El Sudamericano 06/07/26
A LA SOMBRA DE LA REVOLUCIÓN, A LA SOMBRA DE LAS REVOLUCIONES
El Manifiesto se publicó en febrero de 1848, justo en la víspera de una revuelta revolucionaria que sacudió Europa. En los sesenta años que precedieron a ese momento, Europa y las Américas se habían caracterizado por lo que a veces se denomina «revolución dual»: los acontecimientos y efectos de la revolución en Francia entrelazados con las revoluciones industriales en Gran Bretaña y otros lugares. Ambas, a su vez, consumaban la honda transformación en las ideas políticas y científicas que se venía gestando desde el siglo XVII y que conocemos como llustración1.
Propagándose desde Gran Bretaña, la Revolución industrial transformó la organización económica, con nuevas técnicas y fuentes de energía, nueva tecnología productiva y de transporte, y también con la proliferación de fábricas, que concentraban en un mismo lugar trabajo humano y maquinaria. Una gran parte de la población europea aún trabajaba en la agricultura, aunque bajo un régimen que ya estaba cambiando, a medida que la creciente clase obrera industrial –el proletariado– rápidamente pasaba a ser de importancia central para la economía. Por lo general, vivían y trabajaban en condiciones espantosas, llegando inevitablemente a un duro conflicto con los jefes y los propietarios, para los cuales extraían ganancias. Como era de esperar, esto llevó a un aumento del activismo político.
Mientras tanto, la gran Revolución francesa de 1789-1794 aún era un recuerdo reciente. Este convulso derrocamiento del poder había reemplazado un sistema de monarquía absolutista y servidumbre campesina por una nueva república, que proclamaba la libertad, la igualdad y la fraternidad, dejando atrás las ya anticuadas «virtudes» feudales como eran la jerarquía, la estabilidad y la obediencia2. Las presiones y peleas políticas intestinas, junto a los intentos de destruir la Revolución por parte de otras monarquías europeas, determinaron la trayectoria anómala del nuevo régimen. Pronto cayó bajo el mando contradictorio del autoproclamado emperador Napoleón Bonaparte, que defendió ciertos avances legales y económicos de la Revolución a la vez que limitaba los derechos políticos y enviaba a sus ejércitos por todo el mundo para construir un imperio en beneficio de la Francia burguesa. Tras su derrota en 1815 a manos del Reino Unido y los regímenes reaccionarios y autocráticos de lo que entonces se conoció como «Santa Alianza» –Rusia, Prusia (en lo que ahora es Alemania) y Austria–, Francia pasó brevemente por el régimen monárquico retrógrado de Carlos X. En poco tiempo, tras tres días de barricadas y luchas callejeras, la Revolución de julio de 1830 sustituyó su reinado por el de Luis Felipe de Orléans, el último monarca francés. Conocido como el «rey burgués», su monarquía constitucional se caracterizó por las camarillas, la corrupción y la venalidad, y consolidó el poder político de la clase media propietaria.
Apenas se proclamaron triunfalmente, esas ideas radicales de la Revolución, liberté, égalité y fraternité, chocaron con los rígidos muros de la propia sociedad burguesa. Al margen de lo que algunos de sus defensores radicales hubieran creído o querido, el motor fundamental de esa sociedad era –y es– la maximización de las ganancias, y el poder erigido sobre ellas. Esto no quiere decir que aquellos ideales que profesaban sus partidarios, o que decían profesar, fueran completamente arbitrarios, sin ninguna relación estructural con ese modo de organización social. Y tampoco eran –ni son– la fuerza motriz de la sociedad, sino parte de una ideología organizadora que le es funcional, sobre la base de una acumulación que se predica e impone con una violencia feroz y bárbara. Lo más evidente, como señala el gran C. L. R. James, es que «la trata de personas y la esclavitud eran la base económica de la Revolución francesa»3. Esa sociedad burguesa era, y todavía es, refractaria a cualquier cambio que pueda poner en peligro la maximización de las ganancias, o que amenace la estabilidad de la que dependen tales ganancias, y por tanto el poder. Esta estabilidad no solo podía albergar opresión y represión sino que se reforzó en parte gracias a ambas, a pesar de las proclamas de libertad e igualdad. A las mujeres, por ejemplo, no se les concedía el sufragio. Con la Ley del 20 de mayo de 1802, Napoleón Bonaparte anuló la ley anterior del 4 de febrero de 1794 que había abolido la esclavitud en las colonias francesas4. Leyes racistas y reaccionarias tan atroces como estas, y las normas sociales que expresaban, nunca fueron simplemente un atavismo político lamentable, un «mero» atraso: dejaban claras ciertas prioridades efectivas del republicanismo y el liberalismo realmente existentes5.
Pero esos ideales liberales tampoco eran simples mentiras. De hecho, sus significados siempre estuvieron en disputa. Por un lado, como dice James, se desplegaron «con la delicadeza y habilidad de un maestro de esgrima»; fueron proclamados –y ampliados, radicalizados y transformados en fuerza material– por grandes revolucionarios que se rebelaron contra la opresión, como Toussaint Louverture durante el levantamiento de los esclavos haitianos y la revolución de 1791-1804. En una carta de 1792, Louverture proclamó:
«Que la sagrada llama de la libertad que hemos conquistado guíe todos nuestros actos. Salgamos a plantar el árbol de la libertad, rompiendo las cadenas de aquellos de nuestros hermanos todavía cautivos bajo el vergonzoso yugo de la esclavitud. Pongámoslos bajo la égida de nuestros derechos, el imperceptible e inalienable derecho de los hombres libres».
Al mismo tiempo, estos ideales también fueron proclamados por quienes traicionaron a los esclavos insurgentes a cambio de conservar el poder y la propiedad. En un extraordinario poema de 1804, «Elogio de Surinam», el escritor y comerciante holandés-surinamés Paul François Roos dejó meridianamente claro hasta qué punto la «libertad» podía ser inseparable de su opuesto. «¡Enseña a tus hijos […] a levantar templos en alabanza de la libertad!», exhortaba al lector, antes de predecir con entusiasmo que «la costa de África […] ¡Nos servirá de almacén, repleto de robustos esclavos!»6.
Aunque estas ideas fueran contradictorias y complejas, y estuvieran en disputa, a medida que se propagaban con el avance de los ejércitos franceses, los partidarios de la Santa Alianza se opusieron a ellas. Al margen del significado que adoptaran en diferentes contextos, la difusión de las ideas republicanas en esta época turbulenta planteó cuestiones como la libertad de expresión y de prensa, la liberación de las naciones bajo el colonialismo, la consolidación de los fracturados regímenes posfeudales, los derechos y condiciones de los trabajadores y, de forma crucial, la propia democracia. Todos estos fueron temas enormemente controvertidos e importantes. Inspiraron la agitación popular y fueron centrales en turbulentas luchas populares.
En Europa, la década de 1840 fue una época de crisis económica y política, de malas cosechas y terribles privaciones. Durante estos «hambrientos años cuarenta», las hambrunas y la cruel negativa de los gobiernos a aliviar el hambre causaron más de un millón de muertos, muchos de ellos en la colonia británica de lrlanda7. A partir de la década de 1830, en Inglaterra se dio la mayor expresión organizada de oposición radical; un grupo independiente de clase trabajadora, los cartistas, exigieron, entre otras cosas, el sufragio universal masculino. Pero en todo el continente, y más allá, proliferaron también grupos de oposición de republicanos radicales situados más a la izquierda, conformando toda una masa de asociaciones y clubes, a menudo ilegales; con frecuencia, incluían también a trabajadores alemanes emigrados a París, Bruselas, Ginebra y Londres. Se trataba de entornos considerablemente más liberales que aquellos de los que habían huido los refugiados, en los que ahora podían aprovechar ciertas libertades sociales8. En su esperanza de derrocar una sociedad injusta, muchos de estos grupos conspiraron siguiendo los modelos románticos de las organizaciones secretas. Este linaje descarado y audaz se reflejó en el carácter poético, elusivo y alusivo de algunos de sus nombres: la Sociedad de las Familias; la Sociedad de las Estaciones; la Liga de los Proscritos.
En 1834, los trabajadores alemanes de París formaron el Bund der Geächteten, la Liga de los Proscritos. En su punto álgido, esta organización tuvo menos de 200 miembros. En tres años, estos proscritos habían sucumbido a las tendencias escisionistas propias de los grupos de disidentes políticos y gran parte de su militancia más obrera se separó, bajo el liderazgo de Wilhelm Weitling, y formó el comunista Bund der Gerechten, de inspiración religiosa: era la Liga de los Justos.
