Y pese a todo, el optimismo

Beñat Zaldua                                                                                                                  17/10/26
Ayer se cerró el plazo para que las izquierdas españolas presentasen candidaturas conjuntas para las elecciones anticipadas del próximo 29 de noviembre. Escribo estas líneas sin saber todavía el resultado de las últimas negociaciones, pero visto el sainete de las últimas semanas, que haya finalmente acuerdo o no ha dejado de tener la importancia que tenía hace apenas dos semanas.

Porque, aunque en un sistema electoral como el español la unidad es importante en las circunscripciones pequeñas, donde la atomización del voto se castiga en beneficio de los grandes partidos, no hay que llamarse a engaño. El principal problema que tiene la izquierda para volver a frenar a la derecha es la desmovilización de su electorado, parcialmente hastiado tras una legislatura extenuante donde poco se ha podido avanzar en materia progresista. Más que como medio de optimizar el voto de izquierdas, que también, la unidad de los partidos a la izquierda del PSOE debía ser una palanca para activar ese voto perezoso y escéptico. Tras las esperpénticas negociaciones de las últimas dos semanas, ni un acuerdo de mínimos a última hora podría servir para esto.

Toca fiarlo todo, de nuevo, a tres elementos. Primero: la capacidad de Pedro Sánchez de crecer en la adversidad. Segundo: la fortaleza de los partidos progresistas vascos, gallegos y catalanes (con algunas dudas en este último caso) en sus respectivas naciones. Son un seguro de vida contra la extrema derecha. Tercero: que los conservadores sigan metiendo la pata –como lo han hecho hablando de recortar y privatizar pensiones– y activen en el votante español progresista el miedo a lo que puede venir y la responsabilidad de hacerle frente. Una responsabilidad, por cierto, que acostumbra estar por encima de la que muestran sus dirigentes políticos.

Siempre cabe confiar en la secular estulticia de los conservadores españoles, nerviosos tras perder en 2023 pese a tener todas las encuestas a favor. También las tienen ahora, con mayor diferencia si cabe, y sin embargo, están muy nerviosos. Llevaban tres años pidiendo elecciones y cualquiera diría ahora que no las quieren.

Hay razones, por lo tanto, para un cauto optimismo. O yo al menos las veo, si bien he de decir que me encuentro bastante solo en esta trinchera de la esperanza. Puede que tenga más que ver con la sicología que con la política, y más con la naturaleza de cada quien que con el resultado de un análisis aséptico de la realidad, pero en las semanas en las que anualmente se entregan los premios Nobel a mí me es humanamente imposible entregarme en brazos del pesimismo.

Explico este giro de guion y matizo que no hablo aquí del Nobel de Economía, un invento que no tiene ni medio siglo; ni del de la Paz, demasiado pervertido. Me refiero a los galardones a la ciencia más puntera que, con todas sus trampas y sesgos –evidentes y conocidos, desde los geográficos a los de género, y muchos más–, abren anualmente una ventana para observar qué somos capaces de hacer los seres humanos en diversos ámbitos.

Piénsenlo, el Nobel de Medicina lo han ganado Karl Deisseroth, Peter Hegemann y Georg Nagel por revolucionar la forma en la que miramos al cerebro. Todo empezó con una microalga marina capaz de nadar hacia la luz. Todo un misterio, hasta que descubrieron la razón: una proteína sensible a la luz. Ahora, los científicos son capaces de insertar esa proteína en nuestros circuitos neuronales y apagarlos y encenderlos a distancia, como quien cambia de canal de televisión. El campo que este avance ha abierto ha recibido el nombre de optogenética y ha transformado la capacidad de entender lo que ocurre en nuestras neuronas, ha abierto prometedoras líneas de investigación para enfermedades como el párkinson o el alzhéimer y ha dado ya algunos resultados en tratamientos contra la ceguera.

O el Nobel de Física, que ha ido a parar a Francis Halzen, un ocurrente científico que no tuvo mejor idea que derretir un kilómetro cúbico de hielo antártico para instalar en él miles de detectores de neutrinos, una huidiza partícula sin carga eléctrica ni apenas masa que, al no interactuar apenas con nada, guarda intactos algunos de los secretos del universo. Son una ventana a agujeros negros supermasivos y explosiones de estrellas, y gracias al IceCube de Halzen, que ha convertido el cristalino hielo antártico en un enorme detector de neutrinos de muy alta energía –muy escasos–, es ahora una ventana abierta.

Yo sé que estas abstracciones no sirven de mucho a la gente que va (vamos) a pagar el eventual asalto de PP y Vox al Palacio de la Moncloa –igual que ocurre con el posible regreso de los Bolsonaro al poder en Brasilia y con tantos y tantos ejemplos que nos empujan hacia el abismo–. Sé que no sirve de mucho curar la ceguera cuando hay miles de personas que no quieren ver. Y sin embargo, aun a riesgo de pecar de candidez –mejor inocentes que mezquinos–, quien quiera buscarlas seguirá encontrando razones para confiar en cierto optimismo antropológico. ¿Cómo vamos a renunciar a él si somos capaces de ver el cerebro a través de un alga?