«Aunque la banca y las energéticas multiplican sin parar sus beneficios, su voracidad no se ve saciada. Quieren más: contribuir menos a las pensiones, reducir el salario mínimo, no financiar los daños medioambientales que provocan, frenar los salarios en general. No quieren empleados, quieren esclavos», escribe José Ovejero.
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10 de octubre
Feijóo dice que su gobierno pedirá sacrificios. Ya sabemos a quién se los va a pedir y a quién no.
Leo con repugnancia los lloriqueos de los grandes empresarios –trasfondo de las declaraciones de Feijóo–, que se oponen una y otra vez a la subida del salario mínimo, acusan a los trabajadores de defraudar, defienden el sacrosanto derecho a la propiedad para justificar desahucios y especulación, se rasgan las vestiduras ante cualquier amago de aumentar su contribución a la sociedad. Siento repugnancia y rabia porque desvían la discusión del auténtico problema en España, que en realidad es perfectamente conocido: mientras los márgenes empresariales llevan décadas creciendo, los salarios reales descienden continuamente. La subida de las pensiones y de los salarios no compensa ni de lejos la pérdida de poder adquisitivo de los trabajadores. Aunque la banca y las energéticas multiplican sin parar sus beneficios, su voracidad no se ve saciada. Quieren más: contribuir menos a las pensiones, reducir el salario mínimo, no financiar los daños medioambientales que provocan, frenar los salarios en general. No quieren empleados, quieren esclavos.
El discurso de sus mamporreros sobre inmigración, gran reemplazo, comunismo, valores tradicionales, solo pretende ocultar ese hecho y aprovechar la rabia de los más desfavorecidos –que salen peor parados aún en este proceso– para que destruyan el sistema que, al menos potencialmente, podría paliar sus problemas.
Pero en ese «potencialmente» está también el origen de la desafección: los gobiernos de izquierda, «progresistas», como se dice ahora de forma significativa, no han sido capaces más que de poner paños calientes para sanar una rotura, la del pacto social, o se han puesto descaradamente del lado de sus causantes.
11 de octubre
En una entrevista me preguntan qué se puede hacer para frenar el auge del fascismo y de la deshumanización de nuestras sociedades. La confianza que tienen algunos en la capacidad de los escritores para mejorar el mundo es conmovedora. Intento entenderlo mínimamente, al menos para que no me engañen, mirando lo que se agazapa tras los consensos y los silencios, lo que ocultan las máscaras que llevamos puestas. Y quizá buena parte de la literatura no sea más que eso, una forma de no aceptar los relatos dominantes. León Felipe, con un optimismo excesivo, escribió: «Yo no sé muchas cosas, es verdad, / pero me han dormido con todos los cuentos… / y sé todos los cuentos». Pero nunca acabamos de sabernos todos los cuentos, y seguimos leyendo y escribiendo, porque el lobo no es siempre quien enseña los colmillos y la abuelita esconde un cuchillo en la faltriquera.
A veces escribo algo en el diario para poner orden en un pensamiento y para pensarlo un poco más y descubrir si de verdad creo lo que creo y por qué. Para escribir uno de los párrafos anteriores he consultado prensa económica. Creía saber que era como lo he escrito, pero está bien contrastar lo que uno piensa con los datos. En este caso, coinciden. En otros, no.
En El mundo de ayer, Stefan Zweig culpa del auge del nazismo en parte al desenfreno de los primeros años veinte, una sucesión de orgías y depravaciones que llevaron a los alemanes a anhelar el orden y la razón perdidos y a encontrarlos en las promesas del nazismo. Sin embargo, el orden y la razón burgueses que él añoraba estaban en la raíz de la Primera Guerra Mundial, y era consciente de que el fascismo se desarrolló en Italia sin que el país hubiese conocido la debacle de la hiperinflación que sí vivió Alemania y empujó a muchos a una desconfianza radical hacia el futuro. Aquellas danzas de la muerte eran una respuesta impotente y desesperada a un nacionalismo agresivo que no solo había destruido el país –y casi toda Europa– y que buscaba nuevos ropajes para imponerse. La extrema derecha nacionalista había asesinado durante la guerra y siguió haciéndolo justo después: el mismo Zweig recuerda los asesinatos de Erzberger –que negoció el armisticio– y de Rathenau –que negoció el Tratado de Versalles–. El nazismo no nació en un vacío ni del horror por la depravación del mundo, que no era más que una excusa para reactivar los valores viriles y ultraconservadores que nunca habían desaparecido. Zweig se da cuenta de la continuidad entre los artífices del desastre y quienes prometían devolver al orden y al poderío a la nueva Alemania, pero a la vez culpa de empujar a la sociedad a los brazos de Hitler a los pervertidos berlineses: «…ni siquiera en la Roma de Suetonio se vieron orgías como las de los bailes berlineses de travestis…», escribe.
A pesar de lo distinto de los tiempos actuales, no puedo dejar de pensar en quienes acusan del auge de la extrema derecha a transexuales, homosexuales y lesbianas, feministas «radicales» y a eso que llaman woke en general: la buena gente conservadora, espantada de tanta depravación y estridencia y por la disolución de los valores familiares, se entrega a los ultraderechistas para que vuelva a reinar el orden. La libertad, para muchos, solo es buena mientras no se utiliza.
13 de octubre
Esta noche he soñado que hablaba en un club de lectura de uno de mis libros y el moderador era Pedro Sánchez. Salíamos muy tarde del encuentro y Pedro y yo nos metíamos en un barrio que nos estaba pareciendo muy chungo. Entonces, no sé de dónde, sacó un avión y escapamos. La política invade mis sueños.
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