El FCAT 2026 debate lo que el Prado lleva 200 años ignorando

 

El FCAT tiene la costumbre de deparar, en sus foros profesionales, las conversaciones que no suelen ocurrir en otros sitios. La de ayer en El Árbol de las Palabras fue una de ellas.

Bajo el título El meta-archipiélago: las resonancias del Caribe, se sentaron a conversar Aída Bueno Sarduy, antropóloga y cineasta cubana, jurado internacional del FCAT; Zinthia Álvarez, investigadora y corresponsal de Afroféminas, migrada de Abya Yala; y José Arturo Ballester, cineasta y artista visual de Puerto Rico. La moderación estuvo a cargo de Federico Olivieri, del comité director del festival. El tema era la relación entre el Caribe y el continente africano, y las prácticas artísticas que crecen en ese cruce. Lo que salió fue bastante más que eso.

Aída Bueno Sarduy abrió con una reflexión sobre lo que significa crecer en una isla, no como dato geográfico sino como forma de estar en el mundo. Desde esa experiencia de la distancia mediada por el agua construye su cine, que trabaja con memorias esclavistas, con historias fragmentadas, con mujeres negras borradas de los archivos oficiales. Para ella el mar no es paisaje, es estructura: útero y tumba al mismo tiempo, archivo y borramiento, vínculo y herida. Y esa ambigüedad, explicó, es también una forma de mirar el mundo, una metodología de creación que no busca cerrar las preguntas sino quedarse dentro de ellas.

Para sostener todo esto trajo a Glissant y su concepto de opacidad, el derecho a no ser completamente transparente para el otro, que aplicado a los cuerpos negros y a sus memorias supone una forma de desobediencia: no siempre hay que explicarse, no siempre hay que traducir la propia experiencia al lenguaje de la claridad occidental.

Fue en ese punto donde Bueno Sarduy introdujo la historia de María de la Luz, una niña negra, hija de esclavos, adoptada por la XIII Duquesa de Alba, María Cayetana de Silva, e inmortalizada por Goya en varias obras pintadas entre 1794 y 1795. En esas pinturas, María de la Luz aparece desdibujada, en algunos casos retratada de forma que roza lo monstruoso. Tras la muerte de la duquesa en 1802, su rastro desaparece casi por completo. La historia de esta niña le sirvió para hablar de algo que el arte ha hecho sistemáticamente: masculinizar la esclavitud en sus imágenes, enmascarar la crueldad, hacer que un escándalo pase desapercibido porque el poder así lo decide. Como ejemplo de ese mismo poder ilustró que el Museo del Prado, fundado en 1819, nunca ha tenido una mujer en su dirección. Doscientos años. Ni una.

Zinthia Álvarez llevó la conversación hacia el mar como archivo feminista. Preguntó cómo está contenida nuestra historia en el agua, y respondió que los archivos oficiales invisibilizan o desfragmentan las historias de las mujeres negras, y que hay que ir al mar para encontrar la propia narración. Desde su proyecto educativo Mujeres negras que cambiaron el mundo trabaja para mostrar que la filosofía también la piensan mujeres negras, no solo hombres blancos europeos, y que la diversidad de las mujeres negras no cabe en el estereotipo de la mujer exótica que la colonización instaló en el imaginario colectivo. En ese imaginario, señaló, las personas negras estaban asociadas a los objetos y la mercancía, y de eso quedan coletazos muy concretos en la representación actual.

El encuentro dejó una pregunta sin respuesta única, que es la mejor clase de pregunta: ¿cómo filmar lo que se perdió? ¿Cómo acercarse a las personas que quedaron fuera del archivo? El FCAT, al menos, sigue siendo un lugar donde esa pregunta se hace en voz alta.