Fue esta Liga de los Justos la que sería central para la creación del Manifiesto Comunista.
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MARX Y ENGELS
Para cuando empezaron a colaborar en la redacción del Manifiesto, Marx y Engels se habían afianzado ya como figuras destacadas de los movimientos radicales. Esta fue, en gran parte, la razón por la que la Liga de los Justos les ofreció el encargo de escribir el texto de ese documento que sobreviviría al Bund der Gerechten para toda la posteridad.
Marx nació en 1818 en Trier; Engels en 1820 en Barmen, ambas en Renania. Ahora son ciudades alemanas o forman parte de otras ciudades, pero en aquella época no existía la entidad política «Alemania». Si acaso existía la Confederación Alemana, nacida del Congreso de Viena de 1815; esta era un coágulo de cuarenta y un estados y otros pequeños estados [Kleinstaaterei] con diversos grados de poder, forma política, desarrollo económico y ambiente cultural. Entre ellos, Renania era algo inusual. Era una provincia de Prusia, una de las grandes potencias autoritarias y neoabsolutistas de la Santa Alianza, muy diferente de la república burguesa de Francia, y tierra baldía para los anhelos liberales o democráticos9. No obstante, hasta 1813 la propia Renania había estado bajo el control de Napoleón y su cultura había recibido la influencia de las ideas revolucionarias francesas, con lo que era considerablemente más liberal e intelectualmente abierta que la media prusiana.
La de Marx era una acomodada familia liberal de origen judío, aunque su padre se había convertido estratégicamente al protestantismo cuando Renania volvió a estar en manos prusianas, bastante reaccionarias y oficialmente antisemitas.
Como estudiante, Marx hijo se acercó con entusiasmo a las ideas y ambientes radicales, y a la poesía, dejando en segundo lugar sus estudios de Derecho. En 1836 se trasladó de Bonn a la Universidad de Berlín, donde quedó fascinado por las notoriamente complejas y abstrusas obras del gran filósofo G. W. F. Hegel.
El elemento crucial en el pensamiento de Hegel era la «dialéctica». Esta, simplificándola enormemente, sería un modelo dinámico de la totalidad, que incluye a la sociedad, y según el cual el mundo no es estático en su fundamento, sino que a lo largo de las épocas se produce en él una transformación esencial y un desarrollo a gran escala, a partir de un movimiento que deriva de tensiones y dinámicas intrínsecas a los fenómenos, en lugar de ser el resultado de estímulos contingentes externos. Estos fenómenos sociales contienen las semillas de sus desarrollos ulteriores y de sus propios fracasos. Para Hegel, el Weltgeist –«espíritu del mundo», algo así como el alma de una época– se ha desplegado a lo largo de la historia, avanzando hacia una libertad cada vez mayor. Para él, esto quedaba ejemplificado por las reformas liberales de Napoleón en Prusia tras la Revolución francesa, de las que inicialmente fue un entusiasta. Lo que planteó una pregunta: ¿cuál es la trayectoria de ese Weltgeist cuando las reformas se vieron reemplazadas por las políticas represivas de Prusia, en lo que seguramente tuvo que parecerle un paso atrás?
Hegel murió en 1832, y en sus últimos años viró un poco hacia la reacción, intentando la cuadratura del círculo que suponía ver a la Razón misma encarnada en cierta versión de ese Estado prusiano. Es importante no exagerar esto: la posición de Hegel era considerablemente menos entusiasta respecto al Estado prusiano realmente existente de lo que podrían sugerir representaciones posteriores de su pensamiento10. En todo caso, determinada versión de ese hegelianismo posterior pudo resultar atractiva para los poderes establecidos. Por esta razón, al margen de los matices de su pensamiento, después de su muerte fue «a todos los efectos, el filósofo prusiano oficial»11.
Contra esa teorización quietista, los pensadores conocidos como «jóvenes hegelianos», ateos y, según ciertas descripciones, liberales, adoptaron interpretaciones radicales de las posiciones hegelianas anteriores, incluso contra el propio Hegel. «El Absoluto», que para Hegel habían sido Dios y la Razón, para ellos era la humanidad; y si cualquier epígono sugiriera que el Estado prusiano podría ser su encarnación, esto era una infame traición al modelo.
Filosóficamente, estos subversivos y malhumorados discípulos tendían hacia el «idealismo»: es decir, para ellos el motor fundamental del mundo era el reino de las ideas. Para muchos, por tanto, era en ese ámbito donde se producían los cambios sociales12. Marx se sintió inicialmente atraído por el movimiento de los jóvenes hegelianos. En un primer momento su radicalismo político se manifestó en animosos ataques, a menudo valientes, contra el absolutismo prusiano; y en la exigencia de reformas, como la libertad de prensa. Pero lo que distinguió a Marx no fue solamente la mordacidad de sus ataques contra la reacción, sino la avasalladora impaciencia de Marx ante la pusilanimidad e incapacidad de la oposición liberal. «¡Dios me salve» – escribió en 1842– «de mis amigos!»13.
Este radicalismo se vio subrayado por su pronto paso del idealismo a la posición opuesta, el «materialismo» filosófico. Hasta el día de hoy, los críticos del materialismo no han dejado de repetir el tenaz embuste de que su modelo contrapone toscamente los factores «económicos» a «la cultura, la ideología y las mentalidades», y que «los marxistas relegan el reino de la pura idea y el pensamiento humano a un estado de árida inefectividad»14. Esto es, que para el materialismo el pensamiento es espuma epifenoménica, lo cual es una falsificación.
De forma enfática y explícita, la cuestión que se plantea no es que la cultura y las ideas sean irrelevantes. Ni que, despojadas de su fuerza, puedan ser «descodificadas» de manera reductiva y mecánica como meros ecos de intereses económicos y materiales. Lo que el modelo sugiere, en cambio, es que, en toda su especificidad y riqueza de matices, en última instancia estos factores culturales y psíquicos son proyectados por la realidad social material subyacente, y son también funciones de ella. Esto no significa que no tengan impacto, ni que sean directamente funcionales a un determinado sistema, incluso aunque sean funciones de tal sistema15. Lo afectivo, lo simbólico y lo que es propio de la mente, no necesitan ni deben ser elementos desechados por el marxismo, como se intentará aclarar a continuación.
Una perspectiva con tantos matices sobre la materialidad y la subjetividad se volvería cada vez más clara durante la maduración de la obra de Marx y Engels (sin que eso impidiera las calumnias). Con todo, aunque su terminología cambió y su análisis evolucionó, el modelo ya queda bastante definido en 1845-1846, en el libro escrito por ambos La Ideología Alemana. Y dará forma al Manifiesto.
Marx obtuvo su doctorado en filosofía en 1841, pero todas las vías de entrada a la academia estaban bloqueadas por la oposición oficial a ciertas ideas, como podían ser las de los jóvenes hegelianos. En lugar de ello, se dedicó al periodismo. Cuando su trabajo se vio impedido por las censuradoras autoridades prusianas, se mudó a París. Allí se unió a los alemanes radicales emigrados que pertenecían a la Liga de los Justos, además de otras corrientes izquierdistas en constante disputa, y a un movimiento obrero organizado que daba sus primeros pasos. Marx quedó muy impresionado, elogiando «la pura frescura, la nobleza que irradiaban estos hombres agotados» y afirmando que «entre estos “bárbaros” de nuestra sociedad civilizada es donde la historia está preparando el elemento práctico para la emancipación de humanidad»16. Este entorno, junto a un estudio intensivo de economistas políticos como Adam Smith, además de una importante e inspiradora rebelión de tejedores alemanes (silesios) en 1844, lo llevaron directamente a la izquierda. Ese año, el mismo año en que nació su primogénita Jenny, Karl Marx se hizo comunista.
Desde luego, las implicaciones de ello no eran menos controvertidas entonces de lo que son hoy en día. A continuación, se trazará un perfil del contexto histórico de la tradición previa, y de las características específicas, del comunismo marxista. Agrandes rasgos, ser comunista en la década de 1840 equivalía a afirmar un principio de igualdad radical y de comunidad de bienes, en oposición a la propiedad privada.
