

Hay algo profundamente divertido —si no fuera porque siempre acaba pagando la factura el pueblo— en la indignación patriótica que se desata cada vez que alguien pronuncia las palabras «Ceuta» o «Melilla». De repente aparecen banderas, pulseritas rojigualdas, tertulianos con cara de haber descubierto la patria esa misma mañana y monárquicos dispuestos a morir por la soberanía nacional.
Lo curioso es que, si uno se molesta en estudiar la historia de la monarquía española, descubre que los Borbones han tenido una relación bastante peculiar con eso de defender la soberanía.
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