Rosa Miriam Elizalde 13/08/26
Fidel Castro duerme vencido por el cansancio mientras varios jóvenes lo rodean con la curiosidad alegre de quienes descubren que el héroe también cierra los ojos. En otras fotografías come con campesinos, monta a caballo en una cooperativa, se toma un helado, alimenta a un elefante en Nueva York o improvisa, con un par de cucharas, el baile de Alicia Alonso. No aparece en esas escenas una carga al machete ni una columna guerrillera avanzando sobre la montaña. Hay algo políticamente más difícil de fabricar: familiaridad. El dirigente deja por un instante la tribuna y entra en la vida común. La cámara lo vuelve próximo sin reducir su estatura histórica.
Si cerramos los ojos podemos ver a través de imágenes fijas de Fidel la trayectoria de un hombre. La memoria no funciona como una cámara de video que guarda una grabación continua. Cuando vivimos algo, el cerebro conserva fragmentos: lugares, caras, emociones, sonidos, movimientos y algunos momentos especialmente significativos, y la revolución cubana construyó su rostro público en el instante exacto en que el mundo comenzaba a pensar mediante imágenes.
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