Un accidente que puede costar unas elecciones

Beñat Zaldua                                                                                                                  31/10/26
No será la primera vez que tragedias sobre dos raíles condicionen el resultado de unas elecciones españolas. El 14 de marzo de 2004, los votantes dieron un vuelco a todas las encuestas y castigaron las mentiras del PP de José María Aznar sobre los atentados islamistas de Atocha, ocurridos tres días antes. La derecha española insistió en acusar a ETA en contra de todas las evidencias, porque un atentado islamista apuntaba directamente a la decisión de José María Aznar de participar en la invasión de Irak. Les salió mal, y el PSOE, con José Luis Rodríguez Zapatero al frente, recuperó la Moncloa.

Dos décadas más tarde, es el trágico accidente en la línea de tren de alta velocidad entre Madrid y Sevilla el que ha irrumpido con fuerza en la precampaña para las elecciones del 29 de noviembre, cuyo resultado probablemente condicionarán los cerca de 70 muertos en el fatal suceso.

Llueve sobre mojado. En enero, fueron 46 los pasajeros fallecidos en otro accidente en la misma línea, la primera de alta velocidad que estrenó España, cuyo complejo de nuevo rico le ha llevado a invertir miles de millones de euros en ser el país europeo con más kilómetros de trenes de alta velocidad –y el segundo del mundo, después de China–. Todo para después racanear en medios humanos y materiales para operar y mantener semejante derroche, del todo innecesario. PSOE y PP, reyes de la escena política española casi en exclusividad durante décadas, son igualmente responsables de la cadena de despropósitos que ha acabado con una costosísima infraestructura ferroviaria llena de incidentes. Primero priorizaron la alta velocidad sobre los trenes de cercanías y media distancia, y luego, en 2021, como no había manera de bajar los precios, decidieron liberalizarla y dar entrada a operadores privados. ¿Qué iba a salir mal?

La responsabilidad, decimos, es compartida entre PSOE y PP, pero es el primero el que gobierna, y le va a costar mucho levantar cabeza. El golpe a la campaña es demoledor. No tanto porque vaya a decantar más gente hacia la derecha –esos ya están hipermovilizados–, sino porque rompe el embrujo de Pedro Sánchez en campaña. La tendencia era muy buena para el presidente, la ilusión irradiaba a raudales, y el milagro volvía a ser posible. Si Luiz Inácio Lula lo hizo, ¿por qué Sánchez, con su historial, no lo iba a lograr? Janones se había convertido en un apellido conocido la última semana, pero no hay estrategia en redes que dé la vuelta a esto a corto plazo.

Tras la retórica resistente y el decorado épico, sólo estaba el mismo aparato viciado gestionando como siempre, es decir, mal. El PSOE de toda la vida. Volver a movilizar al que ya se estaba planteando si merecía la pena va a costar horrores. El dantesco espectáculo ofrecido por el espacio a la izquierda de Sánchez, incapaz de articular una candidatura conjunta, no ayuda. En España, la derecha casi nunca gana las elecciones. Las pierde la izquierda, por quedarse en casa.

Hay detalles que lo hacen todo más doloroso, si cabe. El ministro de Transportes español es Óscar Puente, conocido por ser el azote de la derecha en redes. Hábil en el ring, nefasto en la esgrima, todos los sarcasmos y pasadas de frenada contra la derecha se le vuelven ahora en contra. Para rematarlo, la primera opción del gobierno ha sido señalar a un error humano como responsable del accidente, obviando los fallos informáticos previos y sin esperar a informes más concluyentes sobre las causas de la cadena de errores que acabó en tragedia. Y cómo olvidar que hablamos del ministerio de Transportes, dirigido entre los años 2018 y 2020 por José Luis Ábalos, ahora en la cárcel por corrupción.

El resumen es la tragedia humana y el desastre político. Es tentador pensar en la injerencia extranjera, que sobrevuela como hipótesis en algunos de los sucesos que han marcado la actualidad española los últimos meses, desde la entrada masiva de migrantes en Ceuta a finales de julio a los disturbios y saqueos despolitizados que se han visto durante las dos últimas semanas en Barcelona y Bilbao. Estamos en tiempos de injerencias extranjeras desvergonzadas, pero es mejor evitar la tentación de las teorías conspirativas si no se dispone de pruebas. Sobre todo, porque lo cierto es que el accidente, con la red ferroviaria actual, era perfectamente posible sin la intervención de nadie. Ese es el drama y esa es la condena del gobierno.

Queda un mes de campaña, y visto que en los últimos 30 días hemos pasado de estar hablando de migración a hacerlo sobre el problema de la vivienda y los desahucios, para después pasar al orden público y ahora a la seguridad ferroviaria, hasta el 29 de noviembre puede pasar de todo. Pero costará recuperarse. Renunciar a la esperanza no es una opción, pero cualquier ilusión por repetir mayoría progresista plurinacional quedó enterrada entre el amasijo de hierros que dejó el choque ferroviario de Urda. Ya sólo queda apelar a la responsabilidad del votante decente, porque lo que puede venir con la extrema derecha en el gobierno es mucho peor y porque pensar que este accidente no podría ocurrir con PP y Vox al mando es un delirio.