El Sudamericano 27/07/26
Las explicitas amenazas de los payasos psicópatas apocalípticos de Washington no solo los retratan en carne viva, como lo que realmente son, criminales idiotas: mano ejecutora del poder genocida capitalista, sino qué un vez más –y al contrario de lo que la Academia burguesa y la propaganda de guerra ideológica repite sin cesar–, confirman la plena vigencia del marxismo como teoría de la lucha de clases y filosofía política insuperada, del único horizonte histórico de nuestro tiempo, el socialismo.
Todos los tiranos en todas las épocas históricas han pretendido y deseado febrilmente derrotar y dar por concluida definitivamente la lucha de clases, y de ese modo negar de forma definitiva la humanidad de sus súbditos, expropiar cualquier medio de resistencia y conculcar todo derecho de defensa a los ofendidos. Ninguno lo ha logrado ni lo logrará jamás. Sin embargo la ilusión del poder ilimitado es una constante histórica propia de una trayectoria despótico-autoritaria que ha acompañado siempre a las sociedades divididas en clases.
Los megamagnates y sus mercenarios suponen que la encarnación digital del superhombre inhumano-tecnológico-neofascista les brinda una oportunidad nunca antes alcanzada. La burguesía no solo teme a las mayorías populares, teme a la verdad concreta y a los métodos para alcanzar su comprensión. La precondición inhumanista “artificial” es la propiedad de los medios de producción y la expropiación del trabajo enajenado.
Ni todo lo que la burguesía denomina real es concreto, ni todo lo concreto es “real” para la burguesía. De ese modo con la negación o la simple omisión analítica se pueden ‘reconstruir’ un país, un mundo, galaxias enteras, un universo burgués hecho a imagen y semejanza. Si todo es un “recorte”, si cualquier “dato” es tan relevante como cualquier otro, entonces el que grita más fuerte, el que tiene la “fuerza” del poder y el dinero, siempre tiene la razón. La “inteligencia” natural puede ser tan pervertida y ominosa como cualquier otra artificial, o “alienígena”.
Ni toda la teoría burguesa precedente, ni la futura, pueden ni podrán ocultar la trayectoria decadente de la civilización capitalista y los peligros que conlleva para la supervivencia del organismo social planetario el programa transhumanista-corporativo-neofascista, que solo puede reproducir incertidumbre y enfermedad.
Es bien sabido que la cocaína destruye el sistema nervioso central, y perfectamente evidentes son las consecuencias de un régimen militarista totalitario drogodependiente. El sistema nervioso central capitalista está colapsando y la adicción por el poder del dinero debe ser tratada como enfermedad terminal.