

Ash Sarkarlleva años siendo una de las voces más incómodas del panorama político británico. Editora sénior de Novara Media, colaboradora deThe Guardian y The Independent,ponente habitual en los programas más combativos de la BBC, se hizo viral cuando en pleno debate televisivo le respondió a Piers Morgan que era, literalmente, una comunista. Nacida en Londresen 1992, se licenció y completó un máster en Literatura Inglesa en el University College London, y actualmente imparte clases en el Sandberg Institute de Ámsterdam. Su genealogía política tiene mucha historia: su madre fue activista antirracista y sindicalista en las décadas de los setenta y ochenta, y participó en las marchas organizadas tras el asesinato racista de Altab Ali; su tatarabuela, Pritilata Waddedar, fue una revolucionaria que participó en el movimiento armado de independencia contra el Imperio Británico en la India de los años treinta. Sarkar viene de algún lugar concreto. Y eso se nota en cada página de su primer libro.
La tiranía de la minoría—editado en castellano por Bellaterra— se convirtió de inmediato en un bestseller del Sunday Times, dentro de los cinco primeros, y fue seleccionado por The Guardian como uno de los libros del verano de 2025. En un momento en que la derecha global lleva años ganando la batalla del relato, este libro aparece como un intento de devolverle a la izquierda el mapa de un territorio que creía conocer y que había perdido.
El título funciona con una doble trampa semántica que es también el núcleo del argumento. «Minoría gobernante» es el término que Sarkar usa para describir el miedo irracional, alimentado por medios de derechas, periodistas de lobby y multimillonarios, de que los grupos minoritarios están desplazando a las poblaciones mayoritarias. Pero ese miedo, construido, inflado y rentabilizado, sirve para ocultar quién gobierna de verdad: gestores de fondos de cobertura, barones de la prensa, propietarios de inmuebles y grandes corporaciones que mantienen su posición mientras la mayoría permanece dividida, atrapada en guerras culturales que no ha elegido. La minoría que realmente manda no está en los márgenes. Está en los consejos de administración.

Desde una perspectiva afrofeminista, conviene hacer una precisión importante antes de seguir. Las comunidades negras, racializadas o migrantes no inventaron las diferencias que las convierten en minorías. Fueron los sistemas coloniales, racistas y patriarcales quienes produjeron históricamente esas categorías y las transformaron en jerarquías. Como señaló Stuart Hall, la diferencia no es en sí misma un problema: la cuestión aparece cuando la diferencia se convierte en estereotipo, exclusión o desigualdad. Por ello, la crítica a ciertas formas de política identitaria no puede confundirse con una crítica a la necesidad de nombrar las opresiones. El problema no es la existencia de identidades políticas, sino las estructuras de poder que convierten determinadas identidades en posiciones de subordinación.
Sorprendentemente para muchas lectoras, el libro no comienza atacando a la derecha. Comienza mirando hacia dentro, hacia las ideas y prácticas que han dominado la izquierda durante los últimos años. Sarkar dedica el primer capítulo a diseccionar cómo una cierta política de identidad, centrada en la experiencia individual vivida, se convirtió en hegemónica en los espacios progresistas. En esa forma de pensar, los sistemas opresivos tienden a entenderse como la acumulación de millones de diferencias de poder individuales. El resultado es una izquierda que cataloga y delimita las experiencias de distintos grupos de personas oprimidas, generando una lógica de diferencias que se vuelven irreducibles entre sí. Sarkar critica también el concepto resbaladizo de la allyship y su confusa exhortación a los individuos para que «transfieran su privilegio», señalando cómo estas ideas son lo suficientemente maleables como para ser abrazadas, al menos retóricamente, por algunas de las instituciones capitalistas más violentamente opresivas del planeta. El ejemplo que usa es demoledor: recuerda la campaña publicitaria de la CIA —en la era pre-Trump— que aparentemente celebraba la interseccionalidad.
