«Donde el amor, allí el mundo». Reseña

 

Donde el amor, allí el mundo.

Por su fondo, Donde el amor, allí el mundo es una puerta a la riquísima biblioteca del pensamiento ecologista. Por su forma, también, es una muñeca matrioska. Una voz que contiene otra voz que a su vez contiene otra voz y otra y otra, porque —como en Gaia— el pensamiento es un cuerpo conformado por múltiples pieles. Capas y capas del conocimiento con el que nos obsequiaron aquellos que nos precedieron y aquellos que en este mismo instante están pensando con nosotros. Así, Jorge Riechmann es mucho más que un filósofo o que un excelente escritor, es un sereno que con una mano sostiene la luz que debe conjurar las tinieblas de nuestra ignorancia ecológica y con la otra sostiene un manojo de llaves imperfectas —pero honestas— que nos abren la puerta a las bases de una Nueva Cultura de la Tierra. Leer este libro es tomar una de esas llaves y abrir esa cancela.

El germen de este libro se recoge en otro ensayo anterior: Simbioética. Homo sapiens en el entramado de la vida (Plaza y Valdés, 2022). En aquellas páginas Riechmann nos hace tomar contacto con el neologismo simbioética. Una nueva manera de abrazar la biosfera, de orientar nuestras sociedades, nuestra forma de estar en el planeta basada en la simbiosis que, etimológicamente, significa «vivir en común o vivir juntos». Simbioética porque en nuestra radical ecodependencia e interdependencia, lo correcto y lo incorrecto; lo bueno y lo malo; la moral, aquello que tomamos como buen vivir; lo virtuoso; la felicidad; y el deber; todo aquello que rige la conducta humana ha de articularse en torno a la profunda asunción de que la vida que nos anima es el resultado de una íntima colaboración entre seres: vidas «que han de articularse con millones de otras formas de vida».

Donde el amor, allí el mundo se estructura alrededor de nueve bloques. Nueve bloques que recorren los grandes asuntos en los que se fundamenta la necesaria transformación cultural en este Siglo de la Gran Prueba. Estos son: la necesidad de una cultura Gaiana; la construcción de un pensamiento extramuros; y la defensa de un humanismo descentrado. O grandes debates como la cuestión de la población humana, la transición ecológica y los ambientalismos de lujo frente al ecologismo de emergencia. Continúa con un interesantísimo bloque dedicado a la esperanza. Y un capítulo final que da título al ensayo. Son algunos de los grandes ejes que atraviesan toda la obra del propio autor.

Los grandes problemas de la humanidad son el punto de partida: dominación, desmesura y xenofobia. Materializados en una tecnosfera que esconde un fuerte supremacismo humano cuyos instrumentos son la velocidad, la dominación, la agresión y la competencia. Al tiempo que construimos más autopistas y cercenamos cada vez más bosques, la expansión del mundo urbano-industrial —a la par que degrada y destruye el mundo natural— nos confunde, nos desencamina y nos desorienta.

Simbioética, teoría de Gaia y pensamiento sistémico

Portada de 'Simbioética' de Jorge Riechmann.

Es difícil reseñar un libro que se adentra en las complejidades de lo humano intentando abarcar todo aquello que forma parte de nuestro cosmograma. Aquellos puntos ciegos que hoy constituyen las razones por las que estamos dando la espalda no solo al único hogar posible que tenemos: este planeta, sino también al cuerpo al que pertenecemos: la biosfera. No obstante, lo intentaré.

Partiendo de la teoría de Gaia y la simbiogénesis como marco ideológico, Riechmann comienza ponderando entre unas éticas y otras: ¿éticas biocéntricas frente a éticas ecocéntricas? ¿Perder de vista al individuo por proteger a Gaia? Para resolver esta dicotomía, en una lúcida cabriola del pensamiento, nos desvela que lo necesario es una ética que nos coloque en un punto de partida sin centro, una ética descentrada, puesto que conceptualizar la naturaleza como algo separado y externo a nosotros es un error de base. Si la vida propicia la vida, ¿dónde está el centro?: y así, desde esa premisa, nos lleva de la mano al neologismo fluminista de Ginny Battson. Una ética del amor, que retomando el concepto de la realidad-río de Heráclito y una ontología procesual y relacional como base, valora en primer lugar los procesos vitales interconectados esenciales para la prosperidad de la vida. Una ética que no cede al holismo moral ni renuncia a la idea de florecimiento individual y que pone el foco en los procesos interconectados.

