En cuestión de días, la situación en Medio Oriente entró en una fase cualitativamente diferente a la que existía antes del 1º de junio. Ese día, con la luz verde, personal de Donald Trump, Benjamin Netanyahu y su ministro de Defensa, Israel Katz, ordenaron bombardear el suburbio sur de Beirut, Dahiva, en un golpe destinado a decapitar al Movimiento de Resistencia Islámica del Líbano (Hezbolá) y destrozar la moral de la población. Poco después, la respuesta de Irán no llegó en un comunicado de prensa sino en una orden de combate: si Dahiva ardía, el norte de Palestina ocupada también se incendiaría y el fuego podría alcanzar a los habitantes de los asentamientos del norte de Israel. Ipso facto, las frágiles negociaciones entre Teherán y Washington con la mediación pakistaní quedaron suspendidas, y en cuestión de horas, en otra puesta en escena, Trump llamó “chingadamente loco” a Netanyahu como coartada clásica para detener el bombardeo de la capital libanesa y encubrir una retirada humillante.