El «Guernica Africano» de Dumile Feni en el Reina Sofía

El arte posee la facultad de trazar genealogías invisibles, puentes temporales entre tragedias separadas por la geografía. La exposición La historia no se repite, pero rima, comisionada por Tamar Garb en el Museo Reina Sofía, materializa este fenómeno al situar en confrontación directa dos tótems de la resistencia visual. Frente al colosal lienzo antibelicista de Pablo Picasso descansa, por primera vez fuera de las fronteras sudafricanas, el African Guernica (1967) del artista Dumile Feni. Este encuentro físico opera como un acto de justicia poética. Invita a examinar los legados del colonialismo, la violencia institucionalizada, las formas en que los creadores racializados desarticularon las narrativas opresoras de su tiempo. La yuxtaposición física de los cristales en la sala genera un reflejo imprevisto. Las figuras picassianas se proyectan sobre el trazo de Feni, un bucle estético que devuelve al espectador la deuda histórica de las vanguardias occidentales con la plástica de la Memoria Histórica Africana.

African Guernica

Nacido en Worcester en 1942, Dumile Feni creció bajo el peso asfixiante del apartheid. Su producción emergió en la década de 1960, un periodo marcado por la ilegalización de los movimientos de liberación, la imposición de los guetos urbanos llamados townships. Los creadores negros sufrían una segregación sistemática. Las instituciones oficiales dictaminaban que su labor debía reducirse a la artesanía utilitaria, un «arte nativo» dócil destinado al consumo turístico. Feni pulverizó este dogma supremacista. Decidió emplear formatos monumentales, técnicas consideradas académicas, una aproximación conceptual que la crítica denominó el expresionismo de los townships. Su audacia técnica se convirtió en una declaración de soberanía intelectual. El dibujo African Guernica, ejecutado con carboncillo y lápiz sobre pliegos de papel de periódico, constituyó una afrenta directa al régimen de Pretoria en la Gallery 101 de Johannesburgo. Esta galería representaba uno de los poquísimos espacios donde se permitía exhibir a autores no blancos.

El ensayo visual de Feni elude la propaganda directa. Apuesta por una codificación simbólica de la degradación humana. En sus dimensiones de más de dos metros de ancho, la pieza despliega una pesadilla zoomorfa, una maraña de cuerpos en tensión que capturan el terror cotidiano del racismo de Estado. Una de las imágenes más perturbadoras muestra una vaca de ubres prominentes alimentando a un bebé humano. Esta estampa oscila entre el amparo maternal, el horror siniestro de una criatura despojada de su condición humana. Las texturas densas del carbón evocan la precariedad de la vida segregada. El espacio fragmentado hereda la lección formal del cubismo europeo, un lenguaje que Picasso desarrolló tras asimilar las máscaras e iconografías africanas. Feni toma ese código europeo de vuelta. Lo resignifica para denunciar la deshumanización del supremacismo blanco en el sur del continente. Su pincelada es un ejercicio de Descolonización del Arte que subvierte la mirada etnocéntrica, devolviendo el peso de la historia a los cuerpos que sostienen el dolor.

Dentro de esta cartografía del sufrimiento, la figura de la mujer adquiere una centralidad metafísica fundamental. Las representaciones femeninas de Feni, visibles en estudios complementarios de la muestra como Woman and Boy, encarnan la columna vertebral de la supervivencia comunitaria. Las mujeres del artista no son víctimas pasivas. Sostienen la estructura familiar en medio del desplazamiento forzado, la persecución policial. Sus rostros deformados por el dolor asumen una dignidad totémica. Custodian la herencia cultural frente a la destrucción sistemática del tejido social. Esta resistencia no se articula a través de la violencia física, sino mediante una resistencia espiritual inquebrantable, una fuerza mística que mantiene los vínculos afectivos donde la ley colonial solo busca imponer dispersión, muerte. El trazo grueso, los vacíos de papel que circundan estas figuras femeninas construyen una mística de la permanencia. Las mujeres devienen en guardianas de la cordura colectiva en un territorio sumido en la locura segregacionista.

El destino del creador estuvo sellado por el desarraigo. La persecución del régimen fascista sudafricano empujó a Feni al exilio en 1968, iniciando un periplo que lo llevó a Londres, posteriormente a Nueva York. En la diáspora continuó registrando las heridas de su tierra natal. Su obra tardía Hector Pieterson (1987) rinde homenaje a la infancia masacrada por la policía durante las revueltas de Soweto. Retrata el cuerpo inerte del estudiante como una pietá laica, un recordatorio del costo humano de la libertad. Feni falleció en Nueva York en 1991, justo antes de poder regresar a una Sudáfrica democrática. El análisis de su producción desde el Antirracismo contemporáneo exige ir más allá de la mera contemplación estética. Requiere entender el dibujo como un documento de denuncia histórica, una trinchera política. La presencia del Guernica africano en las salas estatales españolas abre interrogantes incómodos sobre la procedencia de los discursos artísticos modernos, la necesidad de incorporar estas genealogías negras en el canon global, la vigencia de unos clamores de justicia que continúan rimando con las luchas del presente.

Redacción Afroféminas