El fluminismo de Battson es una forma de honrar la red de la vida, una trama cuya regla maestra, que redunda en la expansión y la enorme fortaleza de esta «Tierra viviente», es la simbiosis. Autopercibirnos como simbiontes es descentrarnos. O ¿acaso es más importante que tú, tu flora intestinal? De esta manera y congruente, otro de los puntales a los que Riechmann presta atención es el enfoque sistémico y multifuncional (tan ausente) que nos haría renegar de reduccionismos de todo pelaje. Si las reglas que rigen la vida en la biosfera se asimilan a las de un superorganismo, a las de un holobionte (no solo como metáfora, también como realidad empírica), el pensamiento sistémico nos incita a concluir que no hay partes en absoluto, sino patrones dentro de una red de relaciones. En una visión sistémica de la biosfera constataremos que los seres vivos son redes de relaciones inmersas en redes mayores; y no una simple colección a modo de acumulación inconexa[1].

Construir pensamiento extramuros

Jorge Riechmann en los bosques del señorío de Bertiz, en 2021. Foto: M. Beltrán.

Jorge Riechmann en los bosques del señorío de Bertiz, en 2021. Foto: Marta Beltrán.

Ahora ya tenemos definidos algunos de los pilares centrales que nos permitirán reconocer este atroz antropocentrismo que atraviesa todos los aspectos de nuestras formas humanas de organizarnos. Vivimos encerrados en cápsulas de comodidad, sumidos en nuestros ombligos, aislados en ciudadelas cercadas que no nos permiten ver la vida que bulle más allá de esas murallas. A eso, a romper esas murallas, Riechmann lo ha venido a llamar pensamiento extramuros, una definición en extremo gráfica: romper con las losas de nuestros mitos, salir al exterior (a la naturaleza) y tomarnos en serio la materia, la energía, el territorio, los ecosistemas y las dinámicas evolutivas. No se es suficientemente materialista si solo hablamos de opresión, plusvalor y correlación de fuerzas y olvidamos nuestro metabolismo ecosocial, nuestra pertenencia a la biosfera. No se es suficientemente materialista si no damos espacio político (y real) al río o a la montaña o al resto de seres vivos. Necesitamos un nosotros solidario y compasivo con todos los seres terrestres.

Riechmann nos dice: «Hay que salir al exterior, extramuros. Hay que desafiar el antropocentrismo que nos parece tan natural. Hay que situar la aventura humana en el marco de la historia de la Tierra». Y más adelante, nos recordará que lo que importa es ser anti-antropocéntrico (declinado como anti-androcéntrico y anti-especista) y que en positivo esto conducirá hacia una ética de la simbiosis.

Según la Unesco, cultura es el conjunto de los rasgos distintivos, espirituales, materiales y afectivos que caracterizan una sociedad o grupo social. La cultura engloba, además de las artes y las letras, los modos de vida, los derechos fundamentales del ser humano, los sistemas de valores, creencias y tradiciones. En consecuencia, para materializar nuestra nueva cosmovisión es imprescindible redefinirla. Por tanto, frente a una cultura de la dominación y la crueldad necesitamos una cultura basada en la compasión, en el discernimiento del sufrimiento del otro, y en el deseo —y la acción— de aliviar, reducir o eliminar por completo su dolor. Frente a una cultura de la explotación y el lucro necesitamos una cultura ecofeminista que ponga en el centro los cuidados y reniegue de la dominación sobre la naturaleza y sobre el cuerpo de las mujeres y otros cuerpos. Y, al fin, frente a una cultura atravesada por el mecanicismo y alejada del pensamiento sistémico, necesitamos una cultura basada en la teoría de Gaia porque, si reconocemos la simbiosis como el mecanismo evolutivo por excelencia en este planeta (la llave maestra), estamos reconociendo que nosotros somos los otros, que no hay vidas más valiosas. Llegar ahí es abrazar nuestra radical ecodependencia y asumir que «los seres humanos no somos la única sede de valor, o las únicas criaturas agraciadas con una singular propiedad llamada dignidad».

