El autor de ‘La frontera del azar’ denuncia la perfilación racial y explica cómo el racismo institucional termina moldeando la identidad de quienes lo sufren. Además, califica los sucesos de Ceuta como «una masacre»: diversas organizaciones elevan a 150 el número de personas fallecidas tras los sucesos del 30 y el 31 de julio.
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Ceuta vuelve a ocupar las páginas de los periódicos. La migración, una vez más, se convierte en objeto de debate en tertulias que prescinden de las voces de quienes la viven en primera persona. Diversas organizaciones elevan a 150 el número de personas fallecidas mientras cientos siguen heridas o desaparecidas. Para Youssef M. Ouled (Al Hoceima, 1993), no se trata de una crisis aislada, sino de la consecuencia de una Europa que ha convertido la movilidad humana en una cuestión de vida o muerte. «Lo que ha pasado en Ceuta es una masacre», afirma.
Las fronteras son también el punto de partida de La frontera del azar (Jande, 2026), un libro en el que Ouled reconstruye, desde la memoria, el análisis y el testimonio, cómo el racismo institucional atraviesa los cuerpos, las vidas y las identidades. Periodista, escritor y coordinador de AlgoRace, lleva años investigando las estructuras que sostienen la discriminación.
Pero antes fue un niño que creció en España sintiendo que nunca terminaba de encajar. En las películas y los informativos, el malo, el sospechoso y el enemigo casi siempre tenían un rostro parecido al suyo. «A mí me habría gustado, cuando era un chaval, tener acceso a libros escritos por personas que se parecieran a mí y que vivieran cosas parecidas a las mías», explica. Su tesis atraviesa también esta conversación: el racismo no es fruto del azar. Tampoco lo son las fronteras ni la violencia institucional. Tampoco ahora Ceuta.
Nos encontramos en Alcorcón, a pocos kilómetros de Madrid. En la plaza del Ayuntamiento, cuando el calor de las cinco ha vaciado las calles, apura la agenda antes de concederse unos días de descanso. Viste una camiseta que parece anticipar la conversación: «Salvajemente auténtico, auténticamente salvaje», el título del álbum de Kopoet y Lout.
Hablamos de perfilación racial, fronteras, regularización y tecnología, pero también de identidad y de la necesidad de reconciliarse con uno mismo. Al final, las distintas conversaciones regresan a una misma idea: «Nuestro lugar en el mundo no viene definido por quienes nos oprimen».
Empiezas La frontera del azar definiendo la perfilación racial y la sitúas como una de las principales expresiones del racismo institucional. ¿Qué es exactamente y por qué es tan grave?
En el Estado español hablar de racismo policial sigue incomodando. La gente piensa en Estados Unidos y cuesta asumir que también existe en nuestros barrios. La manifestación más evidente del racismo policial que sufrimos muchas personas racializadas es la perfilación racial. Aunque también existe en otros ámbitos, como el acceso a la vivienda, la policial es especialmente grave porque puede derivar en formas de violencia mucho mayores.
Consiste en que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad identifican, paran o cachean a personas por sus rasgos raciales, no porque existan indicios objetivos de que hayan cometido o vayan a cometer un delito. Primero se detiene a la persona negra, mora, gitana o latina; después ya se comprobará si ha hecho algo. Eso es un anacronismo en cualquier Estado de derecho. Las personas no blancas vivimos con la obligación permanente de demostrar nuestra inocencia.
Durante años se nos ha dicho que no existen datos que demuestren esta realidad, pero las instituciones tampoco recogen información sobre cómo actúa la policía. Lo que pedimos es transparencia y rendición de cuentas. Cuando quienes deben protegerte son quienes te violentan, es lógico que muchas personas no confíen en denunciar. Aun así, existen numerosos estudios de organizaciones sociales que documentan esta práctica. El problema no es la falta de pruebas, sino la falta de voluntad para reconocer que existe.
¿Qué consecuencias tiene vivir bajo esa sospecha permanente?
