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EEUU: El enfoque binario fascista-no fascista, autoritario-no autoritario dificulta la percepción de los aspectos en juego en el contexto de la administración Trump

Anthony DiMaggio

10/01/2021

En el momento de escribir estas líneas, grupos de manifestantes pro-Trump irrumpieron en el edificio del Capitolio, tratando de plasmar el intento de golpe de Trump contra los Estados Unidos [el ex ministro de Justicia, Bill Barr, dijo que el presidente «orquestó el asalto al Capitolio», The Guardian, 7 de enero de 2021]. La mano de Trump en la preparación del golpe es evidente en varios frentes. Difundió y oficializó el tema conspiracionista del fraude electoral, sin fundamento alguno y durante meses, de hecho, durante años. Alentó a los manifestantes a ir al Capitolio. Una vez que comenzaron los ataques y la invasión del Capitolio, se negó a condenarlos. Luego, en su primer discurso a la nación, avivó el fuego de nuevo al continuar invocando conspiraciones para perpetrar un fraude electoral. Para ser perfectamente claro, no fue sólo un intento de golpe de Estado, sino un intento de golpe liderado por el presidente de los Estados Unidos.

¿Cómo llegamos aquí? ¿Y por qué aquellos que niegan la existencia del  fascismo en los Estados Unidos, que insisten desde hace mucho tiempo en que los Estados Unidos no tienden hacia políticas autoritarias se muestran sorprendidos? Nada de lo que ha sucedido en la capital debe sorprender a quienes han observado con atención el ascenso del fascismo que caracteriza actualmente a la política americana.

Donald Trump dijo a la nación que no aceptaría los resultados de una elección que perdió antes de que el primer voto fuera contado. Y durante los dos últimos meses, trabajó en innumerables frentes para dar vuelta los resultados, en los estados, en el poder judicial [estatal y federal], en el Congreso y ahora en las calles.

El presidente fue sorprendido cuando trataba de extorsionar al secretario de estado de Georgia [Brad Raffensperger], amenazándolo con un proceso penal si se negaba a fabricar los 11.780 votos que le darían  la «victoria» en ese estado. Esta fue la segunda vez en un año y medio -la otra fue el escándalo ucraniano- cuando Trump intentó extorsionar a un político [el presidente ucraniano Volodymyr Zelensky] con fines electorales [para desencadenar una investigación sobre Hunter Biden, hijo de Joe Biden]. El golpe de Trump también incluía su demanda de que el Congreso y el vicepresidente Mike Pence entregaran la presidencia a Trump, en lugar de certificar [el 6 de enero de 2021, en la reunión del Senado y la Cámara de Representantes] la victoria de Biden.

Las relaciones de Trump con Mike Pence, con Ucrania, y con el secretario de estado de Georgia reflejan una política de tipo mafioso en la que los demás líderes políticos son vistos simplemente como un medio para incrementar el peso político personal del presidente. Para Trump, sus interacciones con los demás son una oportunidad para el beneficio personal y un medio para alcanzar sus propios objetivos.

Pero con este intento de golpe, la política de Trump va más allá de la mera corrupción y del clientelismo. Sus intentos de anular los resultados de las elecciones de 2020 representan una amenaza fundamental para la propia democracia. Como resultado de su propaganda conspirativa, más de tres cuartas partes de los republicanos creen que las elecciones estuvieron marcadas por un «fraude electoral generalizado». Y muchos de ellos toman ahora las calles y participan en actos de violencia y terrorismo para anular esas elecciones. En vista de los recientes acontecimientos, es imposible saber hasta qué punto pueden empeorar las cosas, en las que está en juego «la sobrevivencia de la república».

Lamentablemente, la amenaza fascista ha sido constantemente minimizada en cada etapa del proceso. Conociendo íntimamente las principales obras académicas sobre el fascismo y a los profesores que las producen, puedo decir con total certeza que pocos académicos estadounidenses están dispuestos a calificar abiertamente a Trump de fascista, y menos aún son los académicos que están dispuestos a afirmar públicamente que el sistema político estadounidense contiene elementos fascistas.

Los periodistas americanos también se han mostrado muy escrupulosos con el uso del término «fascismo» en sus reportajes sobre Trump. Un análisis de la base de datos académica de Nexis Uni revela que de una elección presidencial a otra -del 8 de noviembre de 2016 al 3 de noviembre de 2020- los términos «fascismo» o «fascista» aparecieron en relación con «Trump» en un total de 627 artículos en el «periódico de referencia» -The New York Times. Los términos «autoritario» o «autoritarismo» fueron mucho más frecuentes, y aparecieron 1807 veces en los artículos, unas tres veces más que las consideraciones sobre el fascismo en relación con Trump. Los términos «populista» y «populismo», los menos ofensivos e incendiarios, fueron de lejos los términos más utilizados con respecto a Trump. Aparecieron en 3.422 artículos, con una frecuencia superior casi cinco veces y media a la de las etiquetas fascistas/fascismo. En resumen, los periodistas estadounidenses evitaron regularmente los ataques provenientes de la derecha evitando llamar fascista a Trump, una manera de desalentar el debate sobre el fascismo en la política de los Estados Unidos.

