El domingo hubo elecciones en Cuba y el titular de una agencia trasnacional rebajó el acontecimiento a una abstención de 24 por ciento, cuando ni siquiera el vaso estaba medio vacío. Votaron más de 75 por ciento de los electores para elegir a los miembros del Parlamento nacional; es decir, fueron a las urnas las tres cuartas partes del padrón electoral en una sociedad sometida a la política de máxima presión
del imperio más poderoso del planeta.
Supongamos que sea secundario el hecho de que ese país haya resistido, en soledad y por más de 60 años, al vecino formidable. Que la vida cotidiana con dificultades inmensas que llevan los cubanos no sea una variable digna de tener en cuenta en las urnas. Que nos olvidemos de la subsistencia, objetivamente heroica, de millones de personas para llenar cada día un plato de comida, tomar una guagua (autobús) al trabajo o arreglar la plomería del baño con las piezas que no pueden comprar en ninguna parte.
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