Ante el billón de Musk: ¡Revolución!

Ante el billón de Musk: ¡Revolución!

Por Iñaki Alrui*

Es la cifra que no debería existir. Un uno seguido de doce ceros. Un billón de dólares. Y, sin embargo, ahí está, bailando en las pantallas de los terminales Bloomberg, grabada a fuego en los libros de récords que nadie quería escribir. Elon Musk acaba de convertirse en la primera persona de la historia en cruzar ese umbral, y el mundo, atónito, asiste a un fenómeno que los economistas califican de «extremo» y los poetas, sencillamente de obsceno.

El hito se ha confirmado tras la salida a bolsa de SpaceX, la empresa aeroespacial que Musk fundó en 2002 con la obsesión de morir en Marte. La revalorización del 11% de sus acciones en pocas horas elevó su patrimonio neto hasta los 1,1 billones de dólares. Para entender la magnitud: el segundo hombre más rico del planeta, Larry Page (cofundador de Google), se queda muy atrás, con «solo» 290.000 millones. La distancia entre ambos es más ancha que el océano que separa a Musk de sus demonios infantiles.

La historia que ha llevado a Musk a convertirse en el hombre más rico del mundo —y en el principal financista de la ultraderecha global— no comenzó en Silicon Valley. Comenzó décadas antes, en las praderas canadienses y en las minas de Zambia, con un abuelo fascista y un padre que acumuló esmeraldas mientras el país ardía.

Elon Musk dio un discurso luego de la asunción de Trump y festejó su regreso a la presidencia de los Estados Unidos. Foto: AP/Susan Walsh

Un poco de historia familiar y de nazis…

Según relata Chris McGreal, entrevistado por Amy Goodman en Democracy Now, el abuelo materno de Musk, Joshua Haldeman, era un hombre ambicioso y furioso. En la década de 1930, lideró en Canadá la filial de Technocracy Incorporated, un movimiento que buscaba derrocar al gobierno democrático para instaurar un régimen de tecnócratas. Pero su deriva fue más oscura: pronto adoptó uniformes grises inspirados en las camisas pardas de Hitler y propagó Los Protocolos de los Sabios de Sion, el célebre panfleto antisemita.

Cuando Canadá declaró la guerra a Alemania en 1939, Haldeman fue arrestado por sedición. En su casa encontraron documentos que acreditaban su apoyo al nazismo. No era un simpatizante cualquiera: era un «compañero de ruta», según los archivos de la época. Derrotado en su intento de convertir Canadá en un estado fascista, Haldeman puso sus ojos en Sudáfrica. En 1950, dos años después de que el Partido Nacional impusiera el apartheid como sistema de Estado, emigró con su familia a Johannesburgo. Su razonamiento era explícito: allí encontró «su tipo de lugar». Se convirtió en un ferviente partidario del régimen de segregación racial y nunca ocultó su admiración por Adolf Hitler.

El pequeño Elon creció en un entorno donde la violencia era moneda corriente. En el colegio, sus compañeros lo golpeaban con total normalidad curso a curso, y en casa, el terror tenía otro nombre: Errol Musk, su padre, un ingeniero de minas que acumuló una fortuna considerable con las minas de esmeraldas en Zambia, en condiciones laborales de explotación extrema de trabajadores negros y alta mortalidad. Cuando los padres de Elon se divorciaron, su madre Maye declaró que Errol poseía un yate, un jet privado y varias casas. Un imperio construido sobre los huesos del apartheid.

El primer ministro neonazi y los «camisas grises»

Para entender la Sudáfrica que moldeó a Musk, hay que mirar a quien gobernaba cuando él nació: John Vorster, primer ministro entre 1966 y 1978. Vorster había sido miembro de Ossewabrandwag (la «Guardia de la Yunta de Bueyes»), una milicia neonazi que en la década de 1930 quemó negocios de judíos en Johannesburgo y conspiró con la inteligencia alemana para asesinar al primer ministro sudafricano y reemplazarlo por un títere de Hitler. El plan fracasó porque Alemania no pudo enviar las armas. Pero Vorster nunca renegó de sus ideas: en 1942 declaró que «el nacionalismo cristiano en Sudáfrica es lo mismo que el nazismo en Alemania y el fascismo en Italia».