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Los Estados Unidos tienen una larga historia de negacionismo cuando se trata de reconocer los peligros de las políticas fascistas, tanto dentro como fuera del país. Podemos mirar, casi un siglo hacia atrás, los escritos de Sinclair Lewis [1885-1951, Premio Nobel de Literatura en 1930] para reconocer la denegación deliberada de «It Can’t Happen Here», «Eso no puede pasar aquí», novela publicada en 1935, una novela sobre un personaje llamado Buzz Windrip que, una vez elegido presidente, establece lentamente una dictadura personal que conduce a la guerra civil; la novela se convirtió en un best seller desde 2016] que ha caracterizado durante mucho tiempo la cultura política estadounidense.

El discurso estadounidense se define por oposiciones binarias simplistas de «fascismo-no fascismo» y «autoritario-no autoritario», que no contribuyen en absoluto a nuestra comprensión de las amenazas que representan la gobernanza republicana y el electoralismo democrático. Esas dicotomías no son funcionales a una elaboración honesta sobre el tema del fascismo-autoritarismo porque casi nunca están basadas en una investigación periodística o académica seria, sobre la base de las pruebas disponibles, acerca de si los Estados Unidos se están dirigiendo hacia una política fascista o autoritaria.

Por el contrario, este enfoque binario es a menudo utilizado de manera excluyente para rechazar de plano el uso de la caracterización fascista en la política de los Estados Unidos. Toda discusión coherente, matizada o reflexiva sobre este tema queda excluida, ya que estos puntos de vista, deliberadamente, no pueden reconocer como reales el autoritarismo y el fascismo mientras no constituyen plenamente rasgos sólidos y consolidados de la política estadounidense. Y ahora que esta insurrección sediciosa ha tomado las calles, la bancarrota moral de la negación del fascismo aparece claramente expuesta y a la vista de todos.

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Henry Giroux [destacado autor académico, autor de The Challenge of U.S. Authoritarianism y The Public in Peril: Trump and the Menace of American Authoritarianism, Routledge, 2018] aborda críticamente el tema del fascismo autoritario al reconocer que los Estados Unidos contienen elementos de política neoliberal y fascista. En otras palabras, no es una alternativa entre las dos. Nuestro sistema político puede ser descrito como neoliberal-fascista, neofascista, fascista rampante, para/proto-fascista o lo que sea. Cualquiera que sea el calificativo que escojamos, se hace cada vez más difícil ignorar la política fascista adoptada por esta administración. Antes del intento de golpe de Estado en el Capitolio, ya había una lista alarmante de transgresiones por parte de la administración Trump:

– El desprecio militante y ritual de Trump por los elementos básicos de la verdad, de los hechos y del razonamiento científico y médico basado en las pruebas, junto con su ciega y fomentada devoción pública al presidente, lo que implicaba para casi dos tercios de sus partidarios [encuesta publicada el 5 de noviembre de 2019] que no podía hacer nada que le hiciera perder su apoyo. [«Si le disparara a alguien en la 5ª Avenida (Nueva York), no perdería ningún votante, ¿no? Es simplemente increíble», dijo Trump el 23 de enero de 2016 en un mitin en Iowa].

– La política nacionalista blanca de Trump y la demonización general de los inmigrantes mexicanos como «traficantes de drogas, criminales, violadores» y como una amenaza para la seguridad nacional. Esta xenofobia tiene una orientación claramente racista, teniendo en cuenta el desprecio de Trump por los inmigrantes de piel oscura, así como su preferencia por los inmigrantes blancos, como lo demuestra su casamiento con una mujer europea blanca de primera generación.

– Su intento (fallido) de utilizar el ejército para acabar con los manifestantes de Black Lives Matter (BLM), que encontró una fuerte oposición por parte de los oficiales militares. La voluntad de Trump de utilizar las fuerzas de seguridad para reprimir la disidencia no era incompatible con el uso por parte de su administración de funcionarios federales bajo la cobertura de la policía estatal y de furgonetas no identificadas para secuestrar a los manifestantes de BLM [según Amnistía Internacional, entre el 26 de mayo y el 5 de junio de 2020, en 40 estados y en el Distrito de Columbia, hubo 125 casos de este tipo de violencia policial]. Además, Trump en persona ordenó tirar gases a los manifestantes no violentos en el Parque Lafayette, delante de las puertas de la Casa Blanca, para mantenerlos alejados, de manera tal que POTUS [Presidente de los Estados Unidos de América, abreviado a menudo como POTUS] pudiera sacarse una foto [con una Biblia en la mano] frente a la Iglesia de St John.