Esta crítica al identitarismo progresista no es nueva en sí misma. Lo que la hace significativa es quién la formula. Las críticas que Sarkar hace a las formas dominantes de política identitaria de izquierdas no son necesariamente nuevas ni revolucionarias, pero es muy relevante que una figura tan prominente, que ha formado parte de los círculos en los que estas ideas son hegemónicas, haya elegido formularlas con tanta nitidez. Y lo hace señalando explícitamente al marxismo como el marco más útil para entender cómo funciona la sociedad. No es una posición cómoda, y Sarkar lo sabe.


La tesis del libro puede formularse así: las guerras culturales no son un accidente. Una combinación de inflamación derechista y autolesión izquierdista ha desplazado los campos de batalla políticos desde los factores económicos y materiales hacia una obsesión con lo que Sarkar llama minority rule, el «miedo paranoico a que las minorías de identidad y las personas progresistas estén conspirando para oprimir a las poblaciones mayoritarias». En lugar de hablar de precios de la energía, del coste de los alimentos, de la vivienda, el discurso político se satura con debates hipertóxicos sobre inmigración, identidad transgénero y «cultura de la cancelación». El diagnóstico de Sarkar señala dos fuentes: una derecha mediática que amplifica las voces de una minoría de políticos extremistas y usa rareza estadística para construir narrativas fantásticas; y una izquierda obsesionada con la identidad, más preocupada por debates semánticos triviales y la apariencia de pureza moral que por cuestiones políticas y económicas sustantivas.
Un capítulo especialmente potente examina cómo la derecha ha construido lo que Sarkar llama una «política de identidad de las mayorías», que invierte el marco progresista: la clase trabajadora blanca como víctima, los migrantes como amenaza, las minorías étnicas como enemigo interno. La disparidad en el tratamiento mediático de los disturbios de 2011 y los de 2024 en Inglaterra —estos últimos protagonizados principalmente por personas blancas atacando a comunidades racializadas— revela, en su análisis, racismo claro e innegable. Los primeros fueron condenados con dureza; los segundos fueron excusados como reacciones de comunidades «asustadas y heridas». El doble rasero es estructural.
La escritora y activista Naomi Klein, autora de La doctrina del shock, describió a Sarkar como «una de las pensadoras más audaces y emocionantes de su generación». The Standard escribió que para muchas personas progresistas la última década ha parecido un descenso lento hacia la locura, y que Sarkar, con claridad espectacular e ingenio genuino, las invita a salir de la niebla. Elle comparó el impacto potencial del libro con el que tuvieron Chavs de Owen Jones o ¿Por qué ya no hablo con blancos sobre raza? de Reni Eddo-Lodge, libros que consiguieron mover el dial político en su momento. El escritor William Davies lo calificó como un polémico apasionante que identifica quién gana realmente cuando los marginados y los explotados se vuelven unos contra otros.
La pregunta que atraviesa todo el libro —y que interesa especialmente desde una perspectiva afrofeminista— es si la crítica a la política identitaria puede hacerse sin abandonar a las personas que esa política, con todos sus límites, al menos nombraba. La izquierda, dice Sarkar, ha «absorbido los principios de la política liberal». Lejos de estar en la gran tradición de la solidaridad de izquierdas, la política de identidad es individualista y solo sirve para fragmentar al proletariado del siglo XXI en grupos de identidad enfrentados que no pueden organizarse para resistir. El argumento es potente. Y también incompleto, porque el problema no es que se hable de raza, de cuerpo, de género: el problema es cómo se habla, desde dónde, y para qué. Aquí el libro flaquea donde más se necesitaría profundidad, no llega a articular cómo construir esa solidaridad amplia sin volver a hacer desaparecer a las personas racializadas dentro de un «todos» que históricamente ha sido blanco.
