Desde sus primeros años de existencia, la República Islámica de Irán desarrolló una visión del mundo y un pensamiento estratégico. Ante la guerra que Israel y Estados Unidos le impusieron, Irán ha tenido que coordinar sus fuerzas armadas y su diplomacia, mientras que sus logros militares le han permitido plantearse la manera de continuar adelante con sus objetivos revolucionarios y garantizar simultáneamente la protección de su pueblo.
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La visión del imam Khomeiny
1- El imam Ruollah Khomeiny no era un especialista de las relaciones internacionales. Pero para él era evidente que el Reino Unido y Estados Unidos eran los adversarios de siempre de Irán. El imam Khomeiny pensaba también que Israel era una posición avanzada de los anglosajones en el Medio Oriente [1].
2- Durante la «guerra impuesta» a su país por las potencias occidentales desde Irak (1980-1988), el imam Khomeiny vio con horror el uso de los misiles cargados de gases venenosos que se abatían sobre las ciudades iraníes. Pensó entonces que su país nunca debería rebajarse a usar armas de destrucción masiva como aquellas… o como las bombas atómicas. En 1988, cuando la guerra alcanzaba ya casi 10 años de duración sin perspectivas de victoria a la vista, el imam Khomeiny redactó una fatwa en la que ordenaba el desmantelamiento del programa nuclear militar heredado del régimen de shah y de Francia. Fue una decisión difícil y el imam Khomeiny la tomó sabiendo que aquella decisión prolongaría la guerra.
Aquella fatwa del imam Khomeiny fue ratificada por su sucesor, el ayatola Alí Khamenei. Es estúpido creer que los Guardianes de la Revolución –una fuerza basada en una fuerte doctrina– aceptarían violar una fatwa [2] o que permitirían que otros iraníes la violaran.
3- Una tercera posición del imam Khomeiny consistió en considerar que su primera obligación era defender la unidad del mundo islámico (Umma), incluso antes que garantizar la victoria en una guerra. Khomeiny había concluido un pacto de no agresión con Hassan al-Banna, el fundador de la Hermandad Musulmana. Khomeiny y al-Banna se habían visto en 1938 y habían acordado un pacto de no agresión en 1947 [3]. Pero Khomeiny y al-Banna nunca tuvieron la misma visión del islam y, a partir de 1949, la Hermandad Musulmana se convirtió en una secta secreta esencialmente controlada por los británicos.
Hoy en día, Irán mantiene relaciones con la Hermandad Musulmana y la invita a sus congresos panislámicos anuales mientras que, por otro lado, Teherán lucha contra organizaciones terroristas como Al-Qaeda y Daesh, cuyos dirigentes han sido, o son, miembros de la Hermandad Musulmana.
En 2005, el entonces presidente de la República Islámica, Mahmud Ahmadineyad industrializó el país, que hasta aquel momento había vivido únicamente del petróleo. Ahmadinayad emprendió después un vasto programa científico, dirigido a descubrir los secretos de la fusión nuclear. El objetivo del presidente Ahmadineyad era revitalizar la revolución antimperialista del imam Khomeiny gracias al descubrimiento de una fuente de energía que pondría fin a la dominación de las compañías petroleras y liberaría el Tercer Mundo –un proyecto sistemáticamente saboteado por Israel, que se dedica a asesinar los científicos nucleares iraníes.
El derecho a responder militarmente a la agresión y a liberar los Estados ocupados
La guerra que Israel y Estados Unidos iniciaron contra Irán, el 28 de febrero de 2026, abrió del lado iraní una reflexión estratégica. Ante la imposibilidad de responder atacando el territorio de Estados Unidos, a 10 000 kilómetros de las costas iraníes, los Guardianes de la Revolución atacaron las bases militares estadounidenses en el golfo Pérsico… y se sorprendieron al ver las importantes consecuencias de su respuesta militar. Sin sus bases en la región, el agresor estadounidense se vio gravemente disminuido –para mantener sus ataques contra Irán, tendría que disparar desde la isla de Diego García o desde Alemania.
Fue entonces cuando los diplomáticos iraníes también entraron en acción, recordando que el derecho internacional reconocía como legítima la respuesta militar de su país. Los diplomáticos iraníes sacaron a la luz la resolución 3314 (XXIX) de la Asamblea General de la ONU, que estipula que el derecho a responder a la agresión permite al Estado agredido extender su respuesta militar a los Estados que albergan bases militares al servicio de los Estados agresores [4].
Algunos de los Estados de la región alcanzados por la respuesta militar iraní, como Emiratos Árabes Unidos, habían organizado –durante cerca de 50 años– las redes que permitían a Irán burlar el asedio económico estadounidense –o sea, las medidas coercitivas unilaterales impropiamente denominadas “sanciones” en Occidente. Los estrategas occidentales consideraban impensable que Irán atacara a esos países, por considerarlos “aliados”. Pero los Guardianes de la Revolución decidieron atacarlos para demostrarles que Estados Unidos no los protegía sino que, al contrario, sólo los utilizaba y los ponía en peligro. Los diplomáticos iraníes recordaron a sus vecinos árabes que, según el derecho internacional, van a tener que prohibir que las bases militares existentes en sus territorios sean utilizadas para agredir la República Islámica porque ese tipo de acción los convierte en cómplices de la agresión.