Marx desarrolló sus teorías en varios ensayos importantes de esos años, incluyendo Sobre la cuestión judía (1843), Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel (1843) y los Manuscritos Económicos y Filosóficos (1844). En el primero sostenía que otra revolución «política» al estilo francés –es decir, una revolución que originara una nueva forma de gobierno, incluso en un régimen reaccionario como el de Prusia, sin alterar fundamentalmente la economía política subyacente a un capitalismo recién asentado– dejaría intacta la atomización social de los individuos, y no podría dar comienzo a la «emancipación humana». En el segundo, sugería que la burguesía alemana era demasiado débil para llevar a cabo esa revolución y que los trabajadores eran el único grupo en condiciones de desempeñar un papel dirigente. Y en el último texto, quizás el más importante, se centró en ese proletariado como el grupo productivo clave dentro del capitalismo, que por consiguiente era aquel que, al liberarse a sí mismo, liberaría a la humanidad en su conjunto. Estos escritos contenían una temprana expresión vital de la relación central, para Marx, entre la revolución, la clase trabajadora como agente central capaz de llevarla a cabo, y la liberación universal.
«De la relación entre trabajo enajenado y propiedad privada se sigue que la emancipación de la sociedad de la propiedad privada, etcétera, y de la servidumbre, se expresa en la forma política de la emancipación de los trabajadores»17.
Como hijo de un adinerado empresario, Engels provenía de un linaje aún más privilegiado que el de Marx. En sus primeros años fue un juerguista bohemio.
También él gravitó hacia los jóvenes hegelianos y hacia lo que entonces era la vanguardia de ese movimiento, la obra de Ludwig Feuerbach. Engels, que ya era un «ardiente comunista» en 1842 (dos años antes que Marx), se trasladó a Manchester para trabajar en la empresa de su padre. Quedó consternado y escandalizado por la pobreza y degradación que sufría el proletariado inglés y en 1845 publicó, en alemán, el furioso y pionero estudio La situación de la clase obrera en Inglaterra. Se abundará en detalles al respecto más adelante.
Marx y Engels se conocieron brevemente en 1842. No tenían gran opinión el uno del otro. Fue al volverse a encontrar, en 1844 en París, cuando establecieron una estrecha amistad personal, una íntima camaradería política y una impresionante colaboración intelectual que duraría hasta la muerte de Marx en 1883. Poco después de este segundo encuentro, los dos jóvenes escribieron juntos La Sagrada Familia y La Ideología Alemana. De diferentes maneras, ambos libros tienen su relevancia para el Manifiesto. El primero era en parte un ataque contra ese pensamiento radical «idealista» según el cual el principio motor de la historia era el «espíritu». En su lugar, Marx y Engels abogaban por una base materialista para la política radical. Desarrollaron este punto de vista en La Ideología Alemana, que entre otras cosas era un ataque a los jóvenes hegelianos. En este texto, Marx y Engels definían la «alienación» como un proceso material, social y psíquicamente perjudicial, en el que los trabajadores deben vender su actividad productiva, convirtiéndose en medio para un fin que no es el suyo, de modo que se ven escindidos de su propia creatividad, de otros seres humanos y de la naturaleza. Concluían que, para superar esta funesta condición, la propiedad privada, el derecho absoluto de un propietario a determinar qué uso se da a lo que «posee», específicamente en lo que respecta a la propiedad de los propios medios de producción, debía ser abolida.
La Ideología Alemana es quizá más conocida hoy por la lapidaria afirmación de que «las ideas de la clase dominante son en cada época las ideas dominantes, esto es: la clase que es la fuerza material dominante de la sociedad es al mismo tiempo su fuerza intelectual dominante». La sección del libro titulada «La clase dominante y las ideas dominantes», en la que se desarrolla este modelo, ofrece un desarrollo bastante más matizado de lo que habitualmente se da a entender sobre la relación entre los intereses de la clase dominante y su capacidad enormemente desproporcionada a la hora de desplegar ideas que promueven estos intereses, así como para abstraer tales ideas de modo que sean susceptibles –aunque se vean impugnadas– de adoptar la apariencia de sentido común y/o verdades eternas. Un análisis de los enfoques en disputa respecto al concepto de ideología –tanto el enfoque marxista como otras formas de abordar la cuestión de cómo percibimos y malinterpretamos nuestras relaciones con el capitalismo– nos llevaría mucho más allá de los límites de este libro18. En todo caso, la discusión que sigue, con excepciones y ciertas acotaciones, bebe de una comprensión de esa ideología dominante a partir del modelo de La Ideología Alemana, esto es, respecto a esa persistencia social que muestra el conjunto de ideas que son funcionales a los sistemas de desigualdad y opresión, además de ser producidas por ellos, y que persisten incluso entre aquellos que los padecen. Lo que también quedará claro en lo que sigue es un modelo distinto, aunque relacionado, sobre la importancia ideológica central que tiene la circunscripción del pensamiento posible.
Más allá de esta cuestión, en La Ideología Alemana Marx y Engels llegaron a cuatro conclusiones sobre la naturaleza alienada del trabajo en un sistema de propiedad privada, conclusiones que influirán posteriormente en el Manifiesto.
En primer lugar, que el desarrollo económico de la sociedad llegaría a un punto en el que sus normas organizativas entrarían en tensión con las normas de la organización social y «no causarán más que perjuicio» cuando sus fuerzas «ya no sean productivas sino destructivas», y que «en conexión con esto se convoca a una clase» –la clase trabajadora– «que tiene que soportar todas las cargas de la sociedad sin disfrutar de sus ventajas […] y de la que emana la conciencia de la necesidad de una revolución fundamental, la conciencia comunista». Acaso conscientes de sus propias circunstancias no proletarias, los autores admitían que esa conciencia podía «surgir también entre otras clases, a través de la contemplación de la situación de esa clase»19.
En segundo lugar, que por encima de esta clase productiva, y enfrentada a ella, existe una clase dominante con intereses opuestos, cuyo poder social, «que deriva de su propiedad, encuentra en cada caso una expresión práctico-idealista en la forma del Estado». En este modelo, el propio Estado, con toda su burocracia y poder, no es un árbitro neutral en los conflictos, incluso en el conflicto entre clases, como a menudo se dice, sino que en última instancia expresa el poder de la clase dominante. Para Marx y Engels, como ha ocurrido a lo largo de la historia, la lucha revolucionaria debe librarse contra la clase dominante.
En tercer lugar: hasta entonces los alzamientos revolucionarios habían sido políticos, es decir, se habían ocupado de reorganizar el poder dentro de las existentes «relaciones de producción» económicas, en lugar de desbaratarlas. Sin embargo, Marx y Engels respondieron que una revolución comunista debe ser diferente. Esta revolución debe alterar de forma esencial la composición social y económica del orden existente y «dirigirse contra el modo de actividad anterior» para abolir «a la vez tanto el dominio de una clase sobre las demás, como las clases en sí mismas», en cuanto «expresión de la disolución de todas las clases, nacionalidades, etcétera». La lucha para acabar con las iniquidades del sistema necesariamente será a una escala social total; un derrocamiento del capitalismo desde la raíz, con su dinámica, normas y estructuras. O lo que es lo mismo, la abolición de la desigualdad social estructural: la clase.
Finalmente, concluyeron también que tal revolución es necesaria, «no solo porque la clase dominante no puede ser derrocada de otra manera, sino también porque la clase que la deponga solamente puede deshacerse de todo el peso muerto acumulado durante siglos y prepararse para fundar desde cero una nueva sociedad si lo hace mediante una revolución». En este modelo, se pueden introducir modificaciones en el capitalismo, pero no se puede hacer de él un sistema en el que valga la pena vivir. Debe ser reemplazado. Y lo que no es menos importante: solo mediante ese cambio las personas pueden cambiarse a sí mismas, tal y como merecen y deben, para poder vivir en ese mundo mejor que con ellas (¿nosotros?) se abrirá paso. Todo el mundo sabe que Marx y Engels querían cambiar la sociedad: menos comentada, pero igualmente importante, es su creencia en el empoderamiento de las personas, a través de esa actividad radical; su autoalteración «a escala masiva» para devenir, como afirma Engels en uno de los primeros borradores del Manifiesto, «un tipo completamente diferente de material humano»20. Los autoliberadores del futuro también se reharán a sí mismos. La nuestra es una humanidad definida por la falta de libertad: la libertad será fundamental para esa humanidad futura.
