

Jason Arday ha muerto a los 41 años. Fue hallado sin vida el 14 de agosto en una vivienda de Battersea, al sur de Londres. La Policía Metropolitana trata su muerte como inesperada y descarta que sea sospechosa, y prepara un informe para el forense. No hay más datos oficiales, y este texto no va a especular sobre ellos. Lo que sí merece un análisis detenido es todo lo que ocurrió antes, el mecanismo que convirtió a un sociólogo negro en objetivo de una campaña sostenida, y la facilidad con la que una institución centenaria y buena parte de la prensa británica se plegaron a esa campaña.
En 2023, Arday se convirtió en el catedrático negro más joven en la historia de la Universidad de Cambridge. Tenía 37 años y ocupaba la cátedra de Sociología de la Educación. Su biografía se presentó entonces como un relato de superación admirable, un niño diagnosticado con autismo y retraso global del desarrollo que no habló hasta los 11 años ni aprendió a leer y escribir hasta los 18, y que terminó doctorándose y llegando a una de las universidades más prestigiosas del mundo. Ese ascenso se leyó, con razón, como un hito.
Ese mismo ascenso fue el que activó el escrutinio. Las acusaciones de plagio contra Arday, referidas a su tesis doctoral en la Universidad John Moores de Liverpool y a varios artículos académicos, las formuló públicamente Nathan Cofnas, un investigador que trabajó en filosofía en Cambridge y que fue despedido de la institución en 2024. Cofnas se define a sí mismo como «realista racial», una etiqueta con la que disfraza de ciencia una posición supremacista. Su despido llegó después de declarar que, en una meritocracia auténtica, las personas negras «desaparecerían de casi todos los puestos de alto perfil fuera del deporte y el entretenimiento». Esa es la persona a la que la prensa internacional cita como fuente creíble, la que somete el trabajo de un colega negro a un software de detección de plagio y publica sus hallazgos en Substack con el aval implícito de una supuesta neutralidad académica.
Ahí está el fondo del problema. Un hombre que fue despedido por defender abiertamente que las personas negras no merecen espacios de prestigio adquiere legitimidad mediática en cuanto dirige esa misma lógica contra un académico negro concreto. Los medios reproducen sus hallazgos, la universidad abre investigaciones, los titulares se multiplican. Nadie exige que Cofnas explique primero por qué dedicó su tiempo y su reputación a desmontar la trayectoria de uno de los pocos catedráticos negros de Cambridge y no la de cualquier otro de sus colegas blancos. El sistema mediático trató su motivación como irrelevante y su método como impecable, y eso ya dice mucho de qué escrutinio se legitima y cuál se ignora.
Las revistas académicas y la propia LJMU llegaron a investigar el trabajo de Arday con anterioridad, concluyendo que no había plagio. Cambridge, en junio, salió en su defensa con firmeza, calificando la campaña en su contra de «vil» y afirmando que las acusaciones sobre su tesis y sus publicaciones ya habían sido «investigadas y descartadas» por la institución competente y por las propias revistas. Esa defensa duró poco. Bastaron nuevas informaciones sobre sus cualificaciones y nombramientos honoríficos para que la universidad anunciara una investigación independiente, apenas unos días antes de que Arday presentara su dimisión.

Cambridge no cambió de posición porque aparecieran pruebas irrefutables de un día para otro. Cambió porque la presión pública, alimentada por una prensa que amplificó cada nueva acusación sin pausa, se volvió insostenible para una institución que necesita cuidar su imagen. Una universidad que se presenta como abanderada de las políticas de diversidad, igualdad e inclusión terminó cediendo ante la misma ola reaccionaria que lleva años señalando esas políticas como el origen de todos los males académicos. Cambridge defendió a Arday mientras defenderlo era cómodo, y lo abandonó en cuanto dejó de serlo.
Arday, en sus últimas declaraciones públicas, dijo que llevaba desde su llegada a Cambridge enfrentando «una campaña muy bien orquestada y coordinada» para sacarlo de su cargo, y que esa campaña tenía motivaciones raciales. Afirmó haberse convertido en diana de las críticas dirigidas contra las políticas de diversidad, igualdad e inclusión. Reconoció errores puntuales en sus primeros trabajos, atribuidos a que, por su autismo, recurría a la imitación como método de aprendizaje, y sostuvo que un análisis similar aplicado a otros académicos encontraría fallos comparables. Dijo también algo que conviene citar porque resume el desequilibrio de fondo: «Estamos hablando del mundo académico. Yo no asesiné a nadie.»
¿Cuántos académicos blancos con errores de cita en trabajos de juventud han sido sometidos a un escrutinio forense de esta magnitud, con software de detección de plagio pasado línea por línea sobre toda una carrera, con la prensa internacional cubriendo cada nuevo hallazgo durante semanas? La respuesta que ofrece la evidencia disponible es que ese nivel de exposición se reserva casi exclusivamente para quienes rompen un techo que no debían romper. La negritud en un espacio de prestigio histórico blanco funciona como una anomalía que exige justificación permanente. Cualquier grieta, por pequeña que sea, se convierte en prueba de que esa persona nunca debió estar ahí.
Hemos documentado antes cómo el «realismo racial» y otras etiquetas pseudocientíficas ganan espacio en universidades y medios bajo la excusa de la libertad académica, mientras las personas negras que alcanzan posiciones de prestigio cargan con la exigencia constante de demostrar que se lo merecen dos veces. Arday nació en el sur de Londres, hijo de familia jamaicana, y construyó una carrera que debería haberse sostenido en sus propios méritos académicos. En lugar de eso, terminó convertido en el centro de una disputa pública sobre si las personas negras merecen las cátedras que ocupan, disputa que él nunca pidió librar y que ahora queda inconclusa.
La autobiografía de Arday, titulada Great and Unfortunate Things, se publicó esta misma semana en Estados Unidos. Iba a llegar a las librerías de Reino Unido en agosto. El título, escrito antes de todo esto, ya anunciaba una vida marcada por la tensión entre el logro y la adversidad. No hace falta especular sobre lo que sintió en sus últimas semanas para constatar un hecho documentado: pasó de ser presentado como ejemplo de superación a ser tratado como sospechoso permanente, sin que mediara entre ambos extremos una investigación que sostuviera con solidez esa segunda versión.
Afroféminas no va a sumarse a la lectura que reduce este caso a un simple fraude académico resuelto con la dimisión de su protagonista. La sociedad que permite que un hombre despedido por racismo abierto se convierta en fuente autorizada para investigar a un académico negro, y que ve a una universidad ceder ante esa lógica en cuestión de semanas, tiene un problema estructural que no se resuelve cerrando este expediente. Jason Arday ha muerto. El sistema que decidió qué escrutinio aplicarle sigue funcionando exactamente igual.
Redacción Afroféminas
