Esas instituciones dedicadas al intento de fabricar consenso…

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«Esas instituciones dedicadas al intento de fabricar consenso tienen nombre y apellido” — Néstor Kohan

 

Fragmento extraído del libro de Néstor Kohan HEGEMONÍA CULTURAL EN TIEMPOS DE CONTRAINSURGENCIA «SOFT».

Gracias a Luis López por revelarnos la existencia de este libro y facilitarnos el enlace en el que se puede descargar.

Sociología de la cultura e historia intelectual

(A modo de presentación)

Estas hipótesis de trabajo, de sociología de la cultura e historia intelectual, escritas, todas ellas, con una indisimulada intención polémica, giran en torno a tres problemas centrales.

En primer lugar, la problemática de la hegemonía y la contrahegemonía. Una vez más, como en algunos libros y antologías que publicamos previamente, reaparece en nuestra ayuda la figura de Antonio Gramsci.

No el Gramsci de la socialdemocracia, el posmodernismo y el «posmarxismo» (durante los últimos años de moda), sino el pequeño pero gigante pensador revolucionario de la Internacional Comunista, discípulo preferido de Lenin y militante clandestino durante muchos años.

Es precisamente Gramsci quien nos enseñó que ni el capitalismo ni el imperialismo pueden sobrevivir exclusivamente por su fuerza técnico-militar, por más poderosa e impactante que ella sea. Al mismo tiempo que amenazan y utilizan la fuerza, necesitan recrear, cotidianamente, su hegemonía. Desmoralizar, fragmentar y dispersar a sus enemigos. «Meterse en el bolsillo», si es posible, sus categorías, sus símbolos y sus banderas, resignificadas, por supuesto, para volverlas funcionales a la dominación capitalista y la vigilancia imperial. Crear no solo ideas y programas, pulidos en un escritorio de oficina del Pentágono, la CIA o el Departamento de Estado, sino estructuras flexibles de sentimientos, sensibilidades e identificaciones (colectivas e individuales) afines a la dominación del mercado, el dinero y el capital.

Es decir, convencer a mucha gente que es imposible vivir de una manera distinta al capitalismo y, al mismo tiempo, generalizar el triste y patético american way of life para todo el orbe; ubicando en la Florida la tierra prometida para la comunidad latinoamericana. Allí donde se puede ser «norteamericano» sin saber hablar inglés, jugando al dominó en camiseta y escuchando música de salsa o reguetón.

Aún en medio de una crisis humanitaria como la que se vive en el año 2021, que ha regado hasta el mes de marzo con más de medio millón de muertos la principal potencia de la tierra (superando, incluso, todos los muertos norteamericanos en ambas guerras mundiales, la de Vietnam, Irak, Afganistán, etc.).

Mucho antes de que el noble intelectual estadounidense, antimperialista sincero, Noam Chomsky empleara la expresión «fabricación industrial del consenso», Antonio Gramsci se había percatado que un buen programa ideológico-político nunca podría triunfar si no se hace carne en la vida cotidiana de las masas populares. Y que esa tarea jamás se logra por el mero fluir vaporoso de ideas atractivas y narrativas seductoras (sean falsas o verdaderas). Hacen falta además instituciones que empujen, presionen —en una u otra dirección— y faciliten que ciertas concepciones del mundo abandonen la pulcritud de su torre de marfil para ganar el corazón, la voluntad e incluso el inconsciente colectivo.

En el caso concreto de la histórica y legendaria lucha entre David y Goliat, entre la pequeña Cuba y el gigantesco imperialismo norteamericano, esas instituciones dedicadas al intento de fabricar consenso y crear contrahegemonía tienen nombre y apellido. En los trabajos de este volumen se recorren una por una. Fundación por fundación, ONG por ONG. Y seguramente nos faltaron abordar varias. Porque los aparatos de la contrainsurgencia imperialista no se reducen a la sigla más famosa en el cine de Hollywood que cuenta con tres letras: CIA.

En Estados Unidos, según la literatura especializada, existen no menos de veinte aparatos de inteligencia y contrainteligencia. A ellos se agregan un elenco interminable de fundaciones paraestatales y finalmente incontables ONG, que carecen completamente de autonomía. Ni la persona más crédula, desinformada e ingenua puede a esta altura aceptar que las ONG que inundan con sus dinerillos, no solo a Cuba sino el conjunto de nuestro continente, pertenecen a la burbuja incontaminada de una etérea y virginal «sociedad civil» globalizada —aquí podemos apreciar un buen ejemplo de cómo el imperialismo intentó apropiarse de la noción gramsciana de «sociedad civil» para terminar convirtiéndola en un comodín completamente funcional a su dominación.

¡Es un secreto a voces! Esas ONG y las fundaciones que siempre caminan a su par, son «tapaderas de la CIA», sellos legales para transferir y blanquear dinero sucio, utilizado en la contrainsurgencia.

Por eso, el primer problema general que recorre todos los trabajos aquí reunidos, gira en torno a los intentos imperiales que pretenden minar la hegemonía socialista de la Revolución Cubana, tratando de crear artificialmente una jabonosa y falsa «izquierda» —todas las comillas incluidas—, no revolucionaria, ajena y reacia al legado inasimilable de Fidel Castro y el Che Guevara. Un intento de «aproximación indirecta» —como lo hubiera denominado el célebre estratega y capitán B.H. Liddell Hart— destinado a ganar la guerra sin combatir, minando la moral del enemigo. Es decir, esforzándose por construir una opción pretendidamente «democrática» —poner aquí, igualmente, veinte pares de comillas—, contra el proyecto comunista, al que se sigue calificando, con escasa originalidad, de «totalitario» (¿por qué no es original esa descalificación? Pues porque la cruzada «antitotalitaria» proviene de la guerra fría y más precisamente del auge del macartismo —¡nacido hace nada menos que 70 años!—, al que capitularon ideológicamente desde la erudita y refinada Hannah Arendt hasta el marxista converso Karl Popper, por no hablar del empleado rentado de la CIA Isaiah Berlin, escritor de libros a sueldo y biografías por encargo contra Karl Marx).

Este supuesto «descubrimiento ultra novedoso», que vendría a rellenar los presuntos agujeros vacíos del socialismo y el comunismo, donde las palabras «democracia» y «república» se enarbolan sin nombre ni apellido, sin referencias de clase ni determinaciones históricas, sociales ni geopolíticas, no es tan nuevo como se postula.

Quizás por picardía o, mucho más probablemente por simple ignorancia, se hace tabla rasa con la historia intelectual de los debates socialistas y comunistas frente a la tradición liberal.

No es malo intentar innovar, porque el marxismo no puede quedarse petrificado en la historia, pero para eso hay que tomarse el trabajo de conocer en profundidad la historia intelectual de los problemas que pretenden abordarse (eso que en los estudios académicos suele denominarse «el estado del arte»). Cuando ese trabajo falta, la ignorancia, siempre perdonable y comprensible si es inocente y desprevenida, se transforma en imperdonable altanería y petulancia. Y si a eso le agregamos el financiamiento de instituciones que de ningún modo están interesadas en el conocimiento sino, lisa y llanamente, en derrocar a la Revolución Cubana, perdón, en lograr «la transición», el problema se complica aún más.

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