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EL CONTEXTO DEL COMUNISMO
Como concepto político, el «comunismo» adquirió una súbita relevancia en Europa a lo largo de la década de 184021. «Cuando se escribió», dijo Engels en 1888 respecto al Manifiesto, «no podríamos haberlo llamado un manifiesto socialista […] En 1847, el socialismo era un movimiento de clase media, y el comunismo un movimiento de clase obrera. El socialismo era… «respetable»; el comunismo era directamente lo contrario». Esta oposición a la «respetabilidad» era un compromiso residual con el status de Geächtet, con situarse como proscritos; una renuncia a las normas de cortesía, que según la generosidad con la que se mire, podría interpretarse como una provocación infantil o un liberador empecinamiento. La relevancia cultural de esta distinción entre socialismo y comunismo pronto se atenuaría y, relativamente pronto, Marx y Engels se conformaron con utilizar cualquiera de los dos términos para describir sus propios posicionamientos. Sin embargo, cuando se escribió el Manifiesto, «socialista» describía en términos generales al que se sintiera interpelado por los problemas sociales del capitalismo, por fragmentarias y/o excéntricas que fueran las soluciones que propusiera. Por el contrario, el comunismo del Manifiesto comunista está comprometido con cierto modelo de propiedad democrática comunitaria, en lugar del sistema existente de propiedad privada individual, ganancia y acumulación competitiva.
Y no es solamente el resultado final, soñado como horizonte último, lo que tiene una importancia central, sino la idea de cómo podría alcanzarse. En ese momento, dijo Engels, los comunistas eran quienes «proclamaban la necesidad de un cambio social total». Para ellos, era crucial el rechazo radical del statu quo –o por emplear un término clave del Manifiesto, una ruptura22.
El protocomunismo se remonta por lo menos a las sectas religiosas radicales de siglo XVI, que intentaron instaurar una propiedad común, a menudo haciendo frente a la oposición del poder y la riqueza de las iglesias establecidas; se remonta también a la modernización esas ideas religiosas encarnadas en las ideologías insurgentes del siglo XVIII que exigían la abolición de la propiedad privada. Es a finales de ese siglo cuando aparecen por primera vez las palabras «comunista» y «comunismo», en esas iteraciones políticas radicales, influidas por la minoría igualitaria de extrema izquierda en la Revolución francesa, ejemplificada, por ejemplo, en Gracchus Babeuf23. Este ala radical del republicanismo volvió a entrar en escena en la Revolución francesa de julio de 1830, comprometida con un profundo igualitarismo y una comunidad de bienes contra la propiedad privada que consideraban central para el poder social y la desigualdad. Esta tendencia se propagó, dando forma a la disidencia política preexistente y adoptando varios colores en toda Europa y el mundo, para espanto de la clase dominante24. Aunque otorgaban un reconocimiento a la prehistoria y la historia de comunismo, para Marx y Engels el socialismo y el comunismo «propiamente dichos» llegaron con la lucha entre la burguesía y el proletariado25. En la primera mitad del siglo XIX, una plétora de personalidades y grupos socialistas, comunistas y anarquistas se opusieron al capitalismo (además de enfrentarse entre ellos, con gran frecuencia). Algunos se basaron en doctrinas religiosas radicales, otros en pensadores utópicos como Saint-Simon, Fourier, Robert Owen, Víctor Considerant y Proudhon, fundadores de fábricas «más humanas», soñadores de improbables nuevas comunidades, redactores de apasionadas prosas visionarias o predicadores de un evangelio social26. Algunos eran idealistas comprometidos con el cambio pacífico en, de y por el espíritu humano; otros eran conspiradores que tramaban el derrocamiento violento de gobiernos por obra de una diminuta, implacable e ilustrada minoría. En 1846, Marx y Engels, ahora trabajando juntos, inauguraron algo que denominaron Comité para la Correspondencia Comunista, para forjar vínculos con varios de esos radicales. Entre ellos se encontraban los líderes de izquierda de ese movimiento de masas de la clase trabajadora británica, los cartistas; y en el otro extremo de la escala, el escaso centenar de miembros de la Liga de los Justos.
En 1847, los dos amigos se habían convertido en figuras destacadas del movimiento radical. Se comprometieron a unirse a la Liga y se esforzaron por llegar a controlarla. En junio, Engels se desplazó a Londres para asistir al congreso en el que se rebautizó como Liga Comunista y se reorganizó siguiendo una nueva línea menos conspiratoria y más democrática. También cambió notablemente su tono. Sus consignas anteriores se habían centrado en una propaganda filosóficamente idealista y moralista, y en sentimientos abstractos sobre el amor y la igualdad. (Como se comentará más adelante, sería posible defender convincentemente la relevancia política del amor, pero solo en la medida en que este fenómeno se entienda como parte de una totalidad concreta política más amplia, tal vez inseparable del amor, pero difícilmente reducible a él). En ese momento la organización adoptó el lema: «Trabajadores de todos los países, uníos». Esto demostraba la creciente influencia de las ideas y el enfoque político de Marx y Engels.
Engels elaboró rápidamente el borrador de una «profesión de fe» comunista, en la que su forma de preguntas y respuestas aclaraba las posturas del grupo, bajo la forma de catecismo religioso27.
A la «Pregunta 1) ¿Es usted comunista?», respondía «Sí», y continuaba así:
Pregunta 2: ¿Cuál es el objetivo de los comunistas?
Respuesta: Organizar la sociedad de tal modo que cada miembro de ella pueda desarrollar y emplear todas sus capacidades y poderes en total libertad y sin infringir con ello las condiciones básicas de esta sociedad.
Pregunta 3: ¿Cómo queréis alcanzar este objetivo?
Respuesta: Por medio de la eliminación de la propiedad privada y su reemplazo por una comunidad de propiedad.
Y así sucesivamente, de forma similar, hasta un total de veintidós preguntas. En octubre, la Liga encargó a Engels una segunda versión más larga, conocida hoy como «Principios del comunismo»28. No obstante, Engels empezó a ver las limitaciones de esta estructura didáctica y, cavilando sobre el tipo de documento que necesitaba la Liga, y el movimiento en general, le escribió a Marx:
«Creo que lo mejor es eliminar la forma de catecismo y darle el título: Manifiesto comunista. Tenemos que incorporar una cierta cantidad de historia, y la forma actual no se presta demasiado bien para ello»29.
Los preparativos estaban en marcha. Seis años antes, cuando aún no conocía a Marx, Engels había publicado de forma anónima un largo poema satírico, «El triunfo de la fe», en el que se burlaba del filósofo de izquierda Arnold Ruge, que en ese retrato se mostraba como revolucionario de palabra pero no en los actos.
En ese poema, Ruge exigía a sus oyentes: «escuchad todos mi Manifiesto»30.
Pero ahora Engels veía mayor utilidad a la forma del manifiesto como intervención política.
Desde el 29 de noviembre, y durante diez días, la Liga celebró su segundo Congreso en Londres. Esta vez, tanto Marx como Engels estuvieron presentes en los fervientes y furiosos debates entre su comunismo materialista basado en la lucha de clases y los residuos de comunismo de hermandad universal cuasirreligiosa e idealista. Marx pronunció un discurso, según relataría un viejo camarada años más tarde, que fue «breve, cautivador y convincente en su lógica», y «cuanto más evidente me resultaba la diferencia entre el comunismo de la época de Weitling y el del Manifiesto Comunista [que pronto redactarían], más claramente percibía que Marx representaba la virilidad del pensamiento socialista»31. Este lenguaje de género se nos atraganta hoy en día, y desde luego nos indica cuestiones no resueltas dentro del movimiento. Sin embargo, a un nivel intencional, la idea era señalar no solo la masculinidad sino la «madurez» teórica.
Marx y Engels consiguieron que sus puntos de vista fueran los de la organización. «La vieja e idílica “comunidad de bienes” fue reemplazada por el nuevo y realista programa político-económico de la lucha de clases para abolir la propiedad privada»: una política materialista para un intento de fundamentar y dar efectividad a una aspiración ética32. Como resultado, se le encomendó a Marx la tarea de redactar el programa oficial. Después del congreso, regresó a Bruselas y se puso manos a la obra33.
En gran medida Marx partió del trabajo previo de Engels, sus dos catecismos.
Como hemos visto, después de la muerte de Marx, Engels negó su autoría en el documento. Esto era totalmente característico de él y de su relación con Marx.