Pero las élites políticas árabes, sobre todo las del golfo Pérsico, siguen siendo sumisas ante las antiguas potencias coloniales. Generalmente, incluso las admiran. Emiratos Árabes Unidos es independiente sólo desde 1971. Hasta entonces, era sólo un “dominio” del Imperio británico, una pieza más del “Imperio de Indias”.
Todos esos factores hicieron que los ataques iraníes tuvieran el efecto de la clásica ducha fría sobre los Estados del golfo Pérsico al mostrarles que:
1) Estados Unidos, la primera potencia militar de la guerra fría, era incapaz de protegerlos;
2) las Naciones Unidas tampoco podían protegerlos dado el hecho que la resolución 2817, adoptada por el Consejo de Seguridad el 11 de marzo, en realidad viola el derecho internacional;
3) por consiguiente, las naciones árabes del golfo Pérsico se hallaban indefensas ya que ninguna dispone de un ejército realmente digno de ese nombre –los ejércitos de Arabia Saudita y de Qatar se componen principalmente de soldados extranjeros.
Fieles a la enseñanza del imam Khomeiny, los Guardianes de la Revolución programaron sus ataques con la intención de desorganizar las sociedades árabes del golfo Pérsico y, simultáneamente, hacer que sus Estados perciban la necesidad de liberarse de los anglosajones.
El control del estrecho de Ormuz y la liberación de los bancos extranjeros sometidos al Departamento del Tesoro
El Sultanato de Omán fue el primero en dar el paso. Ese país no albergaba bases estadounidenses, pero cerró su espacio aéreo y sus aguas territoriales a la aviación y a los buques de guerra de Estados Unidos.
Viendo como los armadores occidentales eran presa del pánico, los Guardianes de la Revolución comprobaron que el control sobre el estrecho de Ormuz les permitía influir efectivamente en la economía de Occidente, que desde 50 años ha venido apoyando el asedio que los anglosajones imponían a Irán. Reforzando esa postura, los diplomáticos iraníes subrayaron que el derecho internacional autoriza el cierre del estrecho al paso de los países agresores.
Los Guardianes de la Revolución decidieron entonces prohibir el paso a los barcos con banderas anglosajonas o vinculados a compañías de los países anglosajones. Los diplomáticos señalaron que el derecho internacional no autoriza el cobro de un “peaje” por el paso a través de un estrecho pero que sí autoriza los Estados ribereños a adoptar medidas destinadas a proteger el medioambiente. Por ejemplo, Irán y Omán pueden exigir juntos garantías a los petroleros en previsión de una catástrofe medioambiental como la del Amoco Cadiz.
El 1º de mayo, con la creación de la Autoridad del Estrecho del Golfo Pérsico (PGSA, siglas en inglés), incluso antes de haber obtenido el visto bueno de Omán, los Guardianes de la Revolución convirtieron esta guerra en una herramienta de su revolución antimperialista. Para cruzar el estrecho de Ormuz, los buques occidentales van a tener que depositar, en ciertos bancos iraníes, fondos de garantía que podrán recuperar después del tránsito por esa vía marítima.
El problema para Occidente es que el asedio contra Irán incluye el acceso de ese país al sistema Swift de transacciones bancarias: todos los bancos occidentales se comprometieron con el Tesoro estadounidense a no comerciar con Irán, bajo la amenaza de multas astronómicas. Por ejemplo, el banco francés BNP, que mantenía intercambios con Irán y con Cuba, tuvo que pagar una “multa” de 9 000 millones de dólares. Eso significa que ningún banco occidental está dispuesto a “violar” el asedio que los anglosajones imponen contra Irán… a menos que, claro está, los armadores empujen los responsables políticos a liberarse de los anglosajones.
Eso demuestra que la cuestión alrededor del estrecho de Ormuz no es la imposición de un “peaje” –que nunca existió. El problema reside en la sumisión de los aliados de Estados Unidos a la Foreign Account Tax Compliance Act (FACTA, una ley estadounidense sobre la conformidad fiscal de las cuentas extranjeras), sumisión que los convierte en cómplices de las maniobras estadounidenses.
Vale la pena recordar aquí que la “civilización” occidental se forjó en la Edad Media, alrededor de la condena, por parte de la Iglesia católica, de los asedios militares, y que esa misma Iglesia católica hoy sigue condenando los asedios impuestos contra países como Cuba, Irán y Corea del Norte.
Por otro lado, Irán ha solicitado al movimiento yemenita Ansar Allah que cierre el estrecho de Bab el-Mandeb a los barcos vinculados a los países agresores. Ese movimiento ya anunció que los barcos israelíes y estadounidenses deben abstenerse de transitar por allí.