Este sería el sustrato fértil en el que crecería el tallo fuerte de una nueva cultura gaiana, pero además tendríamos que abjurar de nuestra desmesura destronando a la tecnología, aspirando a sociedades humanas biomiméticas y a sociedades solares y sobrias, porque como dice Jorge Riechmann no se puede obviar el componente asceta del ecologismo por el que, en cualquier sociedad humana correctamente inserta en la biosfera, regiría el principio de autolimitación (contenerme para dejar existir al otro) y el principio de prudencia.

Descentrarnos

Me detengo ahora en el bloque titulado: «Por un humanismo descentrado» Aquí, el autor vuelve sobre la necesidad de descentrarnos. Y de la mano de Joaquín Araujo, evocando a su vez a Miguel Hernández, nos insta a superar las tres heridas:

La sima que existe entre los poderosos-ricos y los sometidos-pobres; la que descubrimos entre la humanidad y la naturaleza; y la no menor que desencuentra a cada uno de nosotros con nuestra propia naturaleza. Porque también hemos fracturado las conexiones de cada uno con la condición humana, con un verdadero humanismo, siempre propuesto, jamás alcanzado, pero hoy más lejos que nunca.

Buscar un humanismo no antropocéntrico —y no, no es una contradicción— sería descentrarnos con respecto a la tradición judeocristiana y cuestionar la figura del hombre como centro y corona de la creación, arquetipo del supremacismo humano.

Somos, nos define Riechmann, simios averiados, seres ego-centrados alrededor de un vacío, holobiontes en un planeta simbiótico, animales con responsabilidades especiales y criaturas capaces de transformarse en conciencia a sí mismas. Deberíamos ser capaces de descentrarnos. Necesitamos una profunda deshumanización en dos sentidos[2]. En un primer lugar, en el sentido ecológico del término en tiempos de Antropoceno (o Capitaloceno), necesitamos contraer nuestras actividades, retroceder, decrecer para dejar espacio ecológico al resto de seres vivos. Sería «deshumanizar la Tierra para que la vida florezca; también la vida humana, aunque suene paradójico». Pero, además, necesitamos deshumanizarnos en un sentido íntimo y liberarnos de nuestra inclinación egocéntrica al autointerés. Y esto es ineludible, estas deshumanizaciones sucederán en el siglo XXI. Ya que la concepción de que solo importa el ser humano o de que tenemos el control declinará en esta centuria[3].

Estamos en derrota, nunca en doma

Jorge Riechmann en los jardines de la Granja de San Ildefonso, ante una gran haya. Foto: Marta Beltrán.

Jorge Riechmann en los jardines de la Granja de San Ildefonso, ante una gran haya. Foto: Marta Beltrán.

No hace mucho, Antonio Guterres denunciaba que las naciones industriales habíamos abierto las puertas del infierno. Esto conlleva que no hay forma de evitar los peores escenarios sin abandonar los combustibles fósiles lo que, a su vez, supondrá una contracción económica de emergencia ya que el capitalismo global es subsidiario del petróleo por completo. Necesitamos decrecer aquí, en el Norte global, y decrecer (que significa en esencia empobrecernos según el estilo de vida estándar) requerirá reformular nuestra concepción de la vida buena. Y en esto, el ecologismo es el invitado que llega a la fiesta y pone encima de la mesa una calavera que nos obliga a mirar al futuro y a renegar de la aceleración y el consumismo voraz. No obstante, como el mayor triunfo del capitalismo ha sido y es el cultural, el diagnóstico del ecologismo social, ese que defiende una humanidad autocontenida en un mundo igualitario y justo, no es bienvenido. Por eso considero muy pertinente el bloque en el que Riechmann preconiza la necesidad de abrazar la esperanza.

Con toda seguridad, el trabajo primordial es construir una Nueva Cultura de la Tierra, una que nos permita, al fin, asumir nuestra condición de simbiontes. Y esta enorme tarea pasa por deconstruir las estructuras que nos rodean y nos empujan a los abismos de la extinción y, también, pasa por autoconstruirnos a nosotros mismos reformulando cómo y de qué manera podemos satisfacer nuestras necesidades sin pesarle a la biosfera. Un trabajo político y colectivo; y un trabajo individual y espiritual al que Riechmann llama conversión.