Era demasiado modesto. Por mucho que ciertamente Marx fuera la fuerza impulsora detrás del texto que conocemos, la influencia de Engels fue muy importante; no solamente fue él quien propuso el formato de manifiesto, sino que esos dos catecismos fueron los cimientos específicos del Manifiesto, en términos de conceptos clave, estructura, enfoque general y tono. De modo que no es una motivación sentimental la que lleva a acreditar conjuntamente a Marx y Engels como autores del Manifiesto, como se hace aquí34.
Sus camaradas esperaban ansiosamente el documento prometido. Pero Marx no cumplía. Le daba vueltas al Manifiesto y se retrasaba cada vez más, en un primer ejemplo de lo que acabaría siendo la práctica de toda una vida, la «persistente política de arriesgar con los plazos de entrega» de Marx35. Estaba escribiendo en un contexto de creciente tumulto y agitación, en toda Europa y más allá, pero ni siquiera una convergencia histórica mundial, casi como decidida a darle la razón y pronta a validar su tesis, y respecto a la cual Marx podía razonablemente esperar que su texto produjera un impacto, lograba que entregara el texto a tiempo.
El año 1847 había sido un año de crisis económica, el peor año de la gran hambruna irlandesa, uno de los más hambrientos de aquella década famélica de 1840. La burguesía industrial solo tenía en Gran Bretaña algún peso efectivo en los sistemas políticos; en otros lugares hubo una continuidad en la tensión institucional entre los intransigentes regímenes reaccionarios y la económicamente poderosa clase media, mientras que las condiciones de los trabajadores, sin derechos, seguían siendo terribles. El pronóstico de los analistas de izquierda y derecha era la revolución. En los últimos meses de 1847, Suiza se vio golpeada por la Guerra del Sonderbund, un conflicto entre los cantones católicos y protestantes de la Confederación Suiza, que se entiende mejor como confrontación política entre las fuerzas burguesas conservadoras y las liberal-democráticas que como un choque religioso. Así la vieron los conservadores de toda Europa, alarmados, y la percibieron como un adelanto de las futuras turbulencias políticas, un intento de barrer las viejas estructuras monárquicas por parte de las clases medias y trabajadoras. «Mira lo que se prepara entre las clases trabajadoras», advertía el gran politólogo francés Tocqueville a principios de 1848. «Estamos durmiendo sobre un volcán… ¿No ves que la tierra tiembla de nuevo? Sopla un viento de revolución»36.
Esta era la embriagadora naturaleza de la época. Y, pese a todo, Marx seguía escribiendo. En rigor, fue el 12 de enero de 1848 cuando comenzó el año revolucionario, conocido como la Primavera de los Pueblos. Estalló una insurrección en Sicilia, incitando alzamientos similares en territorios de lo que hoy es Italia. La telegrafía vivía su gran momento de expansión, de modo que la noticia se difundió por el mundo. El propio Engels publicó artículos –«Movimientos de 1847», «El comienzo del fin en Austria»– sobre el rumor de revoluciones. Y Marx seguía escribiendo. La tierra temblaba de nuevo y los comunistas aún no tenían su manifiesto. Los representantes de la Liga enviaron a Marx una siniestra y agitada advertencia: si el manifiesto no llegaba a Londres en la semana siguiente, se tomarían «ulteriores medidas» contra él.
Al margen de cuáles pudieron haber sido esas indeterminadas medidas, y por miedo a ellas o no, Marx finalmente logró llevar a término el documento (si bien, por decirlo amablemente, el final parece abruptamente interrumpido, como veremos). El manuscrito llegó a Londres y rápidamente se dispuso su impresión.
A mediados de febrero apareció por fin un panfleto de color verde oscuro. Manifest der Kommunistische Partei –rezaba la portada– Proletarier aller Länder, vereinigt euchl. Manifiesto del Partido Comunista [Manifiesto de los Partidarios del comunismo]. ¡Proletarios de todos los países, uníos!
Por sí mismo, este no era el manifiesto de la Liga Comunista: ese nombre no aparecía en ninguna parte del libro, aunque fuera una organización legal en Gran Bretaña. Las aspiraciones de los autores y sus camaradas iban más allá. «En esta época, mucho antes de que en la política se desarrollaran los sistemas de partidos modernos, la palabra “partido” (en cualquier lengua europea) significaba principalmente una tendencia o corriente de opinión, no un grupo organizado».
Al declararse como Manifiesto del Partido Comunista, el título estaba reivindicando, con extraordinaria audacia, que «este es el punto de vista comunista»37.
Semejante declaración de intenciones insurgentes se hacía en un mundo convulsionado. Engels se había visto expulsado de Francia a finales de enero por un gobierno atemorizado ante la perspectiva de una revolución. Y, de hecho, cuando apareció el Manifiesto la revolución estaba comenzando en París, después de que el gobierno prohibiera los banquetes políticos, una forma tolerada de oposición al régimen entre la clase media. Multitudes de parisinos, de clase trabajadora y de clase media liberal, llenaron las calles y alzaron barricadas en lo que Marx llamó la «revolución hermosa», en una lucha contra los guardias de la ciudad que dejó una gran cantidad de muertos. Luis Felipe huyó para salvar su vida y, con ello, una vez más, y esta vez de forma definitiva, la monarquía francesa daba a su fin.
La revolución continuó y se extendió a otros lugares, en lo que sería «la única revolución verdaderamente europea que jamás haya existido» y «en ciertos aspectos, una revuelta global»38. En marzo, el gobierno belga expulsaba a Marx de Bruselas y, con él, Engels y otros miembros de la Liga se trasladaban a Alemania, donde participarían activamente en la revolución. En muy poco tiempo se producirían revueltas que sacudirían Viena y Berlín. Le seguirían alzamientos en Palermo y ciudades de Noruega; en Moldavia y Hungría o Portugal, con repercusiones en lugares tan lejanos como Ceilán, el Caribe y Australia39. Aparte de exigir derechos civiles liberales, las multitudes clamaron por la independencia de los Estados-nación europeos que estaban bajo el control de las potencias imperiales. En Gran Bretaña, los cartistas, ese movimiento de masas de la clase trabajadora cuyo fin eran las reformas, organizaron grandes manifestaciones.
La esperanza de Marx y Engels, que se encontraban en Colonia en ese mes de marzo, era que la clase media alemana llevara a cabo su «misión histórica». Esta consistiría en acabar con los privilegios del feudalismo, dando paso a una modernidad liberal que prescindiera de todos los vestigios del viejo sistema autocrático, mejorara las condiciones políticas tanto para los trabajadores como para la burguesía y permitiera el florecimiento del desarrollo capitalista, despejando un terreno fértil para el crecimiento y el rápido triunfo político posterior del poder obrero. «La Alemania burguesa», acababan de escribir en el Manifiesto, «solo podrá ser el preludio inmediato de una revolución proletaria».
Los trabajadores deben tener «la conciencia más clara posible del antagonismo hostil» entre ellos y los capitalistas, pero tendrán que «luchar junto a la burguesía en la medida en que esta actúa revolucionariamente». Totalmente comprometidos con la causa de la clase trabajadora como puntal de extrema izquierda de la revolución democrática, ellos sostenían que, si era una revolución burguesa, quien debía abrir paso a esta república democrática tenía que ser la propia burguesía, como parte de una alianza de clases contra los viejos gobernantes. La política de Marx «consistía en estimular a la burguesía desde una base independiente situada en la izquierda, organizando a las clases plebeyas de forma separada respecto a la burguesía, para atacar juntas al antiguo régimen y preparar ese bloque democrático conformado por proletariado, pequeña burguesía y campesinado, y así colocarse temporalmente en la vanguardia en caso de que la burguesía diera señales de echarse atrás»40. Es decir, impulsar una política de la clase obrera, también dirigida a los elementos receptivos entre la burguesía, en los que Marx creía y a los que consideraba agentes necesarios, de y para la izquierda. De modo que Marx asumió la dirección editorial del “Neue Rheinische Zeitung”, un periódico político opuesto a la reacción alemana y financiado por el ala más izquierdista del capitalismo local, cuyo público debían ser tanto esos inversores como los trabajadores, campesinos y pequeños comerciantes.
Pero lejos de consolidar el dominio de la clase media sobre el Antiguo Régimen, como esperaban los defensores y militantes obreros de la revolución, la burguesía de toda Europa demostró que temía mucho más a la amenaza revolucionaria desde abajo contra el statu quo, que al propio statu quo41.