– La forma de burlar al Congreso y su método de gobierno por decreto, mediante la confiscación ilegal del dinero de los contribuyentes para la construcción de su muro, junto con la declaración de «situación de emergencia nacional» para justificar sus acciones ilegales. El uso de esos fondos nunca fue autorizado por el Congreso y constituyó un flagrante abuso del principio constitucional de equilibrio de poderes. [checks and balances].

– La introducción de una política de separación de niños y padres inútilmente punitiva y destructora, dirigida contra los inmigrantes ilegales. Esa política iba asociada con el recurso a la detención masiva en campos de tipo concentración, caracterizados por el hacinamiento, con niños encarcelados en jaulas y el rechazo de atender las necesidades básicas de los detenidos, como jabón, pasta de dientes y tratamiento médico.

– Sus severas medidas contra la inmigración legal a los Estados Unidos, que se redujo en un 50% durante el mandato de Trump, junto con el aumento de los arrestos y detenciones de inmigrantes no autorizados; este aumento fue del 30% con respecto a Obama, y del 100% con respecto a George W. Bush y Bill Clinton, a pesar de los niveles comparables de deportaciones bajo Obama y Trump.

– El intento (infructuoso) de Trump de «gasear, electrocutar y fusilar» [según las declaraciones del ex jefe del Departamento de Seguridad Nacional Miles Taylor] en masa a los inmigrantes  y de cerrar totalmente y de manera ilegal la inmigración en la frontera mexicana. Esas órdenes fueron ignoradas por los oficiales -horrorizados- del Departamento de seguridad nacional, a los que les había prometido que serían perdonados si cometían acciones ilegales y en el caso de que fueran procesados.

– La demonización propagandística e infundada de los demócratas por haber «robado» las elecciones de 2020, junto con sus propios esfuerzos (sin éxito) a nivel judicial, de los estados y del congreso para lograr un golpe electoral mediante la invalidación de los resultados de las elecciones. Esa estrategia implicó cerca de 60 demandas judiciales en un intento de anular los resultados de las elecciones estatales, además de reuniones con más de 300 ediles estaduales en seis de los llamados estados clave, en los que Trump conspiró para anular el voto popular favorable a Joe Biden.

– La desastrosa política social-darwiniana de Trump, que obedece a la «inmunidad de manada» [sobre la pandemia de coronavirus]. Se trata, de hecho, de una «filosofía» de supervivencia del más apto, que dio lugar al contagio masivo de los estadounidenses con un virus mortal. Trump pudo acceder a medicamentos y tratamientos anti covid de última generación que pueden salvar vidas y a los que la gran mayoría de la población no tenía ni tiene acceso. Este enfoque del «que así sea» -según un estudio de la Universidad de Columbia de octubre de 2020- ocasionó alrededor de un 60% más de muertes que lo que podría haber ocurrido si el gobierno federal y los gobiernos estatales hubieran reaccionado seriamente ante la crisis.

– La retórica paranoica y delirante de Trump sobre el entierro de sus enemigos políticos, presentándolos como una amenaza a la seguridad nacional, la que debe ser sofocada. Una política que se refleja en su reciente solicitud al Departamento de Justicia para que arreste y procese a demócratas de alto rango, incluyendo a Barack Obama, Joe Biden y Hillary Clinton, sobre la base de falsas acusaciones de conspiración contra su administración [véase, entre otros, el artículo publicado por Politico.com, 7-10-2020]. Hay mucho más que algo de ironía y de una cierta proyección en juego en esa maniobra, considerando los incesantes esfuerzos de Trump durante los últimos meses para promover un golpe de Estado contra la nueva administración Biden.

Cualquiera que mire atentamente esa lista y llegue a la conclusión de que todo salió como de costumbre, o que se sorprenda por lo que sucedió en Washington D.C. el 6 de enero, está cometiendo un acto de confusión de proporciones épicas. A la luz de estos acontecimientos, es cada vez más absurdo caracterizar la política de Trump como algo menos que fascista. El camino a seguir es cada vez más claro. Este presidente debe ser procesado y destituido de su cargo lo antes posible. Trump tiene que ser acusado de traición por su papel en la preparación de este intento de golpe de Estado. Otro tipo de actitud sentaría un peligroso precedente en caso de futuros intentos de derrocar lo poco que queda de la democracia estadounidense.

Traducción para Correspondencia de Prensa de Rubén Navarro

profesor adjunto de ciencias políticas en la Universidad de Lehigh. Ha escrito varios libros, entre los cuales: Political Power in America (SUNY Press, 2019), Rebellion in America (Routledge, 2020), y Unequal America (Routledge, 2021).

Fuente:

https://www.counterpunch.org/2021/01/07/the-coup-in-washington-why-is-anyone-surprised-by-trumps-fascist-politics/)
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