Para la izquierda estadounidense, las victorias más ilusionantes de estos últimos años no se han logrado contra la derecha, sino dentro del propio Partido Demócrata. La periodista Raina Lipsitz lo explica en su ensayo ‘The Rise of a New Left’.
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Para la izquierda norteamericana, las victorias más ilusionantes de estos últimos años no se han logrado contra la derecha, sino contra el propio Partido Demócrata. De la congresista Alexandria Ocasio-Cortez (AOC) al alcalde neoyorquino Zohran Mamdani, la nueva generación de líderes progresistas –más mujeres que hombres, más personas de color que blancas– se ha visto obligada a enfrentarse a un establishment partidista reacio, desconfiado y, muchas veces, abiertamente obstructor.
¿Cuáles son las claves de sus improbables éxitos o cómo se pueden repetir? Esta es la pregunta que planteaba la periodista Raina Lipsitz en su libro The Rise of a New Left: How Young Radicals Are Shaping the Future of American Politics (‘El auge de una nueva izquierda. Cómo una juventud radical está transformando el futuro de la política estadounidense’, publicado por Verso en 2022). Lipsitz (Buffalo, 1982) vive en South Brooklyn (Nueva York), donde acaba de entrar en el Comité Organizador de los Demócratas Socialistas (DSA), una organización nacional fundada en los años ochenta que hoy cuenta con más de cien mil militantes, entre ellos el nuevo alcalde neoyorquino. Hablamos a comienzos de marzo.

Su libro sobre la nueva izquierda radical se publicó hace tres años. Hoy, Zohran Mamdani es alcalde de Nueva York. ¿Su victoria confirma las conclusiones a las que llegaba usted?
En muchos sentidos, sí. De hecho, muchas de las cosas que creí percibir alrededor de 2020 hoy están más claras. El propio Mamdani es un ejemplo muy potente. Ha logrado algo que muchos creíamos imposible: derribar la dinastía política de los Cuomo. No quiero decir que predije su éxito, que en verdad nos sorprendió a todos, pero no deja de ilustrar un fenómeno que describo en el libro: toda una generación de jóvenes que entraron en política durante el primer mandato de Trump, y que han trabajado con tesón –en las estructuras del DSA y en otras organizaciones de izquierdas– se han convertido, con el tiempo, en organizadores curtidos y candidatos avezados. Mamdani parecía salir de la nada, y así se le retrató en los medios, pero en realidad representa algo que lleva más de una década gestándose. La broma que se cuenta por aquí es que Zohran reúne todos los bulos que el Partido Republicano difundía sobre Barack Obama: es un socialista musulmán nacido en África, pero de verdad. De tanto repetir las mismas mentiras, la derecha logró que su pesadilla se hiciera carne y ¡llegara a alcalde de Nueva York! [Risas].
Además de una historia de éxitos, su libro también es un relato sobre las enormes barreras que no todos los candidatos progresistas logran superar, por más talento que tengan. Irónicamente, el mayor escollo ha sido el propio Partido Demócrata.
Esos obstáculos siguen en pie en la mayor parte del país. Una victoria como la de Mamdani –que se logró gracias a una combinación propicia de un talento realmente excepcional y una labor de organización brillante y multitudinaria– será muy difícil de replicar en otros lugares.
Yo tuve la impresión de que la cúpula del Partido Demócrata, en sus intentos desesperados por pararle los pies, se convirtió en algo muy parecido al Partido Republicano. No solo en sus tácticas y discursos, que solo buscaban infundir miedo, sino en los caudales millonarios que movilizó para financiar la contracampaña.
Fue el mismo dinero, en efecto.
Estas luchas del ala izquierda contra el establishment demócrata, ¿son un buen entrenamiento para luchas futuras contra una derecha cada vez más radical?
No necesariamente. Estados Unidos es un país tan diverso que todas las luchas políticas acaban siendo locales, con su propia idiosincrasia. Cuando la cúpula del Partido Demócrata arguye que las victorias de Mamdani o AOC en una ciudad como Nueva York, que es mayoritariamente demócrata, serán imposibles de replicar en otras partes, no le falta razón. Para mí, la lección más importante de estas experiencias no es la lucha contra el Partido Demócrata como tal, sino que es posible montar una campaña exitosa sin depender del dinero de las grandes corporaciones. Este es, con diferencia, el mayor desafío en este país –tanto más ahora que el Tribunal Supremo ha permitido que entren cantidades ingentes de dinero oscuro–. Zohran, en verdad, pudo sobrevivir porque logró recaudar mucho dinero de muchos pequeños donantes, pero también porque Nueva York proporciona una financiación pública que multiplica las donaciones pequeñas. Solo un puñado de otros estados y ciudades tienen un programa similar. La otra gran lección de Mamdani, para mí, ha sido el enfoque positivo y propositivo de su campaña. Las campañas políticas en este país suelen tener un aire que aterra, oscuro, apocalíptico, con mensajes muchas veces centrados en la violencia. La campaña de Zohran, en cambio, nos habló de la ciudad que nos gustaría tener, con alquileres controlados, supermercados asequibles, guarderías y autobuses gratis que, además, anden sin retrasos. No es que Hillary Clinton o Kamala Harris no hablaran de cosas parecidas, pero no eran creíbles. Su compromiso no parecía real.