En un primer momento pareció que la burguesía alemana, a pesar de su evidente falta de entereza, podría emprender el tipo de acción revolucionaria que la izquierda esperaba de ella. Bajo la presión popular se dieron algunos avances políticos. Pero a mediados de año se estaba gestando una palpable ola de reacción en todo el continente. Del 22 al 26 de junio, el nuevo gobierno republicano de Francia aplastó sin piedad una revuelta de trabajadores en París, matando a más de 3.000 personas. En septiembre, las autoridades de Frankfurt convocaron a tropas austríacas y prusianas para sofocar una insurrección popular. En ese mes se instauró la ley marcial en Colonia y en noviembre en Berlín, y el Imperio Habsburgo aplastó un levantamiento en Viena. En última instancia, las clases medias alemanas, en lugar de acompañar, aunque fuera a distancia, a los radicales y a los movimientos obreros que se oponían a la monarquía prusiana, hicieron las paces con esa potencia debilitada pero finalmente triunfante, a cambio de unas pocas migajas constitucionales42. La revolución europea acabó en una terrible derrota.
En su texto “La burguesía y la contrarrevolución”, de diciembre de 1848, Marx trató de aclarar qué había salido tan mal.
«La burguesía alemana se había desarrollado tan indolentemente, con tal lentitud y pusilanimidad, que se vio amenazadoramente confrontada por el proletariado y por todos aquellos sectores de la población urbana vinculadas al proletariado por sus intereses e ideas, en el momento mismo de su enfrentamiento con el feudalismo y el absolutismo. […] Se había reducido al nivel de un tipo de estamento […] inclinado desde el principio a traicionar al pueblo»43.
El impacto de esta conclusión en el pensamiento de Marx y, retrospectivamente, en el Manifiesto, se aborda más adelante, en el capítulo 4.
Frente a esta ola de reacción contrarrevolucionaria en toda Europa, en 1849 Marx y Engels se trasladaron a la relativa libertad de Inglaterra. Desde allí sopesarían, entre otras cosas, cuál es la mejor manera de relacionarse con una necesaria revolución burguesa cuando la burguesía se niega a desempeñar el papel que le ha sido asignado. Allí verían marchitarse y morir a la Liga Comunista. Allí continuarían una vida entera de trabajo radical.
¿Y el Manifiesto, ese libro de jóvenes escritores, por excelencia? En su momento, el Manifiesto dio la impresión de ser un texto «surgido de la revolución, aunque también buscara desencadenarla»44; y además de concitar la discusión de miles de personas en Ámsterdam en junio de 1848, había sido difundido con entusiasmo en Colonia a lo largo de ese año revolucionario45.
Pero ahora parecía como si la contrarrevolución pudiera borrar su recuerdo.
El interés por el Manifiesto no llegó a agotarse por completo. Hubo una demanda esporádica en los momentos inmediatamente posteriores a los sucesos de 184846, y la pionera traducción al inglés de Macfarlane apareció en el semanario “Red Republican”, en 1850. Sin embargo, en general la década de 1850 fue como un desierto para el Manifiesto, y un mal momento en la propia vida de Marx47. «Al desaparecer de la arena pública el movimiento obrero que se inició con la Revolución de Febrero», escribiría Engels en el prefacio de 1890 a la reedición del libro, «el Manifiesto pasó también a segundo plano». Disfrutó de un breve auge a finales de la década de 1860, con la publicación del primer volumen de El Capital de Marx en 1867, en parte por un mayor renombre del autor y también porque El Capital incluye citas destacadas de este libro anterior.
Aun así, tal y como hace uno de sus intérpretes, es posible describir el Manifiesto, a principios de la década de 1870, como «un opúsculo ya casi olvidado»48.
En el Prefacio a la publicación de 1872, Marx y Engels subrayaban que se habían publicado varias ediciones en los veinticuatro años que habían transcurrido desde la primera aparición del Manifiesto, pero a decir verdad su influencia no fue particularmente relevante. El ritmo al que fue reeditado y citado, pese a todo, es revelador. A una pequeña explosión inicial de referencias al libro, le siguió una década de barbecho, desde principios de la década de 1850, en los años de represión con los que la reacción respondió a 1848. A partir de ese momento empezaron a darse pequeñas oleadas de nuevas ediciones y/o citas del texto en momentos de turbulencia política, como muestra de la modesta pero creciente influencia del Manifiesto, hasta que en la década de 1870 empezaron a proliferar nuevas ediciones.
La sangrienta represión de la Comuna de París en 1871, aquel gobierno radical que surgió en la capital francesa al final de la guerra franco-prusiana, y que había sido un notable y demasiado breve experimento de gobierno de la clase trabajadora, tuvo un impacto crucial y clarificador sobre algunas de las propias ideas de Marx y Engels, incluido el Manifiesto, como se verá más adelante.
Aquellos sucesos también aumentaron súbitamente el interés en el texto y se debió en parte a la reciente reputación subversiva de Marx, en cuanto partidario de la Comuna, y en parte al liderazgo que ejercía en la organización que quiso convertir en órgano de solidaridad de la clase trabajadora, la AIT (Asociación Internacional de Trabajadores)49. Dadas las lecciones que Marx y Engels extrajeron de la experiencia de la Comuna respecto a las cuestiones de la organización política y en el contexto de su insistencia en que los trabajadores debían organizarse dentro de partidos políticos, en contra de la opinión de los anarquistas dentro de la AIT, a partir de ese momento el Manifiesto pudo leerse de otra forma, como un nuevo tipo de intervención, como un llamamiento, aún más directo que antes, a la acción política por parte de los partidos revolucionarios de los trabajadores, y a una reconfiguración del Estado como parte de esa acción revolucionaria.
Después de la Comuna, la propia antipatía hacia el comunismo, a menudo en forma de atronadores ataques al texto, fue uno de los factores que alimentaron la curiosidad por el Manifiesto. Aparte de los ataques, siguió existiendo un interés más afín, que condujo a nuevas traducciones y aumentó la presión para que se editara una nueva versión en inglés, que culminó en la traducción de Moore de 188850. En el contexto del «nuevo sindicalismo», con el crecimiento de la militancia y unas campañas más intensas de afiliación dentro del sindicalismo británico de la década de 1880, esta edición aceleró ese crecimiento del interés.
Este volvió a alcanzar puntos máximos en 1905 y 1917; estos, por supuesto, fueron años de transformaciones revolucionarias en Rusia. Todo esto significa que «la distribución del Manifiesto va marcando los periodos de agitación revolucionaria de 1848, 1871, 1905 y 1917»51. El Manifiesto «pasó a ser cada vez más un marcador de la actividad revolucionaria»52.
Pudo haber fracasado en su inicial acto de habla, en cuanto incitación a la ruptura política; pero el Manifiesto no siguió el mismo camino que el resto de los textos indignados y radicales del siglo XIX. Si la década de 1870 dio paso al auténtico destino del texto, también comenzaron en ese momento los cuarenta años de auge de los partidos social-demócratas del trabajo; durante este punto álgido, y gracias a él, «el Manifiesto conquistó el mundo»53. El año de la Revolución Rusa, 1917, fue un crucial punto de inflexión. No solo ocurrió que los líderes del enorme y poderoso Estado que llegaría a ser la URSS declararan su fidelidad al texto, sino que, durante los años siguientes, ese Estado dedicó sus recursos a publicarlo, junto a otras obras de Marx y Engels, en enormes cantidades y ediciones asequibles54.
Hoy, a una escala histórica mundial considerablemente menor, estos últimos años sugieren que incluso sin esa intensa actividad revolucionaria, y sin la capacidad productiva de una imprenta estatal, pueden vivirse otros momentos que dirijan la atención hacia el Manifiesto. Y pueden ser instantes en el tiempo que no carezcan de ironía o humor negro: en 1998 los escaparates de alta costura de Barneys, en Nueva York, estuvieron a punto de incluir una hermosa edición conmemorativa, en rojo y negro, por su 150 aniversario55. Aquellos eran tiempos de desafiante arrogancia capitalista. Pero lo más frecuente es que el Manifiesto experimente momentos de auge en épocas de signo opuesto. El «regreso a Marx» ocasionado por la crisis financiera de 2008 y el aumento sustancial en las ventas de sus textos provocaron muchas muecas entre los comentaristas. Pero incluso si se trata de algo anecdótico, esta fascinación, tras el colapso bancario, es intrigante56. En palabras de Berman:
«Siempre que hay problemas, en cualquier parte del mundo, el libro pasa a primer plano; cuando las cosas se calman, el libro desaparece; cuando vuelve a haber problemas, las personas que olvidaron, ahora recuerdan. […] Cuando la gente sueña con la resistencia –aunque no sean comunistas– pone música a sus sueños»57.