Esa ideología impregnó el sistema educativo en el que Musk se formó. El nacionalismo cristiano, una mezcla de teología calvinista y supremacía racial, enseñaba que los afrikáners eran un pueblo elegido destinado a dominar África austral. No es casual que, décadas después, Musk haya realizado un gesto que es el saludo nazi durante un acto oficial, o que haya apoyado abiertamente a la candidata ultraderechista alemana Alice Weidel, con quien deslizó el nombre de Hitler en una entrevista.

Elon Musk y Javier Milei en la Conferencia Política de Acción Conservadora. Foto de Gage Skidmore/Flickr

La «Mafia de PayPal»: apartheid y poder tecnológico

Musk no es un caso aislado. A su alrededor se tejió una red de sudafricanos blancos que escaparon del país justo cuando el apartheid comenzaba a derrumbarse y construyeron imperios en Silicon Valley. Son la llamada «Mafia de PayPal»: Peter Thiel, David Sacks, Roelof Botha.

Thiel creció en Swakopmund, en lo que entonces era el África del Sudoeste (actual Namibia), una colonia sudafricana con una fuerte herencia alemana. Allí, hasta bien entrada la década de 1980, se vendían tazas y banderas con la esvástica en las tiendas de curiosidades, y los trabajadores de las gasolineras saludaban con un «Heil Hitler». Thiel asistió a una escuela alemana en ese ambiente. Luego, ya multimillonario, se convertiría en uno de los principales financiadores de la derecha estadounidense y en el hombre que puso a J.D. Vance en la vicepresidencia.

David Sacks, nacido en Ciudad del Cabo, es hoy el «zar de la IA y las criptomonedas» del presidente Trump. Y Roelof Botha, nieto de Pik Botha —el último ministro de Exteriores del apartheid, que recorrió el mundo mintiendo sobre el desmantelamiento del sistema racista—, es socio de Sequoia Capital, una de las firmas de capital riesgo más poderosas del planeta.

Lo que une a todos ellos, según McGreal en The Guardian, es una cosmovisión capitalista-libertaria que les permite beneficiarse de aquel apartheid sin asumir responsabilidad alguna. Culpan a los afrikáners «extremos» por el racismo sistémico, pero nunca explican cómo sus propias familias acumularon fortunas gracias a ese mismo sistema. En palabras del periodista «Lo reducen a un tema de talento individual, de que estaban naturalmente dotados. Y eso los lleva hacia un camino antigubernamental porque tienen que explicar cómo se beneficiaron del apartheid sin asumir culpa».

El imperio del billón

Musk se fue de Sudáfrica en 1988, a los 18 años, justo al cumplir la edad en que podía ser llamado a filas por el ejército sudafricano y obligado a combatir en la Guerra de la Frontera contra movimientos de liberación negros como SWAPO (la organización de Sam Nujoma, que acaba de fallecer a los 95 años después de conducir a Namibia a la independencia). ¿Casualidad? No, para nada, Musk es el típico patriota que llama a la guerra para defender la patria, pero él no ira nunca, nada nuevo en la historia.

Hoy su dinero, su poder y su ideología es una realidad que recorre el mundo, con una fortuna que supera el billón de dólares —más que el PIB anual de 172 países—, Musk financia campañas electorales, ha desmantelado programas de ayuda desde el gobierno estadounidense y apoya a partidos de extrema derecha en todo el mundo. Hoy Elon Musk es el poder con mayúsculas, sí, el puto poder del capitalismo salvaje contra el que hemos luchado toda la vida, el monarca del tecnofeudalismo que nos controla.

Poder con nombre y apellido político. Musk tiene bastante que ver con que Donald Trump haya regresado a la presidencia de Estados Unidos. El magnate invirtió más de 250 millones de dólares en la campaña electoral de Trump y, una vez en la Casa Blanca, ocupó un cargo ad hoc al frente del llamado Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE). Desde allí, según investigaciones de The New York Times, desmanteló programas de ayuda al desarrollo y despidió a decenas de miles de empleados públicos. Su imperio SpaceX, cuyo valor se disparó tras su salida a bolsa, depende en un 20% de contratos con el gobierno federal. ¡Ojo al dato!: una quinta parte de sus ingresos provienen del dinero de los contribuyentes.