La perfilación racial es una de las principales puertas de entrada a la relación entre las instituciones y las personas racializadas. Ese primer contacto suele producirse desde la sospecha y la criminalización. Cuando una persona blanca observa que siempre se identifica a los mismos cuerpos, interioriza un mensaje muy claro, esas personas son las sospechosas. La policía no solo actúa, también construye un imaginario social sobre quién merece ser vigilado. Eso tiene consecuencias muy concretas. Muchas personas modifican su forma de vestir o cambian sus trayectos para reducir las posibilidades de ser identificadas. La violencia acaba condicionando la vida cotidiana.
También afecta al derecho a organizarse. Los movimientos antirracistas formados por personas racializadas están especialmente vigilados. Si protestas, sabes que tienes muchas más posibilidades de ser identificado. El espacio público deja de ser un lugar de libertad y se convierte en un espacio hostil. Hay una lógica de disciplinamiento. Cuanto más invisible seas, menos violencia sufrirás. Además, la perfilación racial puede ser la puerta de entrada a violencias aún más graves. Ha habido personas que han muerto, como Elhadji Ndiaye, Mame Mbaye, Mamouth Bakhoum, Haitam Mejri o Abderrahim Akkouh.
En los últimos meses ha habido avances judiciales en los casos de Haitam Mejri y Abderrahim Akkouh, dos casos que mencionas en el libro. ¿Esto genera alguna esperanza?
Los casos de Haitam y Abderrahim son muy parecidos. No son los primeros que han muerto a manos de la policía. Pero sí son los únicos de los que tenemos imágenes claras de que ha habido, como mínimo, un presunto homicidio. En el caso de Abderrahim, los vídeos muestran cómo dos agentes participan en la reducción que acaba con su muerte. Aun así, han tenido que pasar casi 11 meses para que el juzgado aceptara imputar al segundo policía. Incluso con imágenes, la familia ha tenido que pelear.
Con Haitam, las imágenes muestran a siete agentes reduciendo a una sola persona, desarmada y colaborando en todo momento. Aun así, la causa fue archivada inicialmente. La resolución daba prioridad a que en la autopsia aparecieran sustancias tóxicas en su organismo. Relegaron a un segundo plano el uso de la pistola táser, la desproporción de la intervención, la presión ejercida sobre el cuello, la espalda y las piernas o la posible omisión de socorro. Por eso cuesta hablar de esperanza y genera un profundo descrédito, no solo hacia las instituciones policiales, sino también hacia las judiciales.

La regularización extraordinaria salió adelante tras años de bloqueo, pero también ha recibido críticas desde el movimiento antirracista. ¿Qué ha fallado?
Si el Gobierno creyera realmente que la regularización es una cuestión de derechos, reformaría la Ley de Extranjería. Además, los partidos situados a la izquierda del PSOE nunca terminaron de creer en la regularización extraordinaria. Al final salió adelante en un momento en el que el Gobierno se tambaleaba. Podemos aprovechó de manera estratégica esa fragilidad para obligarle. Es decir, se le arranca la regularización al Gobierno.
Lo preocupante es cómo se ha defendido. En lugar de plantearlo como una cuestión de justicia y reparación, buena parte de la izquierda ha recurrido a un discurso utilitarista: hay que regularizar porque alguien tiene que hacer los trabajos que el resto no quiere. Es una lógica profundamente colonial y deshumanizante. Las migraciones son consecuencia de procesos históricos de imperialismo y esclavitud, por lo que la regularización no es un favor, sino una cuestión de justicia racial y colonial.
Además, dejar fuera a personas con antecedentes supone asumir que solo merece derechos quien es un migrante ejemplar. Muchos de esos antecedentes derivan precisamente del racismo institucional: manteros condenados, personas acusadas de resistencia tras identificaciones racistas o criminalizadas por su propia situación administrativa. Es un doble castigo, primero sufres la discriminación y después esa discriminación te impide regularizar tu vida. Esa lógica, que está impulsando la ultraderecha, alimenta una deriva punitivista basada en más vigilancia, más policía y más control.
Lo ocurrido este verano en Ceuta ha vuelto a colocar las fronteras en el centro del debate. ¿Qué lectura haces de lo que ha pasado?