[…]
NOTAS:
- China Miéville: Un espectro recorre el mundo. Sobre el Manifiesto Comunista, Capítulo 2. «El Manifiesto Comunista en su época», (2022). En Castellano; Ed. Akal, Madrid, 2024
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1 Para la revolución dual o doble como telón de fondo del Manifiesto Comunista, véase entre otros Dirk J. Struick: Birth of the Communist Manifesto. International Publishers, 1971, pp. 11-24 y Peter Lamb: Marx and Engels’ Communist Manifesto. Bloomsbury, 2015, p. 3.
2 La íntima relación con el capitalismo temprano de estas «nuevas» ideas, y de la propia Revolución francesa, era importante en el modelo del Manifiesto y en gran parte de la tradición marxista clásica. Para una aproximación marxista relevante, y en contraste con la anterior, basada en la influyente obra de Robert Brenner y Ellen M. Wood, para quienes la equivocación del Manifiesto está íntimamente relacionada con el hecho de que no supiese ver que «el capitalismo […I no jugó ningún papel en el origen o en la política de la Revolución francesa», véase Comninel. 2000. El amplio alcance de este debate se extiende más allá de nuestro alcance, pero vale la pena hacer las siguientes aclaraciones: 1) en las próximas páginas, seguiré más de cerca la posición marxista clásica que la de Comninel, por las razones expuestas en China Miéville: Between Equal Rights. A Marxist Theory of International Law. E. J. Brill, 2005, pp. 214-224, en una discusión sobre el llamado «marxismo político». 2) El propio Comninel tiene claro que, independientemente de su relación con el capitalismo, el liberalismo y sus disputados principios políticos fueron cruciales para la Revolución francesa. 3) Incluso si no estamos de acuerdo con los detalles concretos de la afirmación de Comninel. uno puede estar de acuerdo con su corolario, más flexible, de que gran parte de lo que está mal en el Manifiesto se debe a que Marx iba «por delante de su tiempo»; si no por las razones que Comninel esboza, como veremos, quizás sí por su excesivo optimismo respecto a la burguesía.
3 C. L. R. James: The Black Jacobins: Toussaint L’Ouverture and the San Domingo Revolution. Random House, 1963, p. 48.
4 Dejando aparte su perfidia, la ley de 1802 no tuvo un especial éxito.
5 Para una brillante deconstrucción del salvajismo inherente al liberalismo, véase Losurdo, 2011. Para una discusión de la distinción, quizás a veces demasiado esquemática, pero extremadamente productiva, de las alas «moderada» y «radical» de la Ilustración, véase Jonathan Israel: The Radical Enlightenment: Philosophy and the Making of Modernity 1650-1750. Oxford University Press, 2001 [ed. cast.: La Ilustración radical. La filosofía y la construcción de la modernidad, 1650- 1750, trad. de A. Tamarit, Ciudad de México, FCE, 2012]
6 Hay un debate sobre cuán directamente se inspiró Louverture en el ala radical del Ilustración, y si realmente se dio el encuentro con el Abbé Raynal y su llamamiento a que hubiera un «Espartaco negro», tan poderosamente descrito por James (véase W. E. B. Du Bois: Black Reconstruction in America 1860-1880. Harcourt, Brace & Co., 1935, para una breve descripción; y Christian Högsbjerg: «CLR James and the Black Jacobins», International Socialism, n.° 126 (2010) para un argumento en favor de la relación entre los jacobinos negros y la Ilustración radical). Lo que es más seguro, según la carta de Louverture, es que la rebelión de esclavos se enmarcó en términos de nociones revolucionarias tan disputadas como la de «libertad» (James, 1963, p. 149). El poema de Roos es citado con desdén por Antón de Kom en su extraordinario We Slaves of Suriname (Kom, 2022, pp. 225-226, y en una traducción diferente en p. 118).
7 Véase Michael Levin: «”The Hungry Forties”: The Socio-economic Context ofthe Communist Manifesto», en Mark Cowling, The Communist Manifestó: New Interpretations. Edinburgh University Press, 1998.
8 Véase, por ejemplo: J. Schmidt: «The German Labour Movement, 1830’s-1840’s: Early Efforts at Political Transnationalism», Journal of Ethnic and Migration Studies Vol. 46, N.° 6. 2020, pp. 1025-1039.
9 Jürgen Herres: «Rhineland Radicals and the «48ers», en Terrell Carver y James Farr (eds.), The Cambridge Companion to The Communist Manifesto. Cambridge University Press, 2015, p. 16.
10 Para un examen cuidadoso de Hegel, argumentando que los debates entre las lecturas «progresistas» y «reaccionarias» de Hegel han oscurecido e iluminado a partes iguales, véase Losurdo. 2004. Véase también Hegel.net. entre otras de las muy valiosas discusiones que se pueden consultar en esa página web (consultada el 7 de junio de 2021).
11 Alex Callinicos, The Revolutionary Ideas of Karl Marx, segunda edición. Bookmarks, 1995, p. 21.
12 Entre ellos, fundamentalmente Feuerbach, también estaban quienes consideraban que la cuestión, y en particular la relación con el materialismo, era más compleja. Véase, por ejemplo. Wright, John G., «Feuerbach – Philosopher of Materialism», International Socialist Review, Vol. 17, n.° 4. 1956, pp. 123-126, 136-137.
13 Véase, por ejemplo: Francis Wheen: Karl Marx. 4th Estate, 1999, p. 42. [ed. cast.: Karl Marx, Barcelona, Debate, 2015. Para el texto completo del artículo de Marx, véase Marxist.architexturez.net
14 Oscar L. Alcantara: «Ideology, Historiography and International Legal Theory», International Journal for the Semiotics of Law, Vol. IX: N. ° 25, 1996, p. 42.
15 Ya anciano, tras haberse enfrentado directamente a esta tergiversación innumerables veces, Engels, con irritación palpable, respondió que «si alguien retuerce esto para que parezca que el crecimiento económico es el único factor determinante, estará transformando esa proposición en un lema sin sentido, abstracto, absurdo»; y subrayó que «los sistemas basados en el dogma también ejercen su influencia sobre el curso de las luchas históricas, y en muchos casos determinan su forma en particular», destacando también que, en realidad, para el materialismo, «en la historia, el factor determinante en última instancia es la producción y reproducción de la vida efectivamente real (Engels en una carta a Joseph Bloch, 1890; en línea Marxist.org
16 En la carta a Feuerbach de agosto de 1844, citada en Ale Callinicos, op. cit., 1995, p. 25, que incluye un breve y valiosa reseña de la vida de Marx y su desarrollo político hasta la publicación del Manifiesto y después (véanse, por ejemplo, pp. 19 a 32) en la que me baso aquí.
17 Karl Marx: Manuscritos económicos filosoficos de París, 1844, (1932).
18 Para una valiosa introducción véase Terry Eagleton: Ideology: An Introduction, segunda edición, Verso, 2007. [ed. cast.: Ideología. Una introducción, trad. de J. Vigil, Barcelona, Paidós, 2019.
19 Karl Marx y Friedrich Engels: La Ideología Alemana, 1845. Trad. de W. Roces, Madrid, Akal, 2014.
20 En Phil Gasper, (ed.), The Communist Manifesto, Karl Marx and Frederick Engels. Haymarket Books, 2005, p. 143. Estos borradores están disponibles en Marxist.org y Marxist.org (consultado el 7 de junio de 2021).
21 Para un magnífico y detallado examen de los detalles específicos del comunismo en la década de 1840, véase The Communist Manifesto. Introducción y notas de Gareth Stedman Jones, Londres, Penguin Books. 2002, pp. 38-55.
22 «En este texto militante hay un fuerte énfasis en el carácter cataclísmico de la revolución de los trabajadores», Mihailo Markovic: «The State and Revolution in the Communist Manifesto», en Frederic Bender (ed.), Karl Marx, The Communist Manifesto, Critical Edition. W. W. Norton, 2013 [1974], p. 154.
23 Véase Alberto Toscano: «Communism», en Alberto Toscano, Sara Farris y Bev Skeggs: The Sage Handbook of Marxism. Sage. 2021, para una detallada visión panorámica del desarrollo del comunismo.
