Conciencia negra y el peso de seguir viviendo

Es la última vez que lo digo: el mundo se está acabando. De nuevo.

Parece contradictorio, en medio de todas estas formas de colapso, enunciar este título. No nos van a matar ahora, a pesar de que ya nos matan. No tengo que volver a los  escenarios. Los nombres no salen de nuestras cabezas, a pesar de que contribuyen a los espacios de olvido que conforman la memoria brasilera. Sin embargo, ya no escribo estas palabras para despertar la empatía de quien nos mata. […] No vine aquí a cantar a la esperanza. No temo a la negatividad de esta época, porque aprendí con los cálculos de  Denise Ferreira da Silva que menos por menos da más y, por lo tanto, nuestras vidas en negativo se suman y se multiplican en ausencia.”

Jota Mombaça en “No nos van a matar ahora” Caja Negra Ediciones.

Escribo esto con el respeto, el amor y la posibilidad de error que las espiritualidades negras me brindan. Decido evocar estos tres nombres: Jason ArdayManoel Rocha Reis Neto y Prince Jerry, no para realizar una suerte de compilación de muerte y tragedia negra, a la que tan acostumbradas estamos; sino con la duda y el dolor de quien no tiene respuestas a sus preguntas.

 

Tampoco es mi intención generar especulación sobre la muerte de estos tres hombres negros, de, y en, diferentes latitudes de la Tierra (Reino Unido, Brasil e Italia, respectivamente); sus palabras, legados, alegrías, angustias y tristezas están reflejadas y perviven en quienes les conocieron personal o políticamente, y en quienes, por desgracia, les conocimos cuando trascendieron de nuestro plano.

Escribo hoy desde la preocupación profunda por las vidas negras de aquellas, aquellos y aquelles quienes bregamos por la vida negra digna, quienes organizan, lideran, informan, investigan, publican, acompañan y ponen el cuerpo. Un cuerpo negro que, aun con conciencia de sí mismo, no se exime de ser atravesado por el racismo y sus violencias.

La división racial del mundo ordena y dispone, prioriza y deshumaniza. Estructura las condiciones sociales, económicas, históricas, epistemológicas, espirituales y emocionales desde las que los sujetos negros se constituyen desde hace más de 5 siglos. Determina las reglas del juego incluso antes de saber que había una partida en curso. La Conciencia Negra de Steve Biko no sólo cuestionaba los condicionantes materiales (en qué barrios podía vivir la comunidad negra, el acceso a sistemas sanitarios de calidad, la vigilancia policial, etc) sino también los condicionantes psico-emocionales y subjetivos (aceptar la inferioridad como natural, comprar el relato del salvajismo, las crónicas en las que los colonizadores relataban que no tenemos alma, en definitiva: que no somos humanos, entre otros ejemplos). Es decir, si el impacto no es sólo material, la resistencia no puede darse sólo a ese nivel, sino que debe disputar qué es aquello que nos enseñaron que somos.

Sin embargo, no nació como herramienta de autoayuda desde la que soportar mejor el mundo. Sino como estrategia para, de facto, cambiar la realidad y cuestionar el poder.

En este sentido, la conciencia negra nos brinda herramientas de análisis y comprensión: nos da palabras. Nos da la posibilidad de desprivatizar y desindividualizar los fracasos, las heridas, las pérdidas, el miedo, la angustia y devolverlas a la estructura que las genera: el sistema racial en el que vivimos. Nos ayuda a entender el largo recorrido de esta partida que “no comenzó con nuestro nacimiento ni terminará con nuestra muerte”, decía Audre Lorde.

Pero, ¿y qué pasa cuando esa conciencia negra me permite eliminar la ficción de neutralidad del mundo y la culpa impuesta, pero no necesariamente me libera del sufrimiento que me genera? La conciencia negra no puede convertirse en, o no es, una estrategia de fortaleza psíquica infinita. No evita que siga llegando cansada a casa después de interactuar en espacios públicos de todo tipo en los que esta se manifiesta, sea directamente sobre mi cuerpo o no. No evita que me sienta extraña, impotente, frustrada. No evita que las leyes se dicten contra nosotros. Mis palabras no son convertibles a un “ves racismo en todos lados, por eso estás así”, sino: estoy así, porque el racismo existe en todos lados. Entonces, ¿qué estrategias comunitarias podemos seguir construyendo para que el peso del mundo no nos aplaste? Y, de hecho, ¿es posible crearlas?

¿Cuáles son entonces los duelos emocionales y espirituales que atravesamos con esta conciencia adquirida? Que el mérito, el black excelence, la capacidad argumentativa, el conocimiento de la estructura no te liberan cuando al final del día, al coger la guagua para tu casa, el racismo encarnado te violenta, te señala, con silencio o con palabras, recordándote quién sigues siendo para el sistema que habitas: unx negrx más.

Constituyen duelos y pérdidas, creer que determinados espacios eran neutrales y tomar conciencia de que no lo son, que las instituciones no nacieron para atender nuestras necesidades, que las decisiones de contratación en según qué empleos tienen criterios de los que no somos partícipes, que nuestra salud mental rara vez es sujeto de estudio. Son duelos que merecen ser atravesados y nombrados como tal, una vez profundizas en la matriz racial en la que estamos inmersas. Hay violencias que no se pueden dejar de mirar, una vez descubiertas. La conciencia racial nos permitió ver y analizar un mundo, que una vez analizado, no dejó de ser violento. Me pregunto si en esa conciencia racial de alguna forma no pudimos caer en la trampa de creer que si a nivel individual sabíamos identificar, sabríamos nombrar y defendernos y por tanto, no sufriríamos sus efectos.

Hoy me pregunto cuál es el coste de esa conciencia, cómo encontrar seguridad en la piel propia, cómo se sostiene la carga de ser capaz de nombrar la violencia racista con precisión y con la palabra exacta, y a su vez, no saber qué hacer con la angustia del cuerpo, con el aire que falta y con la tensión de la mandíbula. Pienso incluso, en qué pasamos por alto cuando desde nuestras propias comunidades negras y concientizadas exigimos rupturas, posicionamientos y profundidades individuales que, a día de hoy, yo misma no sé si soy capaz de sostener.

La conciencia negra para mí fue un flotador que me mantiene a flote, que me permite sacar la cabeza del agua e intentar nadar hacia algún lado. Y, muchas veces, me gustaría que nuestra vida fuera algo más que sólo mantener la cabeza fuera del agua.

Melinda Decker

Activista antirracista, sanitaria y facilitadora de espacios comunitarios negros. Mi trabajo se sitúa en la intersección salud, justicia racial y de género y memoria colectiva desde una perspectiva profundamente situada en el territorio canario. Vocal de la Asociación Mujeres Afro (en) Canarias y miembro de PERSA-Plataforma por la Equidad Racial en Salud.