Prof. Abdullahi Danladi PressTV 12/08/26
Hay momentos en que la historia no necesita un largo discurso. Una sola imagen es suficiente.
El mundo está ahora inundado de informes que indican que, tras su reciente visita a Turquía, el presidente estadounidense Donald Trump tuvo que ser trasladado en secreto en un vehículo de catering o de servicio de comidas ante el temor a un ataque con misiles iraníes.
Independientemente de que se confirmen o no todos los detalles de este relato dramático, su simbolismo ya ha cautivado la imaginación de millones de personas.
El supuesto presidente más poderoso del mundo, comandante en jefe de la que se cree que es la maquinaria militar más formidable del planeta, desapareció de la vista pública por temor a los misiles.
No hay nada de malo en tomar precauciones de seguridad. Un jefe de Estado tiene derecho a protección, y los gobiernos responsables no pueden simplemente exponer a sus líderes a un asesinato. Pero este episodio plantea una cuestión mucho más profunda, que va más allá de Trump, Irán o la política de represalias.
Esa cuestión se torna particularmente explosiva cuando este episodio se compara con los relatos de los últimos días del mártir Líder de la Revolución Islámica, el ayatolá Seyyed Ali Khamenei.
Según los informes, cuando fue advertido de una amenaza estadounidense de asesinato y se le instó a trasladarse a un lugar más seguro, se negó a abandonar su puesto. Su razonamiento era simple: ¿cómo podía velar por su seguridad personal mientras el pueblo iraní permanecía expuesto al peligro?
Difícilmente podría haber un contraste más llamativo.
Un líder es llevado a un lugar secreto, pues la muerte podría acecharlo en un contenedor. El otro se niega a esconderse a pesar de las repetidas peticiones, pues considera que el destino de su pueblo es inseparable del suyo propio.
Esta no es simplemente una historia sobre seguridad. Es una historia sobre liderazgo. Es una historia sobre la diferencia entre ejercer el poder y convertirse en la encarnación de una causa.
Estados Unidos puede poseer portaaviones, armas nucleares, satélites, redes de inteligencia y el aparato militar más sofisticado. Sin embargo, cuando la amenaza se vuelve suficientemente grave, el presidente debe ocultarse y desplazarse en un vehículo oficial de apariencia común.
La mayor potencia militar del mundo puede proteger a un presidente con tecnología casi inimaginable, pero no puede hacerlo inmune al miedo. Esta es la incómoda verdad sobre el poder: la posesión de armas no elimina la vulnerabilidad.
Un Estado puede tener el poder destructivo suficiente para aniquilar ciudades, pero el individuo que ostenta ese poder sigue siendo un ser humano que aún puede temer que un dron o un misil se dirija hacia él.
Y es precisamente aquí donde la conducta del líder mártir de Irán presenta un contraste tan profundo. Cuando le dijeron que sus enemigos querían asesinarlo, su respuesta no fue «¿dónde está el búnker más seguro?», «¿dónde está el escondite más seguro?» ni «¿qué tan rápido puedo desaparecer?».
En cambio, su postura era que no podía simplemente salvarse a sí mismo mientras millones de iraníes seguían expuestos a los ataques estadounidenses e israelíes.
A nivel intelectual, esta decisión merece seria atención y reconocimiento porque representa una concepción de liderazgo ajena a la cultura política moderna de privilegio y aislamiento.
El gobernante moderno suele vivir tras muros. El pueblo vive fuera. El gobernante viaja en convoyes. El pueblo viaja en condiciones de inseguridad. El gobernante tiene guardaespaldas. Se espera que el pueblo se proteja. El gobernante dispone de refugios subterráneos. Se le dice al pueblo que debe soportar las consecuencias de las decisiones tomadas en los palacios presidenciales.
Pero la concepción revolucionaria del liderazgo subvierte este esquema. El verdadero líder dice: si mi pueblo está amenazado, no puedo esconderme para protegerme. Si el martirio es el destino de mis compatriotas, debo estar preparado para afrontarlo yo mismo.
Se trata de una concepción diferente de la autoridad política. Se fundamenta en la idea islámica de que el liderazgo no es simplemente un privilegio, sino una amanah, una responsabilidad sagrada. Y en ningún otro lugar esta filosofía está tan profundamente arraigada en la memoria islámica como en los sucesos de Karbala.