24 Véase Gareth Stedman Jones: Outcast London: A Study in the Relationship Between Classes in Victorian Society, 2014, pp. 38-54.
25 David Leopold: «Marx, Engels and Other Socialisms», en Terrell Carver y James Farr (eds.), The Cambridge Companion to The Communist Manifesto. Cambridge University Press, 2015, p. 35.
26 Para una visión general interesante, aunque anticuada, de estos socialistas utópicos, véase Georgi Plekhanov: Utopian Socialism in the Nineteenth Century (1913). En lo que respecta a Marx y la familiaridad de Engels con Considerant, por ejemplo, véase Rondel V. Davidson: «Reform versus Revolution: Víctor Considerant and the Communist Manifesto», Social Science, vol. 58, n.° 1. 1977, pp. 74-85.
27 Dirk J. Struick: Birth of the Communist Manifesto. International Publishers, 1971, p. 58 y p. 60.
28 Esto se reproduce en Phil Gasper, (ed.), The Communist Manifesto, Karl Marx and Frederick Engels. Haymarket Books, 2005, pp. 128-148.
29 Carta del 23 y 24 de noviembre de 1847, citada en Martin Puchner: Poetry of the Revolution: Marx, Manifestos, and the Avant-Garde. Princeton University Press, 2006, p. 20.
30 Disponible en línea en marxists.architexturez.net (consultado el 7 de septiembre de 2021). Agradezco a Barnaby Raine la sugerencia de este texto.
31 F. Lessner, citado en Dirk J. Struick, op. cit., 1971, p. 61.
32 Ibid.
33 Se pueden consultar descripciones generales, muy valiosas, del contexto histórico de la redacción del Manifiesto, en Rob Beamish: «The Making of the Manifesto», en Leo Panitch y Colin Leys: Socialist Register 1999. The Communist Manifesto Now. Merlin, 1998; Dirk J. Struick, op. cit., 1971; Gareth Stedman Jones, op. cit. 2019; Peter Lamb: Marx and Engels’ Communist Manifesto. Bloomsbury, 2015; Jürgen Herres: «Rhineland Radicals and the «48ers», en Terrell Carver y James Farr (eds.), The Cambridge Companion to The Communist Manifesto. Cambridge University Press, 2015; y Frederic Bender (ed.): «Introduction», Karl Marx: The Communist Manifesto, Second Norton Critical Edition. W. W. Norton, entre otros.
34 Esto sitúa este libro en oposición a la versión más reduccionista de la insistente industria académica del «Marx versus Engels». A menudo ese enfoque, si bien no carece de momentos interesantes, no se dedica tanto a señalar que los dos hombres no siempre estuvieron de acuerdo (algo difícilmente discutible), ni a distinguir su pensamiento de forma más sistemática, y ni siquiera a contraponer el pensamiento de ambos; sino que se centra en validar al primero como el pensador verdadero, frente al segundo, supuestamente más tosco. Para una visión general y crítica de estos puntos de vista, aunque se incline demasiado a favor del desdén y el análisis dicotómico, véase Paul Blackledge: «Engels vs. Marx?: Two Hundred Years of Frederick Engels», Monthly Review. 2020
35 Martin Rowson: (adaptación e ilustración), Karl Marx and Friedrich Engels: The Communist Manifesto (Self Made Hero, 2018) [ed. cast.: Manifiesto Comunista, Barcelona, Debolsillo, 2018, p. 4. El libro de Rowson es una sorprendente y espléndida adaptación del Manifiesto al cómic.
36 Citado en Priscilla Roberton: Revolutions of 1848. A Social History. Sagwan Press, 2015, p. 14.
37 Hal Draper: The Adventures of the Communist Manifesto. Center for Socialist History, 1994, p. 14.
38 Christopher Clark: «Why should we think about the Revolutions of 1848 now?», London Review of Books. Vol. 41, n.° 5. 2019.
39 Ibid.
40 David Fernbach: «Introduction 1», en Karl Marx, The Political Writings. Verso, 2019, p. 32, y passim, para una visión general y meritoria de la relación de Marx con las revoluciones de 1848 y sus actividades durante ese periodo.
41 «Las revoluciones de 1848 representaron el momento en que la lucha entre capital y trabajo adquirió mayor importancia que la pugna entre la burguesía y las antiguas clases terratenientes feudales». Alex Callinicos, op. cit. 1995, p. 31.
42 David Fernbach, op. cit., 2019, pp. 37-46 y passim.
43 David Fernbach, (ed.), The Revolutions of 1848. Penguin, 1973, pp. 193-194.
44 Martin Puchner, op. cit., 2006, p. 33.
45 Hal Draper, op. cit., 1994, pp. 22-23.
46 Ibíd, p. 27.
47 Ibíd, p. 33: «Cuando se apagaron los últimos destellos del periodo revolucionario, el Manifiesto Comunista también se desvaneció». Véase también Greth Stedman Jones, op. cit., 2014, pp. 19-37, para una valiosa descripción general de la recepción del Manifiesto. «Entre 1850 y 1870, ya no recordaban el Manifiesto excepto unos pocos cientos de germanoparlantes veteranos de las revoluciones de 1848» Gareth Stedman Jones, op. cit., 2014, p. 23.
48 Terrell Carver: «The Manifesto in Marx’s and Engels’s Lifetimes», en Terrell Carver y James Farr (eds.): The Cambridge Companion to The Communist Manifesto. Cambridge University Press, 2015, p. 68.
49 Este grupo, a menudo conocido como Primera Internacional, se disolvió formalmente en 1876, pero a partir de 1872 ya estaba efectivamente desactivada. Le siguió la fundación en 1889 de la Segunda Internacional, una confederación de sindicatos y partidos políticos de izquierdas, aunque en absoluto eran todos comunistas. Su organización heredera, la Internacional Socialista, fundada en 1951, todavía existe, como agrupación de partidos socialdemócratas de todo el mundo. La Tercera Internacional, vigente entre 1919 y 1943, fue una agrupación internacional de partidos vinculados al Partido Comunista de Rusia y estuvo siempre dominada por la línea impuesta desde Moscú. Posteriormente surgieron –y siguen existiendo– diversas Cuartas Internacionales.
50 Hal Draper, op. cit. 1994, pp. 46-78.
51 Martin Puchner, op. cit., 2006, p. 38.
52 Ibídem, p. 36 y véanse las pp. 36-39. Véase también Jovica D. Trkulja: «Manifesto of the Communist Party – Reception and Criticism», Sociološki pregled/Sociological Review LII, 2 (2018), pp. 628-652, 2018, p. 642: «La actitud hacia el Manifiesto dependió en gran medida del ascenso y caída del movimiento obrero y otros movimientos de emancipación en Europa y el mundo». Para el caso local y específico de Italia, véase Marcello Musto: «Dissemination and Reception of The Communist Manifesto in Italy: From the Origins to 1945», Critique: Journal of Socialist Theory. Vol. 36, N.° 3. 2008, pp. 445-456.
53 Eric Hobsbawm: «Introduction», en The Communist Manifesto: A Modern Edition. Verso, 2012, p. 6. [ed. cast.: «Introducción al Manifiesto comunista», en Karl Marx y Friedrich Engels, Manifiesto Comunista, Madrid, Siglo XXI, 2017, pp. 11-31]
54 Véase Jules Townshend: «Marxism and the Manifesto after Engels», en Terrell Carver y James Farr (eds.), The Cambridge Companion to The Communist Manifesto. Cambridge University Press, 2015. Para la difusión del Manifiesto desde su publicación, incluyendo su influencia en las corrientes marxistas «oficiales» y «no oficiales». Véase también Terrell Carver y James Farr (eds.), The Cambridge Companion to The Communist Manifesto. Cambridge University Press, 2015, para la influencia intelectual del Manifiesto, también entre sus enemigos.
55 Véase Colin Robinson: «Selling the Communist Manifesto at Barneys’», Jacobin. 2018, para un irónico repaso de la mercantilización y marketing del texto.
56 El “Times” del 11 de septiembre de 2008 informaba de un aumento del 700% en las ventas del Manifiesto en Amazon.com a partir del colapso bancario.
57 Marshall Berman: «Unchained Melody», en Adventures in Marxism. Verso, 2001 p. 254. [ed. cast.: Aventuras marxistas, trad. de A. Morales Vidal y D. Castillo, Madrid, Siglo XXI, 2002, pp. 215-229.