Lo que ha pasado en Ceuta es una masacre. Una más de la «Europa Fortaleza» que se suma a la de Tarajal en 2014 y a la de Melilla en 2022. Quienes llevamos años exponiendo las prácticas del majzén, el gobierno real del régimen en la sombra; denunciando la represión de las movilizaciones, las detenciones políticas, los maltratos y las torturas en prisiones, sabemos que no se mueve una masa de población tan numerosa sin el conocimiento y la permisividad de las autoridades marroquíes.
Es muy probable que, como se está señalando desde diferentes ámbitos, el régimen sionista de Israel y el imperialismo de Estados Unidos hayan ajustado cuentas con Moncloa. Hay muchos ingredientes para señalar que lo ocurrido ha sido un chantaje.
Pero esto solo es posible porque la UE aplica una necropolítica migratoria que impide la libre movilidad humana del sur al norte global, cuando a la inversa esa posibilidad es accesible a cualquier europeo. Al mismo tiempo, practica una política colonial extractiva en África, en connivencia con gobiernos antidemocráticos y autoritarios a los que subcontrata para que hagan el trabajo sucio: que nadie llegue vivo, salvo el flujo de mano de obra barata que satisfaga las necesidades laborales europeas.
¿Cómo valoras la respuesta política y mediática a lo ocurrido?
Ha sido lamentable ver cómo la postura generalizada de la izquierda institucional ha sido cuestionar que Marruecos no haga su trabajo o no cumpla la legalidad. ¿A qué legalidad se refieren? Es una oportunidad perdida para cuestionar la lógica actual de las fronteras coloniales. Ceuta y Melilla no solo tienen fronteras que marcan territorios, también marcan cuerpos: los cuerpos que tienen derecho a la vida y los que no. No es una crisis migratoria, es una crisis extractivista, ecológica y política. África no se desangra por azar, sino por una historia imperialista y colonial basada en el saqueo y en la perpetuación de regímenes aliados de Occidente contra sus pueblos.
Como periodista estoy profundamente decepcionado. He visto a compañeros a quienes admiro hablar de «avalancha», «oleadas» o «armas». Esta deshumanización es funcional a la necropolítica migratoria y al recrudecimiento de estas políticas que plantea la ultraderecha. Además, los periodistas racializados especializados en la materia seguimos invisibilizados y silenciados. Que los medios públicos y privados no nos llamen no es casual, nuestros análisis incomodan.
Mientras tanto, las cacerías continúan en Ceuta. Gracias a ONG y colectivos sobre el terreno estamos viendo persecuciones de supremacistas blancos, redadas policiales y militares o requisamientos de móviles. Si algo hay que disputar hoy, frente a tanto ruido, es la atención.
Después de todo lo que cuentas en el libro y de lo que estamos viendo ahora en las fronteras, cuando el racismo deja huella en la identidad, ¿cómo fue ese camino de reconciliación contigo mismo?
El racismo nos enseña a odiarnos. A través de la perfilación racial, los medios de comunicación o la cultura acabas preguntándote qué hay mal en ti. Terminas rechazando lo que eres, tus raíces, tu lengua e incluso a tus propios padres porque representan todo aquello que la sociedad te dice que no deberías ser.
No es un problema individual, sino el efecto de un sistema que nos hace creer que ser español consiste en ser todo lo contrario de lo que somos. Y, aun así, aunque cumplas todas las expectativas, si eres negro, musulmán o gitano, siempre habrá quien te recuerde que nunca serás español del todo. Tomar conciencia de eso fue profundamente reparador. Me permitió reconciliarme conmigo mismo y mirar a mis padres desde otro lugar. Por eso necesitaba escribir esas páginas, para que otras personas pudieran reconocer ese sentimiento y entendieran que la vergüenza nunca fue suya.
No podemos aceptar que el racismo se normalice como una opinión más. Pero tampoco resignarnos. Ser antirracista es creer que las cosas pueden cambiar y actuar para que cambien. Si yo he podido reconciliarme conmigo mismo y romper con esa vergüenza, también tengo la responsabilidad de intentar que quienes vienen detrás no tengan que recorrer el mismo camino. Ojalá el día que mi hija lea este libro viva en una sociedad distinta. No sé si será así, pero merece la pena intentarlo.
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