


Robin Wall Kimmerer (nacida en 1953) es botánica, profesora universitaria de biología ambiental en EEUU y miembro de la Nación Potawatomi. Con ascendencia tanto europea como anishinaabe (conjunto de pueblos indígenas algonquinos de América del Norte), fue fundadora del Center for Native Peoples and the Environment en la State University of New York. Kimmerer se ha convertido en una de las voces más influyentes en el diálogo contemporáneo entre ciencia occidental y conocimientos ecológicos tradicionales. Su obra más conocida, Una trenza de hierba sagrada (2013, publicada unos años después en español por la editorial Capitán Swing), recibió un amplio reconocimiento internacional por su capacidad para entrelazar memoria, ciencia y espiritualidad indígena. A ésta le antecedió Reserva de musgo: Una historia natural y cultural (edición original inglesa en 2003), también puesta a disposición del público de lengua española por Capitán Swing. Con El guillomo, donde se despliega una teoría económica y ética de la reciprocidad, queda completa una suerte de trilogía a la que podemos aproximarnos con provecho.
El guillomo defiende una economía del don basada en la gratitud y la reciprocidad, que se presentan como verdaderas energías renovables que aumentan con cada intercambio. Este sistema funciona de manera indirecta como redistribuidor de los recursos, priorizando las relaciones comunitarias frente al beneficio monetario: “Es probable que tengas más cuidado del gorro regalado que del que has comprado, pues el gorro regalado está tejido de relaciones” (p. 23). Una economía del don se inspiraría en una doble fuente: las economías amerindias indígenas, por una parte, y por otra la observación directa de la naturaleza, comenzando por el guillomo que da título al libro.
Se trata de un arbusto silvestre, típico de las montañas y zonas rocosas, conocido por tener flores blancas preciosas en primavera y frutos dulces, similares a pequeños arándanos negros, que maduran en otoño. La tierra, indica la autora, nos ofrece sus presentes (las bayas del guillomo) de manera desinteresada y por amor. Esto apunta no sólo hacia un sistema económico alternativo, sino también hacia otra forma de vivir en sociedad, de confiar en el otro y de crear comunidad. En un ejemplo ilustrativo, los vecinos de la autora dejan un puesto de productos de la granja gratis en la carretera, fortaleciendo así ese vínculo entre individuos y presentando formas alternativas al capitalismo de intercambio de bienes y servicios (tras la primera iniciativa, otros vecinos se suman a la misma: p. 33). También se presentan casos de intercambios libres de mediación monetaria que ya existen en la sociedad actual: así, la biblioteca pública se describe como “un ejemplo poderoso de la manera en que las economías del don logran coexistir con las economías de mercado, a una escala mayor” (p. 40). Destaca así también su presencia en el ámbito digital al que la mayoría de los estudiantes y jóvenes acuden, como es el caso de Wikipedia donde se trata la información como un bien común (p. 36).
Siguiendo este hilo, Kimmerer aborda la territorialidad y la propiedad bajo el supuesto de que los dones no pertenecen a nadie más que a la tierra y a sus comunidades de seres vivos en su totalidad. La colonización, en este marco, resulta estructuralmente incompatible con la lógica del don. Lo demuestra la protección del territorio Bear Ears (p. 31), primer monumento nacional con perspectiva tribal explícita, en cuya defensa cinco tribus separadas durante décadas se aliaron frente al gobierno: la tierra actúa, así, como principio aglutinador que disuelve las fronteras contingentes e históricas entre comunidades humanas. La propuesta de la autora no pretende ser un programa político cerrado ni un manifiesto, sino una invitación a desestabilizar los axiomas más arraigados del sistema económico dominante: “la economía ecológica surgió tras observar como el enfoque económico neoclásico es incapaz de proveer para todos y no toma en consideración los ecosistemas que son el sostén de nuestra vida” (p. 50).

La autora no elude, sin embargo, las tensiones internas del modelo que propugna. El caso del cazador que reparte su presa entre toda la aldea (incomprensible para el antropólogo formado en la lógica neoclásica de la escasez) ilustra que ante la no abundancia la respuesta no ha de ser acaparar sino establecer una relación de cooperación y gratitud: “nutre los lazos comunitarios que favorecen el bienestar mutuo (…) no es yo, sino nosotros” (p. 28-29). Pero también indica cómo el mismo puesto de granja que celebra la generosidad fue también objeto de robo, lo que pone en primer plano la problemática de los free riders: quienes se benefician del bien común sin contribuir a su sostenimiento. Frente a esta tensión, Kimmerer no apuesta por soluciones individualistas o punitivas (propias de la lógica de mercado), sino por una estrategia comunalista: la cohesión del grupo, la memoria colectiva, la gratitud compartida y el sentido de pertenencia a una comunidad más que humana actúan como mecanismos reguladores que desincentivan el aprovechamiento unilateral. Es, en esencia, la misma solución que ha ensayado la naturaleza durante millones de años.
Esta intuición ecológica encuentra un respaldo también en la economía académica: en las páginas 42-43, la autora dialoga implícitamente con la aportación de Elinor Ostrom, premio Nobel de Economía en 2009 y primera mujer en recibirlo. Ostrom demostró, contra el pesimismo de la célebre «tragedia de los bienes comunes» formulada por Garrett Hardin, que las comunidades humanas son perfectamente capaces de gestionar recursos compartidos como bosques, pesquerías, acuíferos… sin necesidad de privatizarlos ni de someterlos a regulación estatal, siempre que desarrollen normas colectivas, mecanismos de supervisión mutua y sanciones graduales acordadas por los propios implicados. Así pues, lo que Kimmerer observa en el mundo vegetal (la reciprocidad, la autorregulación, la memoria del grupo como freno al abuso individual) se parece mucho a lo que Ostrom encontró en las comunidades humanas que han gestionado con éxito sus bienes comunes durante generaciones: no la competencia sino el cuidado compartido como principio ordenador de lo colectivo.
El guillomo se presenta, en definitiva, como una invitación a imaginar formas de convivencia más justas y sostenibles. Uno de sus mayores aciertos formales es precisamente la capacidad de fundir lo científico (con aportaciones de especialistas como el lingüista y antropólogo Daniel Everett, las economistas Valerie Luzadis y Elinor Ostrom…) con la experiencia personal y los saberes indígenas, demostrando que la reciprocidad no es un concepto abstracto sino algo observable en la cotidianidad. Así se facilita que un público amplio se involucre en este movimiento ecosocial sin sacrificar el rigor del argumento. Es entonces cuando, a través de este lenguaje accesible y encarnado, Kimmerer nos propone un sistema económico alternativo e invita a cuestionar la economía de la escasez en la que vivimos, esa lógica capitalista que concibe los recursos como finitos y su distribución como un juego de suma cero, donde acumular es la única respuesta racional ante la amenaza de la carencia. Frente a ello, la autora opone una visión de abundancia natural: la naturaleza no opera desde la privación sino desde la generosidad estructural, y el guillomo, que produce frutos sin exigir retribución individual, se convierte en el símbolo vivo de esa otra posibilidad. Recordándonos así que las relaciones de cuidado, cooperación y reciprocidad ya existen en la naturaleza y que, quizás, también podrían orientar el futuro de nuestras sociedades: no como utopía abstracta, sino como aprendizaje concreto inspirado en el mundo que nos rodea.
John Burgoyne. Fragmento de la ilustración de portada de la ed. original de ‘The Serviceberry’.