Francesca Albanese, la relatora especial de Naciones Unidas sobre los territorios palestinos ocupados, no quiere que olvidemos esa estampa sangrienta para no dejar que el monstruo de la indiferencia nos devore. ¿Algunos de los militares que la asesinaron estarán ahora en Chiapas enseñando inglés a los niños mexicanos para relajarse y lavarle la cara a su régimen?
Hay un momento en que la indiferencia se vuelve cómplice, y ese momento es cuando el mundo decide alzar los hombros y dormir. Francesca Albanese no escribe desde el cómodo pedestal del análisis académico, sino desde el borde del abismo genocida que ella misma ha sido obligada a mirar de cerca, incluso cuando las cuentas bancarias le fueron congeladas y las amenazas de muerte se convirtieron en rutina. Cuando el mundo duerme (Galaxia Gutenberg, 2026) no es un ensayo más sobre Gaza; es un dispositivo literario y jurídico que se rebela contra la manipulación del lenguaje.
La tesis central de Albanese es tan incómoda como necesaria: no hay “conflicto” posible cuando las partes son estructuralmente desiguales. Mientras una parte ocupa, saquea y oprime, la otra es ocupada, saqueada y oprimida. El libro desmonta esa “manipulación discursiva” que ha logrado que el mundo acepte como debate lo que en realidad es una relación de fuerzas asimétricas. Para lograrlo, la autora no se escuda en estadísticas frías, sino que teje 10 historias de vida –Hind, Abu Hassan, George, Ingrid– que transforman la geopolítica en rostro humano. Aquí el derecho internacional se entrelaza con el testimonio de niños que, cuando se les pregunta por sus miedos, no mencionan monstruos imaginarios, sino el arresto, la demolición de sus casas y la muerte violenta de sus padres .
Lo que distingue a este volumen de la marea de publicaciones sobre la región es su negativa a ser aséptico. Albanese asume el riesgo de nombrar lo que las estructuras de poder prefieren susurrar: apartheid, limpieza étnica, genocidio. No lo hace como un eslogan, sino como una conclusión jurídica sostenida tras años de trabajo en la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos. Incluso, aborda la arista más espinosa: la definición de antisemitismo, señalando cómo ésta ha sido instrumentalizada para silenciar la crítica legítima al régimen de Israel. Es una valentía que tiene un costo real; la propia autora vive bajo sanciones y aislamiento financiero de Estados Unidos, circunstancia que el libro no oculta, sino que convierte en el contexto material de su escritura .
La lectura de Cuando el mundo duerme deja una resaca incómoda. No ofrece el consuelo de la equidistancia ni la falsa esperanza de que todo se resolverá con un comunicado diplomático. Ofrece, en cambio, la lucidez de quien entiende que la crisis en Gaza es el síntoma de una crisis global de impunidad. Al cerrar sus 216 páginas, no dejan de resonar algunas de sus palabras como que los soldados israelíes les rompen las manos a los médicos para que no puedan operar, que la ocupación israelí no es temporal, pues forma parte de un proyecto de colonialismo, de apartheid, de ocupación militar, que Laila Mohamed, de dos años, estaba cenando en casa con su familia cuando un soldado israelí le disparó en la nuca, que el sistema que reprime a los palestinos es el mismo al que nosotros pertenecemos y el que decide por nosotros sobre cuestiones cruciales para nuestras vidas sin necesariamente escucharnos ni representarnos, o de que no hay paz en Palestina si eres palestino y, entre muchas otras cosas, que la protección de la infancia debería estar en el centro de cualquier debate sobre la denominada cuestión Palestina.