El Imam Hussain (AS) no huyó del peligro, aun teniendo la opción de salvar su vida. Sabía que las fuerzas que lo amenazaban eran mucho más poderosas. Conocía las posibles consecuencias. Sin embargo, se negó a sacrificar la verdad por su supervivencia.
Por lo tanto, Karbala desmintió la idea de que la persona más fuerte es necesariamente la que posee las mejores armas. A veces, la persona más fuerte es aquella que se niega a ser amenazada, intimidada o doblegada.
Por eso, la conducta del ayatolá Jamenei resuena tan profundamente en el discurso revolucionario de la resistencia. Un líder dispuesto a morir no se deja intimidar fácilmente por la amenaza de asesinato.
Puedes amenazar su oficina. Puedes amenazar su propiedad. Puedes amenazar su seguridad. Puedes amenazar su vida. Pero una vez que acepta que la muerte no es la derrota definitiva, el arma psicológica del asesinato comienza a perder su poder.
Y precisamente por eso el martirio ha aterrorizado históricamente a los imperios. Los imperios saben cómo combatir ejércitos. Saben cómo destruir infraestructuras. Saben cómo imponer sanciones. Saben cómo asesinar individuos. Pero les cuesta derrotar a un pueblo que ha transformado el sacrificio en una fuente de fortaleza.
La tragedia de la política contemporánea radica en que demasiados líderes se han acostumbrado a pedir a la gente común que demuestre una valentía que ellos mismos no están dispuestos a demostrar.
Envían a jóvenes a la batalla mientras sus familias permanecen a salvo fuera del campo de batalla. Exigen a los ciudadanos que soporten las dificultades mientras sus propias vidas se mantienen al margen de ellas. Hablan de sacrificio desde recintos fuertemente fortificados.
Y cuando llega el peligro, su primer instinto suele ser no mezclarse con la gente, sino desaparecer tras un perímetro de seguridad. Por eso, el contraste entre Trump y el ayatolá Jamenei se ha vuelto tan evidente.
No se trata simplemente de que uno viajara en un vehículo de reparto de comida y el otro se negara a esconderse. Se trata de que ambas imágenes representan dos relaciones psicológicas con el poder radicalmente diferentes.
Por supuesto, tomar medidas de seguridad responsables no es cobardía. Ningún observador serio debería argumentar que un líder político deba exponerse deliberadamente a un asesinato simplemente para demostrar valentía.
Un líder tiene el deber de preservar su capacidad para servir a su pueblo. Pero existe una profunda diferencia entre la protección razonable y el desapego del destino del pueblo. La verdadera prueba llega cuando la seguridad personal entra en conflicto con la seguridad colectiva y la solidaridad.
Y ahí radica la fuerza de la decisión tomada por el ayatolá Khamenei. Se negó a abandonar a su pueblo no porque se creyera físicamente invencible ni porque desconociera la capacidad de sus enemigos.
Pero porque consideraba que el liderazgo era inseparable de la responsabilidad. Este es el tipo de liderazgo que no se puede fabricar con consultores de relaciones públicas. No se puede comprar con miles de millones de dólares. No se puede producir con tecnología militar. Se forja con fe y convicción.
Y esta es la lección que los poderosos del mundo deberían temer más que a cualquier misil. Un líder que teme a la muerte puede ser controlado por la amenaza de muerte. Un líder que ha aceptado el martirio no puede ser controlado fácilmente por él.
El misil puede destruir el cuerpo. El asesinato puede eliminar al individuo. Pero no necesariamente destruye la idea por la que esa persona estaba dispuesta a morir.
De hecho, la historia demuestra repetidamente lo contrario: a veces, la muerte de un líder comprometido otorga a su causa una vida mucho mayor de la que el individuo podría haber logrado en vida.
Karbala es el ejemplo supremo. El martirio del Imam Hussain (AS) no sepultó su mensaje, sino que lo inmortalizó. El intento de sofocar la resistencia se convirtió en el mecanismo mediante el cual esta adquirió un lenguaje eterno.
La historia juzgará a los líderes por muchos aspectos: sus políticas, sus victorias, sus errores y sus consecuencias. Pero también planteará una pregunta más sencilla: ante una amenaza, ¿dónde estaba el líder? ¿Estaba detrás del pueblo? ¿Estaba al frente? ¿O simplemente se escondía para protegerse?
El profesor Abdullahi Danladi es miembro del Movimiento Islámico en Nigeria.