Conviene recordar aquí que la autoorganización de los grupos oprimidos no surge de un rechazo a la solidaridad colectiva. Históricamente, las mujeres negras construyeron espacios políticos propios porque los espacios que se presentaban como universales las excluían sistemáticamente. La organización autónoma fue una respuesta a la exclusión, no una renuncia a la construcción de proyectos comunes. En ese sentido, hay que distinguir entre las formas liberales y corporativas de política identitaria y las formas de organización política desarrolladas históricamente por comunidades negras, racializadas o colonizadas para defender su supervivencia y su dignidad.
El propio libro cita a W. E. B. Du Bois para señalar que verse a uno mismo únicamente como «figura del crimen o del ridículo» es una forma de opresión. Y apunta que, aunque las minorías de identidad son objeto de miedo y desprecio, también reciben una cierta dosis de atención social. Esa atención, sin embargo, no se convierte necesariamente en justicia ni en cambio sistémico. La distinción es clave desde una perspectiva antirracista: visibilidad no es poder. Representación no es transformación.
Existe además una cuestión que rara vez aparece en los debates sobre fragmentación política: la resistencia de las estructuras dominantes a reconocerse como tales. Charles W. Mills denominó «ignorancia blanca» a la producción social de formas de conocimiento que invisibilizan el racismo estructural y presentan determinados privilegios como universales o neutrales. Desde esta perspectiva, las dificultades para construir mayorías políticas no pueden atribuirse únicamente a la proliferación de identidades, también deben analizarse las resistencias históricas de los grupos dominantes a reconocer las desigualdades sobre las que se construyó esa pretendida universalidad.
En España, el libro llega en un momento en que la derecha y la extrema derecha han convertido las guerras culturales en su principal herramienta de movilización. La palabra «woke» funciona ya como insulto comodín, el discurso anti-inmigración se ha normalizado en el Congreso, y una parte de la izquierda institucional sigue sin entender bien por qué pierde a sus votantes racializados o por qué esos votantes desconfían de quien dice representarlos. Desde Afroféminas hemos señalado cómo esa izquierda reproduce las lógicas coloniales que dice combatir, y cómo la clase trabajadora no es un sujeto homogéneo y blanco sino un cuerpo plural, racializado, feminizado y migrante que la teoría política mayoritaria sigue sin ver del todo. El libro de Sarkar, con sus virtudes y sus límites, pone ese debate en el centro.

El libro examina también cómo los medios de comunicación, incluyendo las plataformas de redes sociales, impulsados por motivos de lucro, sensacionalizan los temas culturales y refuerzan las divisiones. Este análisis del papel de los medios como fabricantes de realidad resulta especialmente pertinente en un contexto donde la arquitectura del odio tiene su propio ecosistema mediático, con actores que van desde las televisiones de alcance estatal hasta los algoritmos de las plataformas digitales que amplifican contenido de alta agresividad emocional porque convierte mejor.
La tiranía de la minoría es un libro que conviene leer con lapicero en mano y con la disposición a incomodarse. Sarkar tiene razón en lo más importante: el poder real no está en quienes exigen que se les llame por su pronombre correcto, ni en quienes organizan talleres de deconstrucción del privilegio. El poder está en quienes poseen los medios, la tierra y los flujos de capital. Y mientras la izquierda discute la gramática, ellos consolidan posiciones. La editorial Bellaterra hace un trabajo necesario al traer este texto al castellano y poner en circulación un debate que en el mundo anglosajón lleva meses sacudiendo los fundamentos de la política progresista, y que en España apenas ha comenzado.
Quizá la aportación más valiosa de las tradiciones afrofeministas y decoloniales sea precisamente esta: no obligarnos a elegir entre identidad y universalidad. El desafío no consiste en abandonar las diferencias ni en convertirlas en fronteras insalvables. Consiste en construir formas de solidaridad capaces de reconocer las distintas experiencias de opresión sin jerarquizarlas ni invisibilizarlas. Como llevan décadas recordando las pensadoras negras, no existe justicia social sin justicia racial, ni justicia racial sin justicia económica, ni emancipación posible cuando unas opresiones son consideradas secundarias frente a otras.
Redacción Afroféminas