Sin haberse resuelto aún la cuestión de la complicidad de Occidente con las medidas anglosajonas de asedio, los iraníes comprobaron que, a pesar de que el 11 de abril Estados Unidos había aceptado, en Islamabad, el principio de un alto al fuego “en todos los frentes”, incluyendo Líbano, Washington no reaccionaba ante los ataques de Israel contra ese país. El 16 de abril, el presidente estadounidense Donald Trump incluso había proclamado un alto al fuego entre Israel y Líbano [5].
Los iraníes se interrogan entonces sobre las relaciones entre Estados Unidos e Israel. Unos piensan que Estados Unidos e Israel persiguen los mismos objetivos de dominación, otros que Washington y Tel Aviv se han repartido los papeles de “policía bueno” y “policía malo”. Pero un tercer grupo estima que Donald Trump y Benyamin Netanyahu ya no están en sintonía.
En todo caso, todos juntos deciden hacer lo posible por alejar las posiciones estadounidenses de las de Israel. Irán anuncia que los ataques israelíes contra Líbano violan los acuerdos preliminares de Islamabad y, por consiguiente, el alto al fuego, y amenaza con reanudar sus propios ataques contra Israel. El presidente de Estados Unidos, donde el apoyo a Israel es una cuestión histórica e indiscutible, se ve impedido de lograr la paz en el golfo Pérsico a causa de los ataques de Benyamin Netanyahu contra Líbano.
Inicialmente, el presidente Trump impone el inicio de negociaciones de paz, en Washington, entre Israel y el gobierno libanés. Esas conversaciones comienzan en presencia del subsecretario de la Guerra de Estados Unidos, el principal teórico de la agresión estadounidense contra Irán. Los israelíes exigían el desarme total del Hezbollah mientras que el gobierno libanés, expresando su conformidad con esa exigencia de Israel, reclamaban, primero que todo, la aplicación del “mecanismo”, o sea del alto al fuego pactado entre las dos partes el 27 de noviembre de 2024.
En este punto, se impone una mirada a la historia. En 1948, varios Estados árabes iniciaron una guerra contra el Estado israelí, autoproclamado en violación del plan de “partición de Palestina” de las Naciones Unidas. Los combatientes libaneses, encabezados por el emir druso Majid Arslan lograron varias victorias, pero Reino Unido, favoreciendo a la comunidad judía en Palestina, lanzó contra ellos el “ejército cisjordano”, encabezado por el general británico John Bagot Glubb y dirigido por sus oficiales británicos. Aquella guerra entre árabes e israelíes se presentó falsamente en Occidente como una victoria israelí, cuando en realidad fue una victoria de los británicos.
En 1965, la Liga Árabe decidió cesar todo contacto con el autoproclamado Estado de Israel. Líbano adoptó entonces una ley que prohíbe a los nacionales libaneses cualquier tipo de acuerdo –sea financiero, cultural o intelectual– y todo tipo de relación, en cualquier ámbito, con entidades o particulares israelíes. Esa ley libanesa contempla penas de 3 a 10 años de trabajos forzados para todo libanés que la infrinja. Además, según los artículos 273, 275 y 285 del Código Penal libanés todo “contacto con el enemigo” israelí constituye un crimen punible con la pena de muerte. Sin embargo, las delegaciones del gobierno libanés y de Israel se reunieron en Washington sin que el parlamento libanés derogara esas disposiciones.
El 29 de mayo, mientras las delegaciones del gobierno libanés y de Israel iniciaban en Washington una nueva ronda de negociaciones –ilegales a la luz de las leyes libanesas–, el ejército israelí arremetía nuevamente contra varias localidades del sur de Líbano, ordenando a sus pobladores abandonar sus casas y bombardeándolas. El 31 de mayo, las tropas israelíes ocuparon el castillo medieval de Beaufort, en suelo libanés. Habiendo comprobado que Israel negociaba en Washington sólo para ganar tiempo, los Guardianes de la Revolución iraníes reanudaron sus ataques contra Israel.
Furioso, el presidente Trump inicialmente lanzó entonces todo tipo de amenazas contra Irán. Pero luego cedió, obligó Israel a detener sus ataques y aceptó los principales reclamos de la parte iraní. Irán lograba así instaurar una seria divergencia entre Washington y Tel Aviv. La relación entre Estados Unidos e Israel, antes coordinada, es ahora de naturaleza jerárquica.
[1] «¿Quién es el enemigo?», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 4 de agosto de 2014.
[2] Una fatwa es un decreto religioso de obligatorio cumplimiento para todos los creyentes. Nota de Red Voltaire.
[3] «La Hermandad Musulmana, como cofradía de asesinos», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 29 de junio de 2019.
[4] «¿Derecho internacional o bases militares extranjeras? Esa es la cuestión», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 7 de abril de 2026.
[5] «Au Liban, un cessez-le-feu fragile entre Israël et le Hezbollah», Luc Bronner y Helene Sallon, Le Monde, 17 de abril de 2026


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