

Es muy de estos tiempos que las críticas más vehementes contra nuestro uso de inteligencia artificial lleguen desde cuentas de Instagram y TikTok. Incluso desde cuentas racializadas que se autodefinen como decoloniales. Estas plataformas, propiedad de Meta y ByteDance respectivamente, representan exactamente aquello que dicen combatir. Consumen recursos masivos, extraen datos sin cesar y operan bajo la misma lógica capitalista que supuestamente rechazan. La diferencia es que han naturalizado su presencia hasta hacerse invisibles.
Cuando Afroféminas lanzó AfroféminasGPT, una herramienta de inteligencia artificial entrenada específicamente con pensamiento negro y decolonial, surgieron las muy predecibles acusaciones. Que si colaboramos con OpenAI, una empresa «extractivista». Que si los centros de datos consumen agua y electricidad de manera irresponsable. Que si la tecnología nos está destruyendo. Lo curioso es que estas críticas se lanzan desde plataformas cuya infraestructura tecnológica es idéntica, cuyo modelo de negocio es el mismo y cuyo impacto ambiental es, proporcionalmente, mucho mayor.
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