

Sonia Sanchez celebró hace pocos días un nuevo cumpleaños, y sigue siendo, a sus 91 años, una de las últimas arquitectas vivas del Black Arts Movement, el movimiento de las artes negras que en los años 60 y 70 le puso ritmo, rabia y orgullo a la literatura afroamericana.

Nació como Wilsonia Benita Driver el 9 de septiembre de 1934 en Birmingham, Alabama, en pleno sur segregado. Su madre, Lena Jones Driver, murió al año de darla a luz, así que pasó varios años siendo criada por distintos familiares, entre ellos su abuela paterna. Ella misma se describió alguna vez como «una niña muy tímida, muy introspectiva, que tartamudeaba», una definición que contrasta de forma casi violenta con la mujer que después se convertiría en una de las voces más contundentes de la poesía negra estadounidense. En 1943, con nueve años, se mudó a Harlem junto a su hermana, para vivir con su padre, Wilson L. Driver, y la tercera esposa de este.
Obtuvo su licenciatura en Ciencias Políticas en Hunter College en 1955, y realizó estudios de posgrado en la Universidad de Nueva York, donde estudió poesía bajo la tutela de Louise Bogan. Se casó y se divorció de Albert Sánchez, inmigrante puertorriqueño cuyo apellido conservó como nombre profesional para el resto de su vida. En 1968 se casó con el poeta y activista Etheridge Knight, matrimonio que duró dos años y del que nacieron tres hijos, Anita y los mellizos Morani y Mungu.
Durante los años 60, Sanchez se sumergió en el fermento literario y político que dio origen al Black Arts Movement, uniéndose a talleres de escritura en Nueva York y vinculándose a una generación que incluyó a Amiri Baraka, Larry Neal, Haki R. Madhubuti y su propio esposo, Etheridge Knight. Junto a Nikki Giovanni, Knight y Madhubuti (entonces publicando como Don L. Lee), formó el «Broadside Quartet», un grupo de jóvenes poetas radicales promovido por el editor Dudley Randall, y se convirtió rápidamente en una de las voces principales de ese cuarteto. Todos ellos compartían una misma convicción, que el arte no podía mantenerse al margen de la lucha social, y buscaban lo que llamaban un «arte funcional», pensado para transformar y no solo para contemplar.




Su escritura terminó de definirse en esa convicción. Fue la primera poeta en usar de forma sistemática el inglés negro urbano en forma escrita, mezclando formatos musicales como el blues con formas poéticas tradicionales como el haiku y el tanka, y recurriendo a una ortografía deliberadamente no convencional para celebrar el sonido único del inglés hablado por personas afroamericanas, una herencia que ella misma atribuyó siempre a poetas como Langston Hughes y Sterling Brown. Esa apuesta por la lengua propia, frente al inglés estandarizado y blanco, es la misma que hoy siguen defendiendo poetas negras contemporáneas, para quienes la palabra propia sigue siendo un arma de resistencia frente al lenguaje occidentalizado, y coloca a Sonia Sanchez en esa larga genealogía de escritoras negras que construyeron, desde Estados Unidos, una literatura pensada para nombrar el género, la raza y la violencia patriarcal sin pedir permiso.
Su compromiso no se quedó en la página. Empezó a enseñar en el área de la Bahía de San Francisco en 1965, y fue pionera en el desarrollo de programas de estudios negros en lo que hoy es la Universidad Estatal de San Francisco, donde fue instructora entre 1968 y 1969. Más tarde, en la Universidad de Pittsburgh, fue la primera profesora en ofrecer un seminario dedicado exclusivamente a la literatura escrita por mujeres afroamericanas. En 1977 se convirtió en la primera Presidential Fellow de Temple University, donde ocupó la cátedra Laura Carnell hasta su retiro en 1999, y donde sigue siendo, todavía hoy, poeta residente.
Es autora de más de veinte libros, entre ellos Homecoming (1969), We a BaddDDD People (1970), Love Poems (1973), I’ve Been a Woman: New and Selected Poems (1978), Homegirls and Handgrenades (1984), Under a Soprano Sky (1987), Does Your House Have Lions? (1997), Shake Loose My Skin (1999), Morning Haiku (2010) y Collected Poems (2021), además de la antología We Be Word Sorcerers: 25 Stories by Black Americans (1973). Ganó el P.E.N. Writing Award en 1969, el American Book Award en 1985 por Homegirls and Handgrenades, y en 2001 recibió la Medalla Robert Frost, uno de los reconocimientos más altos que puede obtener un poeta de trayectoria nacional en Estados Unidos. En 2018 se sumó el Wallace Stevens Award.
Ha leído su poesía en más de 500 universidades estadounidenses, y también en África, Cuba, el Caribe, Australia, Europa, Nicaragua, China, Noruega y Canadá. A sus 91 años, sigue viviendo en Filadelfia, con la misma convicción con la que empezó, que la palabra negra, dicha en su propio ritmo y con su propia ortografía, es una de las herramientas políticas más potentes que existen.
Sonia Sanchez convirtió el tartamudeo de una niña que perdió a su madre al nacer en una de las voces más claras y necesarias del siglo XX. Sigue viva, sigue escribiendo, y sigue siendo, seis décadas después, exactamente lo que siempre quiso ser, una poeta al servicio de la liberación negra.
Redacción Afroféminas