Pero esa humanidad autocontenida significa renuncias. Renunciar «al espacio ecológico que ocupamos; a la explotación neocolonial; al abuso patriarcal sobre las mujeres; a ese entretenimiento que desvalija nuestra conciencia y nuestra atención; y al confort que encubre las estructuras del crimen». Simplificar para vivir dentro de los límites del planeta y a su vez cubrir las necesidades de toda la humanidad. Una tarea titánica para nosotros pobres simios anclados a nuestros sentidos y a nuestras subjetividades.

Para no desarmarnos, nosotros, los ecologistas, a los que a menudo se nos acusa de catastrofismo porque tenemos la osadía de mirar al cielo y señalar al cometa —en ese ir contra corriente— debemos enhebrar una práctica sólida en torno a la esperanza. Pero una vez más, Riechmann pone patas arriba el común de los sentidos y va más allá proponiéndonos una esperanza contrafáctica, ajena a la psicología del optimismo, que nace del imperativo categórico kantiano. Una esperanza ligada a la acción a pesar de la conciencia del probable fracaso. Actuar sin autoengaño, con determinación, generosidad y amor. La esperanza sería así una forma de energía, no una garantía. Trabajar —intentarlo— puesto que en este mundo roto reparar algo, una sola cosa, solo un poco, ya es mucho. Parafraseando unos versos de Juan Gelman, diremos que de desaliento, trabajo y esfuerzo está forjada nuestra esperanza.

Por último, quiero enfatizar lo hermoso de este verso de Juan Ramón Jimenez: «Donde el amor, allí el mundo» que da su nombre al libro. Y lo haré recurriendo a unos renglones leídos en ¿Derrotó el smartphone al movimiento ecologista? Allí, Jorge Riechmann escribe:

Deberíamos dar un salto cualitativo en ciertas dimensiones básicas de valor (cooperación, cuidado, igualdad, sustentabilidad, biofilia) y organización social, salto del que cabe hablar en términos de conversión. Pero como se ve, ni siquiera los observadores más lúcidos que otean desde la atalaya de la cultura dominante (tipo Ian Morris) conceden el menor crédito a la opción de amarnos los unos a los otros.

Imposible obviarlo, cuando sabemos que este será el siglo en el que la derrota de los glaciares —entre otras— acarreará migraciones masivas como nunca antes presenció la humanidad. Imposible no preguntarse cómo vamos a resolver la imperiosa necesidad de millones de seres por su derecho no solo a una vida digna, sino a la propia vida. ¿Cómo lo vamos a afrontar de una manera mínimamente ética, mínimamente digna y mínimamente gaiana, si no es con amor? O, como escribe nuestro autor: «La esperanza no puede venir de ninguna clase de confianza desinformada en el futuro, sino de la fuerza de los cuerpos que se abrazan ahora». Sí, en la oscuridad que hoy nos envuelve, esta es la pequeña llama, que entre las manos Riechmann nos entrega.

Levántate y piensa[4]

En esta reseña no me he ocupado de algunas cuestiones desarrolladas con maestría por el autor como son el problema demográfico de la población humana o el bloque dedicado a lo que es y lo que no es la transición ecológica. No lo he hecho porque son temas algo más tratados. También he omitido el diálogo coral de las innumerables voces que Riechmann maneja para cimentar sus tesis. Lo he omitido por pura incapacidad de seleccionar, extractar y citar aquello que me parece más relevante. Creo que este ensayo es un poco Rayuela, que tiene una y mil lecturas. Y no, no son teorías, sino embriones en ciernes que nos abren a mundos nuevos, que nos sacan de la costumbre perezosa y timorata de pensar que la manera en que vivimos ahora es la única manera en que se puede vivir[5]. Así pues, no dejes de leerlo, no dejes de subrayarlo y no dejes de recomendarlo. Y sobre todas las cosas, levántate y piensa.

Tratamiento digital de un fragmento de la imagen de portada del libro, a partir del cuadro The Doryman, de N. C. Wyeth (1938).

Notas

[1] Fritjof Capra, La trama de la vida, p. 57.

[2] Cita aquí a Joseba Azkarraga.

[3] Cita aquí a Paul Kingsnorth.

[4] Julio Anguita, «Levántate y Piensa«.

[5] Ursula K. Le Guin, Contar es escuchar.