«Que la fortuna de Elon Musk supere el billón de dólares marca un hito sin precedentes en el avance del poder oligárquico y un día oscuro para la democracia», denuncia Susana Ruiz, responsable de Justicia Fiscal de Oxfam Intermón. La organización internacional ha seguido la carrera de Musk hacia el abismo de la desigualdad con informes estremecedores. Uno de ellos, titulado «Of Musk, For Musk, and By Musk» (‘De Musk, por Musk y para Musk’, remedando la famosa frase de Abraham Lincoln que definió la democracia como el «gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo»), retrata un imperio donde no caben los sindicatos ni las críticas. Donde el magnate ejerce un liderazgo calificado por sus propios empleados como «tiránico».

Los números, fríos e inapelables, dibujan un paisaje dantesco. La fortuna de Musk creció a un ritmo de un millón de dólares por minuto durante el último año. Acumula más riqueza que el 46% de la población mundial más pobre toda junta, es decir, unos 3.800 millones de personas. Según la revista Le Grand Continent, supera el PIB anual de 172 países. Para que un estadounidense con ingresos medios llegase a amasar esa cifra, tendría que trabajar 11 millones de años.

Volviendo a Oxfam, la organización nos propone ejercicios de imaginación, para ayudarnos a hacernos una idea del tamaño de su fortuna: para gastarse un billón de dólares, Musk necesitaría desembolsar un millón de dólares al día durante 2.740 años. Podría regalar 100 dólares a cada habitante del planeta y aún así seguiría entre las diez personas más ricas del mundo. Y con solo pagar un impuesto del 10% sobre su fortuna —menos de lo que tributa un mileurista en España— se erradicaría la pobreza extrema en el planeta durante un año entero.

Pero nada de eso ocurrirá. Porque el círculo se cierra con la salida a bolsa de SpaceX, que no solo engrosa la cuenta de Musk, sino que también llena los bolsillos de poderosos inversores del golfo Pérsico. El príncipe Alwaleed bin Talal de Arabia Saudí, por ejemplo, ve cómo su participación del 0,63% en la empresa aeroespacial alcanza un valor de 10.600 millones de dólares. Las petromonarquías refuerzan así su alianza con el hombre que quiere colonizar Marte, mientras en la Tierra la brecha entre ricos y pobres se ensancha como una grieta en el hielo.

El retrato final es el del tirano histórico, el hombre repelente al que muchos quieren acercarse y hacerle la pelota: poder con puño de hierro, el iluminado que promete salvar la humanidad mientras sus empleados denuncian condiciones laborales abusivas, el oxímoron que dice odiar los privilegios mientras acumula una fortuna que desafía la imaginación. Va de “Rebelde”, pero encarna y es lo más siniestro del salvaje capitalismo.

Musk es, en esencia, el triunfo del capitalismo de nuestro tiempo: un billonario que viaja en cohete mientras millones de personas sobreviven con lo que él gana en un suspiro. Mientras sus naves apuntan al cielo rojo de Marte, una pregunta flota en el aire como un insulto silencioso: cuando ya nada ni nadie pueda ponerle límite, ¿qué será del mundo que dejó atrás?

Musk ha dicho que quiere morir en Marte. Que su misión es salvar a la humanidad de sí misma colonizando otros mundos. Pero mientras construye sus cohetes, aquí la Tierra se desgarra por las desigualdades que él mismo encarna, genera y defiende. ¿Quién salvará a la humanidad del propio Elon Musk?

Releamos la historia de la Revolución Francesa, La Comuna de París o la Revolución de Octubre. No la tergiversada, la real. ¡Urge! ¡Necesitamos una Revolución!
Liberté, Egalité, Fraternité.

PS: Recupero un video de una interesante acción artivista de Eugenio Merino y Oxfam…

* Miembro de la Asamblea de Redacción de LQSomos.
Más artículos del autor
@InakiAlo

Comparte, tus amig@s lo agradecerán…
Mastodon: @LQSomos@; Friendica: Loquesomos;
UpScrolled: @LQSomos; Telegram: LoQueSomosWeb;
Bluesky: LQSomos; Twitter: @LQSomos;
Facebook: LoQueSomos; Instagram: LoQueSomos;
WhatsApp: LoQueSomos; Youtube: @LoquesomosAudiovisual