En los años 90, cuando Cuba enfrentaba el “desmerengamiento” de la URSS y las extraterritoriales leyes (la Torricelli y la Helms-Burton) que los EU impusieron para precipitar lo que llamaron “la caída” de la revolución, Fidel marcó claramente el rumbo, dijo que no se renunciaba a los principios, a las aspiraciones y a los objetivos de la revolución en las circunstancias que enfrentaban, “Lo importante es que el pueblo tenga el poder, no importan las transformaciones que tenemos que hacer para defender la patria y nuestras conquistas, aunque nos castiguen por ello y eso será una razón para luchar, una razón para resistir, una razón para vencer”.








