaría luego la historia de la minúscula celda y las uñas arrancadas, su segunda detención y los dos años y medio en prisión hasta su exilio, conseguido gracias a Amnistía Internacional. Abandonó Chile en un avión con destino a Suecia, pero en la primera escala, en Buenos Aires, se escapó.

Los diez años siguientes los pasó como aventurero de izquierdas, siempre derrotado pero nunca vencido (con una excepción: la victoria en Nicaragua), que vivía del periodismo, pero escribía literatura. De Argentina marchó a Brasil y luego a Paraguay, mientras un país tras otro de América Latina se veía sofocado por la maraña de la Operación Cóndor y los golpes de Estado de derechas. En Quito, Ecuador, se sumó a una expedición de la UNESCO entre los indígenas suhar, y esos meses en la Amazonia ecuatoriana le servirían de base para su primer gran libro de verdad, Un viejo que leía historias de amor.

En 1978 se unió a las brigadas internacionales Simón Bolivar en Nicaragua: “Empezamos siendo mil y pocos meses después quedábamos la mitad”, contaría más tarde. Es una victoria, la única: los sandinistas entraron en Managua y él se mudó a Europa, a Hamburgo, donde se toparía con Greenpeace y formaría parte de una de sus tripulaciones durante cinco años. Luego, en 1989, se publicó Un viejo que leía historias de amor (en 1993 en Italia) que le convirtió en un escritor renombrado.

A finales de los años 80 pudo volver a Chile, pero su único intento fracasó rápidamente. Viajó por toda Europa en una caravana y se detuvo finalmente en Gijón, en Asturias: en el norte de España, entre un modernismo a pequeña escala y una grácil Barcelona, con un clima atroz que se dividía entre llovizna, lluvia y lluvia fuerte. Y sin embargo, el trotamundos echó raíces en Gijón, se casó una vez más con la misma mujer con la que se había casado en Chile, la poeta Carmen Yáñez, y se dedicó finalmente a escribir.

En 1997 llegó a il manifesto: “Quiero ser lo que era Soriano, ¿os interesa?” Osvaldo Soriano había muerto hacía pocos meses, y este heroe de batalla chileno quería recoger la antorcha de su legado. Acababa de publicar la Historia de una gaviota, y el Diario de un killer sentimental Killer acababa justo también de salir. Vaya si nos interesaba.

es periodista especializado en temas latinoamericanos del diario italiano il manifesto.

Fuente:

il manifesto global, 19 de abril de 2020

Traducción:Lucas Antón

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