Lo común es que la política establecida se burle del «idealismo» de candidatas y candidatos que prometen mejoras de este tipo. Pero lo que predomina en alguien como Mamdani, ¿no es, precisamente, el pragmatismo? No ha dudado en recurrir a la Casa Blanca, por ejemplo.
Estoy completamente de acuerdo en que estos jóvenes políticos radicales son los auténticos pragmatistas de la política actual. Son los únicos empeñados en cambiar las cosas de verdad. Como explico en el libro, esto se debe también a que se sienten en deuda con las organizaciones que les han ayudado a montar sus campañas, que pueden ser el DSA o, por ejemplo, un sindicato. No es una deuda que les moleste necesariamente, porque en lo personal siguen alineados con esas mismas organizaciones. El resultado es que son candidatos con programas y perfiles ideológicos mucho más sólidos y coherentes que los del típico candidato demócrata, cuya única deuda suele ser la que contrae con sus donantes millonarios. Esto a menudo significa que lo que los candidatos ven como su tarea principal no es cambiar la vida de la gente, sino gestionar sus expectativas para que no acabe demandando o esperando demasiado del partido.
Sin embargo, los mayores éxitos los han tenido las y los candidatos del DSA que se presentan por el Partido Demócrata.
Es otra de las lecciones que hemos tenido que aprender. En este país, y en este momento, parece haber razones estructurales por las que necesitamos al Partido Demócrata. Digo parece, porque dentro del DSA existen grandes desacuerdos sobre estos temas, que se debaten continuamente. Personalmente, creo que estamos a muchos años de poder ganar con candidatos independientes en la mayor parte del país.
En su libro parece rechazar la política profesionalizada. Un obstáculo para la joven izquierda, dice, no solo es el Partido Demócrata en sí, sino sus consultoras, que cobran mucho dinero e impiden la renovación. Sin embargo, también resalta el talento político y el talante profesional de muchos de las y los candidatos nuevos. ¿No es una contradicción?
No lo creo. Lo que ocurre es que las nuevas generaciones han venido desarrollando una pericia también nueva, basada en sus experiencias en el trabajo de campo, pero también, por ejemplo, en la comunicación por redes. En otras palabras, estamos formando a nuestras propias expertas, como lo es Tascha Van Auken, la field director [‘directora de campo’] de la campaña de Zohran, que hoy ha pasado a dirigir la nueva Oficina de Participación Ciudadana en el gobierno municipal. Quizá sea importante explicar que el DSA no ha abrazado el horizontalismo de Occupy Wall Street [el 15-M norteamericano]. Somos una organización democrática, pero con una estructura vertical: elegimos a nuestras y nuestros líderes, pero son líderes. Y aquí las personas con ganas y talento pueden llegar a ocupar posiciones dirigentes. Claro que también damos la bienvenida a personas de fuera.

¿Se presenta mucha gente?
El éxito atrae al talento. A la gente le gusta trabajar para un equipo ganador.
De hecho, se me ocurre que, estos últimos años, el DSA y otras organizaciones que figuran en su libro, como Justice Democrats, se han convertido para la izquierda norteamericana en lo que sería la cantera de un club de fútbol. Hay procesos sofisticados de reclutamiento y una búsqueda constante de nuevos talentos a los que incorporar, entrenar y lanzar.
Así es. Pero lo importante, para mí, es que el umbral de entrada para muchos de estos grupos, incluido el DSA, es bajo, al mismo tiempo que la organización ofrece muchas trayectorias de aprendizaje y desarrollo. Cualquiera puede unirse y, si está dispuesto a poner el esfuerzo y tiene talento, es fácil que suba a posiciones de mayor responsabilidad o llegue a presentarse como candidato.
¿Las cosas no funcionan así en el Partido Demócrata?
Para nada. Allí, si alguien expresa interés en presentarse a elecciones, lo primero que le piden es que les abra el móvil y que diga cuántos de sus contactos pueden donar, en ese mismo momento, 500 dólares por cabeza. Es un modelo de reclutamiento que, desde luego, produce candidatos de otro calibre.
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