
15/08/26

¡Cómo no escribir unas pocas páginas sobre Fidel en este, su primer centenario! Al sentarme frente a la computadora empeñado en cumplir con eso que yo sentía era un mandato que brotaba de lo más profundo de mi conciencia no pude sino recordar mi profunda desazón cuando, estando en Cuba, me enteré de su muerte. Pero hubo dos momentos. Primero, cerca de la medianoche de aquel 25 de noviembre del 2016 cuando de súbito apareció Raúl en la pantalla de la televisión y escuché que iniciaba su discurso diciendo que “con profundo dolor comparezco para informar a nuestro pueblo.” En ese momento un relámpago tranquilizador cruzó mi mente y pensé que al Comandante lo habían trasladado a una unidad de terapia intensiva y que de eso nos iba a informar Raúl. Pero ¿morirse Fidel? Imposible, jamás. ¿Cómo se iba a morir si Fidel era la personificación viviente de Nuestra América y de los pueblos que en todo el mundo lucha por su dignidad, justicia y bienestar? Su deceso equivalía a que alguien anunciara que un tremendo cataclismo geológico había arrasado con esta parte del mundo, ahora sumergida para siempre en las profundidades de los dos océanos que la flanqueaban. Pero, en un segundo momento, vino esa tristísima noticia de la partida de Fidel.





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